El tan trillado tema de la reelección continúa siendo meneado por los adulones de siempre, por la simple razón de que les aterra pensar que van a dejar de seguir disfrutando de las mieles del poder. No les interesa lo que al país convenga, sino lo que a ellos les sirva para seguir medrando a costillas de los cargos y fondos públicos, que les permiten vivir como jeques árabes. Por supuesto que invocarán –ya están invocando– el “clamor popular” con el fin de insistir en una enmienda, por de pronto ya rechazada por el Senado. Ahora mismo están abocados a manipular la próxima convención extraordinaria de la ANR para que la orden que les impartirán a los legisladores colorados en el sentido favorable a sus intereses sea “interpretada” por el Presidente de la República como un “clamor” de las grandes mayorías, que él “no puede desoír”. Esos aprovechados chupamedias, en el tiempo en que están en el candelero ya aumentaron notablemente su patrimonio, pero no se dan por satisfechos: quieren ir por mucho más.
También puede pensarse que, como ocurre en nuestra vecina Argentina, los promotores de la reelección ven la necesidad imperiosa de impedir que la vara de la Justicia los procese por enriquecimiento ilícito, probabilidad realista a partir de 2018, cuando ya no ocupen algún alto cargo público o ya no dispongan de fueros que les permitan ejercer el tráfico de influencias en beneficio propio y en el de sus allegados.
Estos personajes, además de querer seguir robando y asegurarse la impunidad por unos años más, buscan también desviar la atención de la ciudadanía de cuestiones cruciales como la desbordada corrupción, la alarmante inseguridad, los graves problemas de la educación y de la salud pública, y del imprudente endeudamiento en el que están metiendo al país.
En este asunto de la “reelección”, pues, lo que en verdad está en juego es el futuro de los propios avivados, que están confiados en que el dinero público y el de sus fortunas malhabidas habrán de asegurar el triunfo de su candidato, primero en las elecciones internas y luego en las generales. ¿Cómo es que ninguno de ellos afirmó antes de las elecciones generales de 2013 que habría que enmendar o reformar la Constitución para que la reelección fuera posible? Ahora insisten una y otra vez en la necesidad de modificar las reglas del juego.
ABC Color ha venido sosteniendo que nuestra cultura política actual desaconseja la reelección, independientemente de quién ejerza la Presidencia de la República. No se trata de que la gestión de Horacio Cartes sea buena o mala, sino de que el fortalecimiento de la salud democrática de la República requiere que se mantenga inalterable una norma constitucional que mucho tiene que ver con la deseable alternancia. Si las circunstancias reclamaran su modificación, porque nuestras instituciones republicanas han mejorado hasta el punto de excluir la posibilidad de que el presidente de la República pueda valerse de los recursos humanos y materiales del Estado, para influir decisivamente en el resultado de unos comicios en los que él es candidato, la posibilidad de la reelección debería darse, en todo caso, a partir del siguiente periodo presidencial. Además, quienes hoy se adhieren fervorosamente a la idea reeleccionista y ya promueven desembozadamente sus candidaturas, los fracasados expresidentes Nicanor Duarte Frutos y Fernando Lugo, tienen enormes cuentas que pagarle a la Nación generadas a su paso por el sillón de López. El presidente Horacio Cartes, a su vez, tampoco ha justificado hasta ahora su accionar con resultados destacables, mientras que sí ya ha cargado sobre las espaldas de la población una descomunal y peligrosa deuda externa.
Los oportunistas que continúan promoviendo una campaña en pro del “rekutu” de Cartes olvidan que en febrero de este año el Primer Mandatario consideraba impertinente esa posibilidad. En efecto, tras un acto realizado en Limpio, pidió “parar de hablar de algo (la reelección) que no está permitido”, agregando que “si vamos a gastar tiempo en eso, estaremos deshonrando el compromiso asumido”.
El país tiene demasiadas carencias, por lo que necesita que sus autoridades le dediquen su tiempo entero. Es necesario, pues, poner punto final a una cuestión recurrente. De llevársela adelante a tambor batiente por el camino de la enmienda constitucional –ya rechazada por el Senado–, como pretende un grupo de zalameros colorados a fuerza de dinero, se tratará de una reelección fraudulenta a todas luces, aventura de la que la República saldrá fracturada.
El presidente Horacio Cartes debe ordenar a sus adulones que pongan fin a esta pretensión ilícita de querer atornillarlo en el poder a toda costa. Debería tomar como ejemplo a los gobernantes de los países de nuestra región, quienes aprovechándose del poder, del clientelismo y del dinero del pueblo distribuido a mansalva, han conseguido la reelección, pero han terminado en el descrédito y el repudio de la mayoría de sus compatriotas.
Los ciudadanos y las ciudadanas de nuestro país no deben permitir que prosperen azarosos proyectos que nada tienen que ver con los intereses de la República. Con el estandarte de #ReelecciónNo, deben salir a las calles para oponerse a las taimadas ambiciones de los parásitos obsecuentes de hoy y de siempre.