Está por cumplirse un año del inicio de la magnífica gesta protagonizada por los estudiantes secundarios y universitarios #UNAnotecalles. Los primeros por un mejor presupuesto para el sector y los segundos en protesta por la corrupción reinante en la educación superior.
Ese estudiantado en actitud de protesta en la capital tuvo una fuerza expansiva que contagió a sus compañeros de otras localidades del país, con lo cual pudo hablarse, entonces, de un movimiento de amplitud nacional. Pero, más que esto, lo que le dio fuerzas a la iniciativa no fue tanto su tamaño y expansión cuanto la veracidad de sus denuncias, que forzó finalmente las renuncias del rector de la Universidad Nacional de Asunción y de varios decanos, así como el cuestionamiento formal de funcionarios privilegiados por estos.
Lamentablemente el impulso de los jóvenes se aplacó después de estos resultados, a medida que la cercanía del final del año lectivo les imponía la atención a sus estudios y exámenes. Circunstancia que era, precisamente, la esperada por las autoridades y docentes universitarios corruptos, ineptos o eternizados en sus cargos, para reacomodarse y proseguir con el mismo estilo de siempre, gozando de sus viejos privilegios y considerándose propietarios de sus cargos, cátedras y posiciones, vicios que, infelizmente, hace ya muchas décadas se arraigaron y continúan en esas casas de estudio sostenidas por el Estado.
Existen varias clases de jóvenes en nuestra sociedad; están los que se dedican exclusivamente a estudiar, los que estudian y trabajan, los que concurren a un centro educacional solo por obtener un diploma, los que trabajan pero no estudian, los que no estudian ni trabajan –los “ni ni”– porque carecen de medios o no les interesa esforzarse, los que no encuentran en qué ocuparse, y otros. Pero todos ellos tienen un destino común: son quienes determinarán el futuro del Paraguay, porque pronto reemplazarán, forzosamente, por la mera imposición de las sucesiones biológicas, a quienes actualmente gobiernan el país, a los que invierten en la economía y dirigen la producción, a los que orientan la dirección general de los talentos humanos y señalan a las mayorías los caminos a seguir.
Por consiguiente, la suerte de nuestro país dependerá de cuáles de estos grupos o tipos de jóvenes sean capaces de aumentar su número, de fortalecerse moralmente, de imponerse intelectualmente, de liderar las organizaciones políticas y sociales, y de integrar a los sectores juveniles socialmente negativos o marginales, a las normas legales y de convivencia civilizada.
La Encuesta Permanente de Hogares realizada por la Dirección General de Estadística, Encuestas y Censos, entre los meses de octubre y diciembre de 2012, arrojó resultados que deben considerarse, cuando menos, preocupantes. El porcentaje de jóvenes que no estudian ni trabajan representa el 10% de un universo que comprende personas que se hallan entre los 15 y 19 años de edad. Esta deprimente cifra aumenta si se toma la franja de jóvenes de 20 a 24 años y de 25 a 29 años, entre los que se alcanza el 15%, aproximadamente.
Entre los jóvenes que están entre 15 y 19 años (que es la etapa de los estudios secundarios, supuestamente obligatorios), el 70% solamente estudia, o trabaja y estudia simultáneamente. Entre los que están entre los 20 y 24 años de edad, el 33% estudia sin dedicarse a otra actividad, o superpone estudio y actividades laborales.
Por último, en la franja más alta, los que se hallan entre 25 y 29 años, el 70% se dedica en exclusividad a actividades laborales, mientras que solo el 15% trabaja y simultáneamente está inscripto en algún curso de nivel terciario. Lo que permite suponer que hay todavía otro 15% de jóvenes, casi adultos ya, que no realiza ninguna de estas dos actividades.
Estas cifras nos dicen claramente que los estudiantes que están realmente preocupados por la calidad de la enseñanza que se les está impartiendo en las instituciones educacionales públicas, o por la conducta moral de sus autoridades, por las escasas aptitudes didácticas de su profesorado y por los costos económicos que les irrogan los servicios mediocres que reciben, constituyen, en realidad, una minoría activa y meritoria pero todavía pequeña. ¿Dónde están los demás?
La juventud estudiosa de todo el Paraguay, perteneciente a cada uno de los niveles superiores de enseñanza, sin distinguir entre instituciones públicas, privadas, subvencionadas, etc., tiene que organizarse de tal forma a constituir un cuerpo lo suficientemente apto como analizar e imponerse integralmente de la situación de la educación superior en nuestro país, en su estado actual, con el fin de cooperar en lo que sea necesario para que la misma comience a elevarse al nivel de calidad que requerimos, para que logremos en una generación, al menos, empatar el nivel que tienen nuestros países vecinos; que nuestra capacidad de integrarnos con ellos, en igualdad de condiciones, no en calidad de proveedores de mano de obra barata e inespecializada, como es predominantemente, hasta ahora, sea final y felizmente alcanzada.
Con un estudiantado mayoritariamente indiferente, el futuro no podrá llevar a este país sino a continuar siendo lo que es hoy en día en nuestro concierto regional: un país de segunda, con profesionales incompetentes, con políticos ignorantes y sectarios, con empresarios sin coraje ni imaginación, con trabajadores sin calificación, en fin, con ciudadanos incapaces de diferenciar y escoger entre buenos y malos candidatos electorales.
Sin embargo, los jóvenes estudiantes secundarios y universitarios no deben circunscribirse exclusivamente a sus estamentos para denunciar lo que está mal, o para apoyar los justos reclamos de otros sectores, ya que la corrupción, madre prolífica de todos los males, allí donde está, pudre como una gangrena todos los demás. Así, quien roba en cualquier institución del Estado está restando recursos para esa educación de calidad que ellos están necesitando en sus respectivos niveles.
Es demasiado lo que está en juego y por lo que los jóvenes estudiantes tienen que jugarse. Se espera mucho de ellos; en especial, que no se duerman sobre los laureles conseguidos hasta ahora porque los corruptos de siempre están allí, agazapados, esperando que ellos bajen la guardia para volver a engullir todo lo que encuentran a su paso. Por eso, deben participar más activamente para repudiar en forma pública y sostenida a todos aquellos que, en las distintas esferas, les están robando sus sueños e ideales.