Patria e Independencia son conceptos muy complejos

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En la fecha que celebramos la independencia del Paraguay, no debemos pasar por alto el recuerdo de nuestros próceres, de lo que hicieron por la patria, de lo que nos legaron y de la responsabilidad que pusieron en nuestras manos. Sin embargo, el patriotismo consiste en mucho más que dar discursos, lucir símbolos, realizar actos recordatorios e incluso sentir, siquiera por algún momento, alguna emoción. La independencia no es un estado ideal al que un país llega instantáneamente por obra de gracia y para siempre, sino una condición que se gana y se construye día tras día, era tras era, generación tras generación. La independencia nacional, de la que se hablará mucho en estos días patrios, es una idea compleja. Es de esperar que durante ellos no nos quedemos, otra vez, en el mero discurso “patriotero”.

En la fecha que celebramos la independencia del Paraguay, no debemos pasar por alto el recuerdo de nuestros próceres, de lo que hicieron por la patria, de lo que nos legaron y de la responsabilidad que pusieron en nuestras manos. Sin embargo, el patriotismo consiste en mucho más que dar discursos, lucir símbolos, realizar actos recordatorios e incluso sentir, siquiera por algún momento, alguna emoción. Todo esto está muy bien, desde luego, a condición de que esas actitudes no nos dejen la sensación del deber cumplido y de que allí acabó todo.

El patriotismo exige y reclama mucho más de cada uno de nosotros y de nosotras; por de pronto, que todos los días comencemos nuestra tarea meditando y decidiendo qué podríamos hacer durante la jornada para contribuir a levantar algo más el prestigio, las calidades virtuosas y el nivel de vida de nuestro país. Por ejemplo, respetar la legalidad un poco más que ayer, ceder menos a las tentaciones de la venalidad, participar con mayor intensidad en los debates que hacen a la política, a los problemas colectivos, al bien común y practicar más decididamente la solidaridad. Si cumpliéramos con estos propósitos, sentiríamos muy pronto que vivimos en un país mejor.

La independencia no es un estado ideal al que un país llega instantáneamente por obra de gracia y para siempre, sino una condición que se gana y se construye día tras día, era tras era, generación tras generación. Aunque esta idea haya sido muchas veces repetida, no por eso se la tiene más en cuenta en el momento oportuno, de modo que se hace necesario recordarla, como cuando nuevos gobernantes se encargan de los destinos de su país y de la suerte de sus gobernados.

La independencia del Paraguay, como la de otras naciones, depende de lo que hagamos con nuestras libertades. Depende, entre otras cosas, de si somos capaces de encarar nuestro futuro tomando las decisiones adecuadas y haciéndonos responsables de nuestros propios actos y de si llevamos a cabo lo necesario para que las actuales y próximas generaciones vivan una patria más autodeterminada, que les permita valorar la enorme virtud de poder construir el presente y el mañana.

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Es obvio que no existimos en soledad en el planeta, que somos fracciones de grandes extensiones geográficas en las que compartimos con otros estados el aire, el suelo, el agua, la vida y los recursos naturales, en general. Los países que componen una región física están indisolublemente ligados por la vecindad, por estos elementos e intereses comunes. Es fácil deducir que su independencia recíproca forzosamente debe estar condicionada por sus limitaciones y por los beneficios compartidos.

Pero no siempre se refiere uno solo a este tipo de independencia material, sino también a la de criterio, que involucra nuestra inteligencia y voluntad, nuestra capacidad de tomar decisiones y nuestra determinación de hacerlas respetar. Esto sería lo que, en propiedad, solemos llamar autonomía. En lo político, somos un país autónomo; en lo material, somos interdependientes y conciliamos nuestros derechos autónomos con los de otras personas u otros estados, en beneficio del provecho colectivo derivado del entendimiento en la buena vecindad y la cooperación.

Iluminados por estos criterios, nacieron emprendimientos hidroeléctricos de la envergadura de Itaipú y Yacyretá; en el futuro, podrán verse otros, como la proyectada hidrovía Paraguay-Paraná, la construcción de carreteras interoceánicas o la explotación conjunta de recursos naturales o de complejos construidos, entre muchos otros planes.

En el caso de las represas hidroeléctricas citadas, que ya tienen cuatro décadas de antigüedad, se ve claramente cómo un país puede perder independencia a manos de otros y verse en la triste circunstancia de tener que resignar su autonomía, de modo indigno.

El Paraguay perdió su soberanía sobre la mitad de su río más caudaloso y la mayor parte de los beneficios económicos producidos por los recursos energéticos generados por las obras binacionales, como consecuencia de ominosos convenios suscritos entre dictadores, entre los cuales el nuestro resultó ser el menos patriótico, el menos advertido, el menos previsor.

Desde la suscripción del Tratado de Paz, Amistad y Límites con Bolivia, en 1938, el Paraguay carece de una línea de política exterior que lo defina, que le dé un rostro propio, que lo identifique de algún modo, con algún carácter, en el abanico político latinoamericano.

Actualmente, no tenemos una presencia internacional reconocida por su invariabilidad y persistencia en la defensa de nuestros intereses estratégicos. Es cierto que nos mantenemos en conjunción armónica dentro del contexto regional y hemisférico, pero dando la desagradable impresión de que, para lograrlo, estamos siempre aflojando, consintiendo y convalidando. Sobre todo en la diplomacia regional, vamos a los tumbos, de un lado a otro según soplen los vientos, confirmando esa pobre idea que de nosotros tienen los vecinos cuando señalan que lo único invariable en los sucesivos gobiernos paraguayos es, precisamente, lo que llaman “política pendular”.

Pero el “pendularismo” no constituye una teoría o estilo de política diplomática, por supuesto, sino que implica justamente su ausencia; porque es puro oportunismo. Y está de más decir que es indigno que un país soberano recurra constantemente a semejante táctica.

La independencia nacional, de la que se hablará mucho en estos días patrios, es una idea compleja. Es de esperar que durante ellos no nos quedemos, otra vez, en el mero discurso “patriotero” y que, antes que todos y más que todos, sean los gobernantes quienes hagan el mejor esfuerzo por comprender el sentido profundo de este concepto y llevarlo a la realidad en todas las decisiones que les quepa tomar y aplicar.