El periódico flagelo del dengue tiene mucho que ver con la falta de aseo urbano, atribuible a la desidia de las autoridades municipales y de los propios pobladores. Las basuras acumuladas por doquier atentan no solo contra la estética, sino también contra la salud pública, en la medida en que sirven de criaderos de los mosquitos transmisores de esa enfermedad, que puede ser mortal. Urge, pues, que se tome conciencia de la necesidad de que los espacios públicos y privados estén siempre limpios.
Con motivo de los brotes registrados en los últimos meses, algunas municipalidades han realizado “mingas ambientales” con la participación de los vecinos, para eliminar los focos de infección. En la última emprendida por la de Asunción, fueron suprimidos nada menos que 394.700 nidos de mosquitos, habiéndose recogido 495.312 kilos de basura, todo ello en solo tres barrios y tres días. La tarea efectuada es digna de aplauso, pero cabe preguntarse cómo es posible que se hayan acumulado tantos desechos y, por ende, tantos criaderos, habiendo un servicio de recolección de basuras por el que se paga regularmente una tasa. La obvia respuesta es que, en realidad, tal servicio no existe o es muy deficiente, y que los vecinos no formulan el reclamo correspondiente, resignándose a abonar anualmente cierta suma por un trabajo no realizado. Por supuesto, ellos también tienen su cuota de responsabilidad al no ocuparse de la higiene en sus propias viviendas y en sus alrededores, como si no supieran que la suciedad contribuye a la proliferación del Aedes aegypti.
En nuestro país, los primeros casos de dengue se dieron en la década de 1980 –hace ya casi 40 años–, pero esta es la hora en que muchos compatriotas aún no saben cuán importante es precaverlo mediante una constante atención a la limpieza. Hay quienes ni siquiera permiten que un fumigador del Servicio Nacional de Erradicación del Paludismo (Senepa) o algún funcionario municipal ingrese en sus domicilios, en cuyo caso se debe recurrir a la intervención judicial.
El desinterés de muchos no es atribuible solo a la ignorancia derivada de la pobreza, ya que incluso personas de medianos o elevados ingresos no parecen entender lo que está en juego. Entre estos inconscientes figuran, por ejemplo, los dueños de terrenos baldíos que sirven como basureros, y también, como acaba de constatarse, quienes mantienen sucias las piscinas de sus casas y hasta usan los techos como pequeños vertederos, aunque parezca increíble. En casos como estos, deben intervenir la Municipalidad, la Secretaría del Ambiente (Seam) y hasta la Fiscalía de la Unidad Especializada contra Delitos Ambientales. Los que deterioran el entorno, creando una amenaza para la salud pública, deben ser sancionados con todo el rigor de las ordenanzas y de las leyes, para que aprendan de una vez por todas a respetar el derecho ajeno. Mediante una aplicación perseverante de las normativas vigentes es posible ir generando una conducta acorde con el sentido común y el bien público. Por eso, hizo muy bien la Seam en multar a la propia Municipalidad capitalina con 785 millones de guaraníes por haber permitido que el Mercado de Abasto se convirtiera en poco menos que otro basurero comunal, transformación que también habrían sufrido el Mercado Nº 4, el Cementerio de la Recoleta, la sede de la Policía Municipal de Tránsito y la Planta Asfáltica.
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Es de esperar que las autoridades municipales, las que, pese a su negligencia culposa pagarán la multa con el dinero de los contribuyentes y no con el suyo, se ajusten a las normativas vigentes, como la Ordenanza Nº 408/14, que también se ocupa de “la educación, difusión y concienciación en el manejo integral de residuos sólidos urbanos y participación ciudadana”. En verdad, la Municipalidad de Asunción debería empezar por concienciar a sus propios funcionarios para luego lanzar las campañas dirigidas en tal sentido a los pobladores. En efecto, la aplicación de sanciones debe ir acompañada de la educación ambiental, impartida no solo en las escuelas y en los colegios.
Es necesario que los habitantes de todo el país se convenzan de que la pulcritud y la sanidad van juntas, de que los hogares deben permanecer limpios, lo mismo que las calles y las plazas.
Atyrá –la ciudad más limpia del Paraguay– es la mejor muestra de que es posible generar esa mentalidad y, en consecuencia, convivir en un ambiente agradable, del que uno pueda sentirse orgulloso. Ese cambio lo promovió con su ejemplo el intendente municipal Feliciano Martínez (1991-1996), poniéndose él mismo a barrer la ciudad. Despertó así en sus convecinos una elogiable actitud que hoy se mantiene, para bien de ellos mismos. Lo que pudo hacerse realidad en ese municipio cordillerano también debe de ser factible en muchos otros lugares. Al fin y al cabo, sus pobladores son tan paraguayos como los de Atyrá, de modo que también ellos podrían mantener aseados sus predios, sus vías públicas y sus plazas. Si así lo hicieran, ya no necesitarían desplegar “mingas ambientales” cada vez que haya un brote de dengue, dado que las medidas preventivas serían permanentes.
En 2014, la XVI Asamblea Plenaria de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas declaró a Asunción “Capital Verde de Iberoamérica 2015”, por la abundancia de sus árboles y no precisamente porque sus habitantes fueran ecologistas. Las basuras y los criaderos de mosquitos son más bien signos elocuentes de que hay mucho que hacer para embellecer la ciudad y, sobre todo, precautelar la salud de los pobladores.
Como en todo el país, la tarea pendiente debe estar a cargo no solo de las autoridades comunales y nacionales, sino también de los propios vecinos. Por de pronto, hay que abstenerse de arrojar envases, botellas, neumáticos o cartones a la vía pública, a cursos de agua o a lotes baldíos, y exigir a la vez que la basura envuelta sea recogida con la frecuencia debida por el servicio abonado. En este caso, más que nunca, debe aplicarse aquello de “más vale prevenir que curar”.