Petardos

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La explosión ocurrida en el mayor mercado pirotécnico de México, que tuvo un saldo de 36 muertos y 70 heridos, nos remite ineludiblemente a un grave peligro que amenaza a nuestra capital desde hace muchos años y que hasta hoy no ha podido ser eliminado. En efecto, pese a las advertencias tantas veces reiteradas, el Mercado Municipal Nº 4 sigue siendo una verdadera bomba de tiempo a causa de los petardos que allí se acumulan, sobre todo en vísperas de Navidad y de Año Nuevo. La desidia de unos y la insensatez de otros pueden provocar en cualquier momento una catástrofe, que habremos de lamentar aún más porque era perfectamente evitable.

La explosión ocurrida en el mayor mercado pirotécnico de México, que tuvo un saldo de 36 muertos y 70 heridos, nos remite ineludiblemente a un grave peligro que amenaza a nuestra capital desde hace muchos años y que hasta hoy no ha podido ser eliminado, debido a la negligencia culposa de las autoridades comunales, a la imprudencia criminal de ciertos comerciantes y a la irresponsabilidad de muchos compradores. En efecto, pese a las advertencias tantas veces reiteradas, el Mercado Municipal Nº 4 sigue siendo una verdadera bomba de tiempo a causa de los petardos que allí se acumulan, sobre todo en vísperas de Navidad y de Año Nuevo.

Nadie ignora que, en un área relativamente pequeña en la que abunda el material inflamable, un estallido seguido de un incendio causará muchas víctimas entre los 5.200 vendedores y los aún más numerosos compradores allí hacinados, por lo demás carentes de toda preparación para ser evacuados. Las dieciocho bombas hidrantes, cuyo uso sería obstaculizado por las mercaderías ubicadas sobre ellas, no servirán de mucho para impedir la tragedia, aunque funcionen correctamente y los bomberos se apresuren en llegar, más aún porque sus camiones no podrán ingresar por los estrechos pasillos.

Lo sabe la propia Municipalidad que, por eso mismo, dispuso que los artefactos explosivos sean comercializados solo en dos plazas, donde se supone que la vida de las personas estaría menos amenazada en caso de accidente. Empero, su disposición es desacatada abiertamente por quienes incluso se valen de niños para ofrecer unos productos de alto riesgo. Los funcionarios municipales están obligados a hacerla cumplir, aplicando las sanciones pertinentes. No se trata de una mera sugerencia, que pueda ser aceptada o no por los destinatarios, sino de una prohibición expresa, que debe tener vigencia efectiva. La desidia de unos y la insensatez de otros pueden provocar en cualquier momento una catástrofe, que habremos de lamentar aún más porque era perfectamente evitable.

En este alarmante asunto también están involucrados, desde luego, los consumidores en general y los padres de familia, en particular. Es llamativo que en nuestro país se recurra con mucha frecuencia a los petardos, tanto para protestar como para festejar, como si no hubiera otros modos de expresión menos nocivos para la integridad física. Incluso el estampido provocado por el disparo al aire de un arma de fuego en horas de la madrugada, que puede provocar la muerte de una persona, es para algunos una elocuente señal de alegría. Los paraguayos estamos tan habituados a las bombas de estruendo que el doctor Jesús Marín, jefe del Departamento de Cirugía de Manos del Hospital de Trauma, creyó oportuno dirigirse a los padres de familia en estos términos: “Papá, mamá: al comprar un petardo, usted está eligiendo el mal para su hijo. Estamos jugando con pólvora y no existe artefacto pirotécnico que no esté exento de peligro”.

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Cada año, dicho hospital debe atender a las víctimas de quemaduras o de lesiones en las manos, ojos u oídos, que pueden ser permanentes, como resultado de la notoria necedad de quienes nunca aprenden la lección impartida una y otra vez por el infortunio ajeno. También al doctor Bruno Balmelli, director del Centro del Quemado, le pareció conveniente señalar que “cualquier petardo puede causar una quemadura o herida grave” y que también las “bombitas” pueden causar una sordera o una ceguera permanente y amputaciones de los dedos o de la mano, siendo los menores de diez años los más vulnerables. Su atinado consejo es “no emplear la pirotecnia como forma de celebrar las fiestas de fin de año”, pues la pólvora no es inofensiva.

Siendo así, lo sensato sería prohibir lisa y llanamente su comercialización, pero la experiencia enseña que si existe una demanda habrá una oferta que la satisfaga, pese a lo que dispongan las normativas, más aún considerando la corrupción y la ineficiencia de las autoridades. Se impone, más bien, una campaña masiva de concienciación para que la gente se abstenga de comprar unos artefactos tan peligrosos, como son los pirotécnicos. Mientras la población no se convenza de que hay mejores maneras de celebrar o de protestar, habrá que efectuar al menos un riguroso control de las condiciones en que se hallan los lugares de expendio, para reducir en la medida de lo posible el serio peligro que implican los productos explosivos e incluso los fuegos de artificio.

En otros términos, y sin perjuicio de que medidas similares se tomen en otras ciudades en las que también podría acaecer un desastre, urge tomar muy en serio la situación reinante en el Mercado Municipal Nº 4. En las condiciones actuales es inadmisible que allí se sigan vendiendo, sin ningún control, artículos pirotécnicos. Cada día que pasa se pone en juego la vida de miles de personas, incluida la de los ocupantes de las edificaciones aledañas. Si alguna vez aconteciera lo que tanto se teme desde hace largo tiempo, la responsabilidad política y judicial recaerá inevitablemente sobre quien esté ejerciendo la Intendencia Municipal. Que lo anote Mario Ferreiro, por el momento.