¿Quién será el responsable?

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El régimen de Corea del Norte sigue siendo lo que siempre fue: una dictadura totalitaria atada a la ideología comunista de autosuficiencia, regida por una endemoniada familia mercantilista cuyo líder supremo es actualmente Kim Jong-un, que operando por generaciones en un mercado fuertemente protegido, ha conseguido convertir a ese país en una potencia nuclear que actualmente amenaza no solo a Corea del Sur y a Japón, sino a una superpotencia como lo es Estados Unidos. Así las cosas en la península de Corea, y la amenaza del presidente Donald Trump de acabar con la acechanza nuclear del régimen de Pyongyang por las buenas o por las malas, se abre un interrogante cuya respuesta podría ser la que la gente menos imagina. La clave del futuro no estaría tanto en manos de Estados Unidos, sino de China y Rusia, que han expresado claramente que en caso de un conflicto bélico –convencional o nuclear– en la península, ellos estarán en contra del primero que ataque. Entonces no debe pensarse que esos dos países le dan alegremente vuelo al régimen norcoreano. Así que no es posible conjeturar quién será el responsable de la catástrofe, si llegara a ocurrir. Solo resta rogar que a nadie se le ocurra una mala idea.

El régimen de Corea del Norte continúa siendo lo que siempre fue: una dictadura totalitaria atada a la ideología comunista de autosuficiencia, regida por una endemoniada familia mercantilista cuyo líder supremo es actualmente Kim Jong-un, que operando por generaciones en un mercado fuertemente protegido, ha conseguido convertir a ese país en una potencia nuclear que actualmente amenaza no solo a Corea del Sur y a Japón, sino a una superpotencia como lo es Estados Unidos. Últimamente, en un claro desafío al gobierno del presidente Donald Trump, lanzó un misil balístico que sobrevoló el cielo de Japón, reiterando la amenaza de atacar las bases militares norteamericanas de la isla de Guam.

La alta tensión desatada entre Estados Unidos y Corea del Norte aumentó desde que asumió el presidente Donald Trump, quien con un cambio retórico de la estrategia de paciencia diplomática sostenida por la administración de su antecesor, Barack Obama, se ha enfrascado en un altisonante desafío con el régimen de Pyongyang. Con un lenguaje de “fuego y furia”, Trump ha descolocado a la opinión pública norteamericana acerca de los verdaderos alcances de la amenaza norcoreana a su país. Mientras tanto, la mayor amenaza es para Corea del Sur. Una amenaza existencial que en segundos podría acabar con cientos de miles de vidas humanas en la península. De ahí la preocupación de Seúl de ser eventualmente arrastrada a una guerra, o, en el mejor de los casos, caer víctima de una confrontación bélica entre Pyongyang y Washington.

La posición de Corea del Sur no es cómoda. Se enfrenta a una triple presión: de su enemigo en el norte, de su aliado Estados Unidos a través del Pacífico y de su principal socio comercial, que es China. Por esa razón, Moon Jae-in, su presidente desde hace menos de un año, ha tomado un abordaje más suave del problema, en contraposición a la línea dura de Trump, apoyando su política de endurecer las sanciones económicas y diplomáticas contra Corea del Norte, pero desechando categóricamente la opción militar barajada por el mandatario estadounidense para acabar con la disputa en curso.

En tal sentido, Moon ha insistido en suspender y revisar la instalación del sistema avanzado antimisiles conocido como THAAD por sus siglas en inglés (Terminal High Altitud Area Defense), proyecto defensivo iniciado antes de que el mismo asumiera la presidencia de su país. Es partidario de mantener la política de “apaciguamiento” puesta en práctica por la administración de Obama, contrariamente a la preconizada por el presidente Trump en el sentido de que la “conversación no es la respuesta” que se merece Kim Jong-un. El Presidente surcoreano, un católico practicante, se muestra partidario de la “diplomacia de encuentro” propugnada por el papa Francisco para dirimir las controversias entre Estados.

No hay que olvidar que el Pontífice y el Concilio Mundial de Iglesias Protestantes han apoyado hace algún tiempo la reunificación pacífica de ambas Coreas. Esta visión cristiana apoyada por el presidente Moon podría convertirse en el principal contrapeso a la interminable hostilidad y cotidiano temor de un conflicto nuclear en la península. El mismo ha sido enfático en reiterar: “prevendré la guerra a cualquier costo. Quiero que todos los surcoreanos crean con confianza que no habrá guerra”. Siguiendo esta línea diplomática, ha extendido varias ramas de olivo a su contraparte norcoreano: asistencia humanitaria, diálogo militar para reducir tensiones en la frontera entre ambos países, reunificación de familias divididas por la zona desmilitarizada. Lamentablemente, hasta ahora Pyongyang ha rechazado las generosas propuestas de Seúl.

Así las cosas en la península de Corea, y la amenaza del presidente Trump de acabar con la acechanza nuclear del régimen de Pyongyang por las buenas o por las malas, se abre un interrogante cuya respuesta podría ser la que la gente menos imagina. La clave del futuro no estaría tanto en manos de Estados Unidos, sino de China y Rusia. Estos dos países han expresado claramente que, en caso de desatarse un conflicto bélico –convencional o nuclear– en la península, ellos estarán en contra del primero que ataque. Ambos tienen fronteras con la península de Corea, por lo que les interesa que, sea cual fuere el régimen de gobierno que finalmente se instaure al norte del Paralelo 38, no les sea hostil.

Entonces, no debe pensarse que China y Rusia le dan alegremente vuelo al régimen de Kim Jong-un. Mal que les pesen los quebrantos económicos y diplomáticos que el tarado dictador norcoreano les causa, por intereses geopolíticos vitales les conviene mantenerlo como malo conocido antes que como bueno por conocer. Así establecida la ecuación de intereses estratégicos en esa región del mundo, la previsión diplomática es que Corea del Norte no va a pasar de los ladridos, y si el presidente Trump opta por morder, entonces podría precipitarse el Armagedón.

Sugestivamente, por el momento el presidente Trump se limita a reclamar a China y Rusia que obliguen a Kim Jong-un a desistir de su aventura nuclear, sin que hasta ahora su administración les haya aplicado ninguna sanción. La gran ironía es que en este escenario el chivo expiatorio es Corea del Sur, colocada como está en una dura trayectoria: equilibrar sus prioridades económicas y de seguridad, mientras procura mejorar sus relaciones tanto con China como con Estados Unidos. Coyuntura geopolítica que taimadamente Corea del Norte aprovecha para sacar provecho diplomático de la falta de solidaridad entre China, Corea del Sur y Estados Unidos.

La conclusión obvia es que, así como está articulado el esquema geopolítico de poder de las tres grandes potencias nucleares del mundo involucradas en el conflicto, no es posible conjeturar quién será el responsable de la catástrofe, si llega a ocurrir. Solo resta rogar que a nadie se le ocurra una mala idea.