El desvergonzado proyecto de ley presentado por el diputado colorado al servicio del presidente Horacio Cartes, Óscar Tuma, que plantea la reelección presidencial vía enmienda constitucional, propuesta que ya fue rechazada en el Senado y que, por tal motivo, según prescribe la Constitución, no debió ser tratada hasta transcurrido un año, no obstante, allanó fácilmente los escrúpulos de los diputados y el patético proyecto tuvo trámite parlamentario.
La iniciativa no tuvo la mayoría suficiente de votos para su aprobación; por el contrario, estuvo a un paso de ser rechazada; pero los cartistas consiguieron a última hora cooptar a tres diputados liberales –Fernando Nicora, Milciades Duré y Gustavo Cardozo– para conseguir una crucial postergación del tratamiento por una semana, que, a juzgar por la experiencia, se presenta como pródiga para las “negociaciones” de rigor, que muchas veces han demolido hasta las más sólidas oposiciones a determinada postura.
Es de esperar, entonces, que de aquí a la próxima fecha fijada para la consideración del mismo proyecto transcurrirá lo que podríamos denominar “la semana de los maletines”, con tentadoras ofertas que irán subiendo de monto a medida que se acerque el día de la siguiente votación legislativa. Y según se den “fugas” o “aproximaciones” de diputados, las cotizaciones subirán o bajarán, como en una bolsa de valores.
Curiosamente, el presidente Cartes, pese a que el Partido Colorado dispone de 46 bancas en la Cámara de Diputados, no obtuvo la aquiescencia de 41 que necesitaba para enjabonar los rieles del proyecto de su operador Tuma, por lo que se vio en la necesidad de “ablandar” la resistencia de tres diputados liberales –los citados Nicora, Duré y Cardozo– y “convencerles” de que apoyaran por ahora la demora y evitar el rechazo, dándole un tiempo estratégico para buscar “ablandar” algunas conciencias.
¡Qué triste papel les cupo a estos tres personajes, que fueron repudiados por sus propios correligionarios! Desde luego, a nadie puede sorprender esa actitud, pues no es la primera vez ni será la última, seguramente, que legisladores tránsfugas cambien de posición sin que se les mueva un músculo del rostro. Es que la funesta práctica de soslayar y dejar impunes la falta de principios éticos, de coherencia y de coraje personal en nuestros políticos, acabó convirtiendo a nuestras cámaras en reductos de oportunistas y sinvergüenzas, productos de las “listas sábana”, que ponen sus votos en el mercado para volcarlos hacia quien formule la mejor oferta por ellos.
Esto que afirmamos no tiene deseos de injuriar a alguien particularmente, pues es sabido que con frecuencia los propios legisladores se acusan entre ellos de vender sus votos a unos o a otros bandos, según sea cada caso. Ahora se está hablando de que las ofertas en este “tira y afloja” entre los diputados alcanzan topes de más de 150.000 dólares, según la resistencia de cada uno. En esta semana seguramente los “maletines” llegarán más abultados que nunca.
Afirmamos que este episodio demuestra una vez más que la codicia de muchos políticos y legisladores no tiene límites, pero hacemos resaltar algo que es más grave: que la estabilidad de nuestras instituciones republicanas y la integridad de nuestro sistema legislativo están actualmente puestas en manos de esta gente, ya que, con todas sus miserias morales y pese a su carencia de escrúpulos, son estos los que tienen éxito al momento de formar mayorías e imponerse en cuestiones que son de las más importantes para el futuro de la democracia en el Paraguay.
Este episodio sirve, asimismo, para reiterar este aserto de hierro: ningún gobernante debe ser reelecto en este ambiente de gran penuria ética e indigencia intelectual que se dan en nuestra política actual.
El presidente Horacio Cartes, por poner un ejemplo, desde el principio de su mandato se pasó declarando a diestra y siniestra que no le interesaba continuar en el poder sino cumplir bien con su misión, retirarse y ser bien recordado. Reiteró muchas veces que la Constitución Nacional no le permitía aspirar a ninguna reelección e, inclusive, una vez invitó a no hablar más del tema. De pronto, recientemente, en forma súbita cambió de opinión y decidió “escuchar la voz del pueblo”, como en tiempos de Stroessner, y dar alas a los obsecuentes que le calentaban los oídos con la idea de permanecer en el sillón de los López. Si se lo toma en serio, significa que su palabra no vale un céntimo.
Pero esto es lo de menos. Lo grave es: ¿para qué nos sirven la Constitución, el resto del sistema jurídico, la administración de justicia, el régimen pluripartidista y la democracia representativa y participacionista si, al final de cuentas, en los temas que realmente importan lo que se impone no son las reglas de juego legales sino el poder de hecho, la determinación de cualquier ambicioso de poder político con dinero suficiente para comprar conciencias, y un grupo de secuaces dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero?
Si, finalmente, contra la Constitución, la ley y la decencia se impone el proyecto cartista vehiculizado por el diputado Tuma, quienes voten esta insensata iniciativa tendrán que estar dispuestos a que sus nombres y sus rostros queden en la prensa y en las redes sociales a disposición de la opinión pública con el mote de “violadores de la Constitución”, como serán recordados por el resto de sus vidas, para su propia vergüenza, la de sus familias y de sus descendientes.
Es necesario que los ciudadanos y las ciudadanas del país estén pendientes de este episodio, para conocer a quienes son dignos de merecer su confianza o a ser enviados al basurero de la historia en las próximas elecciones.