En una reciente entrevista radial, el presidente boliviano, Evo Morales, declaró que en política solo hay “amigos o enemigos”, coincidiendo con la tesis que el jurista alemán Carl Schmitt sostuvo en su libro “El concepto de lo político” (1932). El socialista del siglo XXI y el nacionalsocialista (nazi) del siglo XX conciben lo político como un agudo conflicto en el que no hay lugar para la tolerancia. Como el diálogo es imposible, el enemigo debe ser destruido y no precisamente derrotado en las urnas. Lo político no admitiría matices ni terceras posiciones. “Hay que ser café o leche”, como dijo Stroessner en las postrimerías de su dictadura de derecha, empleando una metáfora eufemística.
Stalin tildaba a los disidentes de “enemigos del pueblo”, apelativo recogido por los partidos comunistas satélites. De las expresiones de Morales vertidas en la misma ocasión se desprende que sus amigos –los buenos– son de izquierda y están con el pueblo; sus enemigos –los malos– son de derecha y están con el “imperio”.
El maniqueísmo del bolivariano, que aspira a una tercera reelección, hace que las decisiones le resulten fáciles, ya que lógicamente es él quien ubica a los ciudadanos en las dos categorías antagónicas. No se trata de que haya opiniones diversas sobre los asuntos públicos, sino de que los unos, liderados por él, sostienen los intereses de Bolivia y los otros, sus enemigos, los de Estados Unidos. Quien no es partidario suyo está contra el pueblo o, en otros términos, es un traidor de la patria. Como diría también Stroessner, “los que no están con nosotros, están contra nosotros”.
Las tremendas palabras pueden tener tremendas consecuencias si quien las pronuncia dice en verdad lo que piensa, como es el caso del bolivariano de marras, simplón como todo autoritario. De hecho, ya las tuvieron para su pueblo, según lo afirmado por varios destacados dirigentes exiliados en una carta dirigida el 7 de diciembre último a la Mesa de la Unidad Democrática venezolana: Morales “mató nuestra democracia, arrebató nuestras libertades y viola sistemáticamente los derechos humanos”. De la dramática situación también dan testimonio los 250 bolivianos asilados en Brasil y los 750 que pidieron el mismo estatus en ese país, según datos oficiales. Un país regido por un dictador no puede ser miembro pleno del Mercosur. El orden democrático ya fue roto en Bolivia y no por un golpe de Estado, caso previsto en el Protocolo de Ushuaia sobre compromiso democrático en el Mercosur, suscrito en 1998, sino por un Gobierno que tuvo legitimidad de origen, pero que hoy no tiene una de ejercicio. Como dijo hace unos días el canciller uruguayo Rodolfo Nin Novoa, refiriéndose a la tragedia venezolana, “la democracia no son solo elecciones. Una de las cosas que define una democracia es la separación de poderes, la libertad de prensa, el respeto a las mayorías, el respeto a las minorías; que las minorías puedan llegar a ser mayoría, que no se les pongan obstáculos”. Lo mismo es aplicable al régimen del boliviano, algo que no debe resultar sorprendente a la luz de esa tajante distinción entre amigo y enemigo, propia de una concepción autoritaria de lo político.
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