Nuestro país está comenzando a atravesar otra fase final de época. Las experiencias recogidas durante el pasado reciente y las lecciones que nos dejan los acontecimientos más significativos del presente, nos señalan con extrema claridad que la etapa de aprendizaje y consolidación democrática iniciada con el derrocamiento de la dictadura de Stroessner está agotada. Con el actual modelo político ya no vamos a poder avanzar hacia metas superiores.
Entonces hay que echar de ver en el análisis de estos casi treinta años transcurridos, que la maquinaria política con la que estuvimos avanzando estos 27 años ya no es apta para proseguir. Por el contrario, nos está indicando que, si no cambiamos, pronto estaremos en fase de estancamiento, o en una peor: el retroceso.
¿Cómo sería esta involución para nuestro país? Por de pronto, el incremento de los niveles de pobreza y de improductividad, el mayor endeudamiento del Estado, la agudización desordenada de decisiones políticas populistas, la promoción política del resentimiento y la violencia social, y, coronando el proceso, seguramente el advenimiento al poder de un régimen “providencial”, mesiánico, antidemocrático, colectivista, ineficiente y –pongámosle la firma– férreamente autoritario, que irá desmontando nuestras mejores instituciones, enviciando nuestro régimen legal, sometiendo a su férula la administración de justicia, corrompiendo las fuerzas militares y despojando de eficacia a los derechos y garantías constitucionales referentes a la propiedad, la libre iniciativa, la libertad de expresión y de prensa, y las demás que conforman las bases del modo de existencia que los habitantes de este país y otros muchos elegimos libremente y preferimos.
Nuestras actuales organizaciones políticas podrían, tal vez, hacer algo por impedir que estas negras posibilidades se hagan mísera realidad, pero únicamente a condición de que, previamente, ellas mismas cambien para mejorar, que pongan finalmente un pie afuera del pantano en el que todos los días muestran están sumidas y se ajusten a las exigencias que nos impone el momento, para que la nueva época histórica que asoma sea comparativamente mejor y no peor que la vivida.
Si en estas páginas hemos estado reiterando con insistencia la necesidad perentoria de que los jóvenes y adultos disconformes con la situación actual asuman un protagonismo político crucial de cara a los próximos compromisos del calendario electoral, y desarrollen mejor sus capacidades e iniciativas en el ámbito de producción de bienes y servicios, es porque, como muchas otras personas dentro del país, tenemos bien sabido que entre las causas más evidentes de nuestro estancamiento actual se encuentran el envejecimiento, la decadencia y la obsolescencia de la clase política.
Son obsoletas la mayoría de las prácticas preferidas en los niveles de mando gubernamental, son decadentes las organizaciones políticas que pugnan por el poder y que lo administran y, en su gran mayoría, sus dirigentes y métodos están envejecidos en persona y en ideas. Por este motivo es que los mejores ciudadanos, los honestos, en particular los jóvenes, huyen de la militancia partidaria amedrentados por los vicios de su práctica. Los únicos que se abren camino y logran penetrar en el sistema cerrado de las oligarquías sectoriales y progresar en esas carreras hacia el poder, son los que se sientan en la mesa de los viejos dirigentes y aprenden a jugar con las mismas rugosas y sucias cartas que ellos.
Ante esta situación, antes de que el futuro nos caiga encima como una bolsa de piedras, es preciso que los habitantes decepcionados de este país promuevan una reacción cívica ciudadana y nos pongamos a pensar en el gran cambio de época en el que debemos participar como actores y no como simples espectadores. Sea o no sea del gusto de los viejos dirigentes y de sus caducos procedimientos, nuestra sociedad requiere urgente alguna forma de “unión democrática”, una alianza de los descontentos, de personas de conducta e inteligencia cualificadas, capaz de lograr una posición en las elecciones nacionales por la fuerza de sus convicciones democráticas y libertarias, de su respeto por las buenas instituciones y la legalidad, por su desprecio hacia la tentación de practicar el populismo y, sobre todo, más que todo, contra el autoritarismo, sea de izquierda o de derecha.
Fundamentalmente, esta sería también una alianza de personas decentes de distintos sectores políticos y sociales, con el objetivo de proyectar juntos el que va a ser su país y el de su descendencia.
Para formar parte de esa alianza bastará, por tanto, ser capaz de observar la evolución tal como se nos presenta en el país, en la región y en el mundo, y como se nos anuncia para el futuro cercano. Habrá que ser gente con ideas actualizadas, creyentes en la reconversión ética de las instituciones democráticas y en la moral de las personas que las administran, despojadas de sectarismo, resentimiento social, inmediatismo y otros vicios similares que hoy nos inficionan y suelen ser el alimento de fuerzas políticas oscurantistas ya bien conocidas, como el castrismo y el “Socialismo del siglo XXI”.
El Paraguay tiene que prepararse para acompañar los grandes saltos que las sociedades civilizadas, progresistas y modernas están dando hacia el inmediato porvenir, futuro que llega montado sobre el poderoso progreso, alimentado por los avances y ventajas de la ciencia y la tecnología, conducido por los líderes más equitativos, honestos e inteligentes de cada pueblo de la humanidad, transportándolos hacia sociedades más justas y ricas, material y espiritualmente hablando. Para este mundo que se avecina –en esto debemos ser sinceros–, el modo de hacer política de nuestros actuales dirigentes no solo que no servirá, sino que será su lastre y su ancla.
Es el momento histórico para que quienes deseen algo mejor para el país, los descontentos, comiencen a unirse para conformar una gran unión democrática. Más que en ninguna otra circunstancia, esta alianza tendrá que venir de la mano de la ciudadanía honesta hoy marginada, de esta generación que también tiene derecho a participar en la conducción política del país para buscarle ese mejor destino que se merece y por tanto tiempo se le viene negando.