Que la autocrítica alcance a las autoridades y los políticos

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Como todos los años, decenas de miles de compatriotas católicos se congregarán hoy en Caacupé, no solo para venerar a la Virgen Serrana sino también para escuchar la palabra esclarecedora de la Iglesia, anticipada ya por los obispos durante el novenario. De hecho, más allá de lo estrictamente religioso, la festividad tradicional sirve para que los clérigos reflejen en sus homilías las inquietudes y los anhelos de la feligresía nacional, esto es, para dar voz a quienes no la tienen. En realidad, las cuestiones criticadas por los religiosos, como la corrupción, la injusticia, la marginación o las carencias educativas y sanitarias, deberían estar en el pensamiento y en el discurso cotidianos de los “representantes del pueblo” y de cualquier político que se precie. El grave obstáculo para que estos últimos asuman el papel que les corresponde es que, en su gran mayoría, son precisamente los responsables, por acción u omisión, de los males que, con tanta agudeza, denuncia la Iglesia. Así como los obispos hicieron su autocrítica, reconocieron los errores cometidos dentro de la institución y pidieron perdón, es deseable que así también procedan las autoridades y los políticos.

Como todos los años, decenas de miles de compatriotas católicos se congregarán hoy en Caacupé, no solo para venerar a la Virgen Serrana sino también para escuchar la palabra esclarecedora de la Iglesia, anticipada ya por los obispos durante el novenario. De hecho, más allá de lo estrictamente religioso, la festividad tradicional sirve para que los clérigos reflejen en sus homilías las inquietudes y los anhelos de la feligresía nacional, esto es, para dar voz a quienes no la tienen.

En realidad, las cuestiones criticadas por los religiosos, como la corrupción, la injusticia, la marginación o las carencias educativas y sanitarias, deberían estar en el pensamiento y en el discurso cotidianos de los “representantes del pueblo” y de cualquier político que se precie. El grave obstáculo para que estos últimos asuman el papel que les corresponde es que, en su gran mayoría, son precisamente los responsables, por acción u omisión, de los males que, con tanta agudeza, denuncia la Iglesia. Están mucho más ocupados en practicar o tolerar el tráfico de influencias, el clientelismo, el nepotismo, la malversación o hasta la compraventa de votos, que en atender los problemas sociales y proponer las soluciones respectivas. Y si de vez en cuando se tomaran el tiempo necesario para pensar y hablar con sensatez sobre los asuntos de interés general, cuanto digan sería simplemente ignorado porque sus propias conductas les privan de toda autoridad moral.

La prepotencia y la grosería que suelen observarse en el Congreso ilustran bastante bien la índole de numerosos legisladores. ¿Habrá que tomarles en serio cuando de pronto finjan estar preocupados por algún asunto que afecta el bien común? Siendo así, como la llamada “clase política” está desacreditada en extremo, es comprensible que los católicos paraguayos hagan de los pastores sus voceros, esperando a la vez que ellos les consuelen y les alienten para enfrentar calamidades.

El magisterio de la Iglesia sigue vigente en nuestro país, pese a que en los últimos años se ha revelado que muchos sacerdotes y altos prelados han tenido comportamientos repudiables. Con respecto a ellos, los obispos han pedido perdón a la feligresía durante el novenario, así como también lo ha venido haciendo el papa Francisco. En otros términos, la Iglesia tiene la capacidad de autocrítica de la que carecen no solo la generalidad de los políticos, sino también quienes integran la magistratura y la administración pública. Se prevarica y se aceptan o exigen sobornos, entre otros delitos, como si fueran actuaciones propias del cargo ejercido, todo ello sin perjuicio de exhibir quizá un crucifijo en el despacho.

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La hipocresía de más de un sinvergüenza encontrará hoy su espacio frente a la Basílica: se verán actitudes piadosas, hasta con signos de arrepentimiento, mientras el celebrante pronuncie las admoniciones habituales. En el aparato estatal abundan los “sepulcros blanqueados”, así que habrá que soportarlos con caridad cristiana. Lo insoportable es que sigan enriqueciéndose ilícitamente, con toda impunidad, a costa del pueblo al que deben servir. No merecen perdón quienes fomentan la iniquidad y la pobreza sin tener ningún propósito de enmienda ni de reparar el daño causado. El robo es un pecado capital, cuya absolución corresponde a la Iglesia, previo arrepentimiento y penitencia. Su sanción terrenal compete a jueces probos que apliquen una ley ante la que todos somos iguales, como manda la Constitución. Ella debe regir tanto para el poderoso como para el débil, es decir, ni la riqueza ni la escasez autorizan a violarla.

El serio riesgo que se corre cuando la injusticia se perpetúa es que sus víctimas traten de repararla por mano propia, dada la negligencia o la complicidad de quienes tienen el deber de impedirla en un Estado de derecho. No todos pueden “dar la otra mejilla”, una y otra vez, a quienes desde el poder político o económico vulneran el derecho ajeno. Para evitar que quienes pierdan la paciencia tengan que ser sancionados, es necesario que los ladrones públicos, los prevaricadores, los delincuentes de “guante blanco”, conozcan la cárcel. En este sentido, como lo han señalado los obispos, se están viendo señales saludables que despiertan esperanzas. Algunos seriamente sospechados de haberse llenado los bolsillos desde la función pública están hoy recluidos. Pero quedan todavía fuera numerosos políticos y funcionarios delincuentes, sobre quienes la diosa Astrea debe dirigir su mirada admonitoria.

Los obispos también valoraron la movilización ciudadana, que obligó al Ministerio Público y al Poder Judicial a aplicar la legislación penal contra algunos poderosos, a quienes, al parecer, el poder gobernante comenzó a soltarles la mano y ya no les da protección, como ha venido ocurriendo.

No será extraño, por tanto, que hoy nuevamente Caacupé se llene de fieles que aguardan un mensaje que les demuestre que no están solos frente a los mandamases y que pueden contar con la fuerza espiritual de una institución cuyo protagonismo en la formación histórica y cultural de la Nación está reconocido por la propia Carta Magna.

Así como los obispos hicieron su autocrítica, reconocieron los errores cometidos dentro de la institución y pidieron perdón, es deseable también que así procedan las autoridades y los políticos, para comenzar una verdadera etapa de redención y refundación de nuestro país.