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02 de Marzo de 2018

 

Terminar con el “chupamedismo”

El bajo nivel de nuestros políticos puede percibirse fácilmente a través de sus actos y de sus dichos. Una prueba de ello se tuvo durante el reciente traslado de los restos mortales del héroe Teniente Primero Adolfo Rojas Silva, primer caído en defensa del suelo chaqueño, a su merecido lugar de reposo final, el Cuartel de la Victoria. Olvidando la solemnidad y el carácter nacional y no partidario de dicho acto, el ministro de Defensa, Diógenes Martínez, no perdió ocasión para pasarle el cepillo de la adulonería a su jefe, el presidente Horacio Cartes, y se despachó con loas al mismo al viejo estilo stronista. Afirmó que el Gobierno al que pertenece está encabezado por “un patriota que impulsa el desarrollo económico y social en el territorio chaqueño”. Martínez olvidó las vicisitudes que continúan pasando los habitantes del Chaco y se cuidó de mencionar que Cartes estuvo a punto de enajenar parte del histórico y protegido Cerro León y que dictó un decreto que dejó sin protección sus bosques y le permitió talar miles de árboles de su estancia chaqueña. Así, el “nuevo rumbo” prometido por este Gobierno dio un giro de 180° para retomar el viejo camino del paternalismo verticalista que Stroessner imponía a sus subalternos, el “chupamedismo”, que debe ser extirpado de una vez por todas de nuestro ambiente político.

El bajo nivel de nuestros políticos puede percibirse fácilmente a través de sus actos y de sus dichos. Una prueba de ello se tuvo durante la reciente ceremonia del traslado de los restos mortales del héroe Teniente Primero Adolfo Rojas Silva, primer caído en defensa del suelo chaqueño, a su merecido lugar de reposo final, el Cuartel de la Victoria.

En efecto, el acto adquirió de repente un sabor amargo: el ministro de Defensa Nacional, Diógenes Martínez, no perdió la ocasión para pasarle el cepillo de la adulonería al presidente de la República, Horacio Cartes, olvidando la solemnidad y el carácter nacional y no partidario de dicho acto.

Es que el ministro tiene mucho que agradecer a su jefe, ya que se instaló muy cómodamente en este Gobierno, al punto de que, al tiempo de ocupar él mismo la cartera de Defensa, tiene además a dos hijos instalados en el Gabinete: Ariel Martínez como ministro del Interior y Éver Martínez como ministro de Justicia. Como se ve, le han de faltar palabras para ensalzar a Cartes en cada ocasión que se le presente, incluido un acto de alto contenido patriótico como el mencionado. No es raro, entonces, escucharlo decir que el Gobierno al que pertenece está encabezado por “un patriota que impulsa el desarrollo económico y social en el territorio chaqueño”, y que se haya despachado con otras loas similares a Cartes, al viejo estilo stronista. Olvidó que la figura principal de la ceremonia era un héroe de la patria y no un presidente que se candidató inconstitucionalmente para senador.

Por supuesto, el ministro se cuidó de mencionar que Cartes –el que a su criterio impulsa el desarrollo económico y social del Chaco– estuvo a punto de enajenar parte del histórico y legalmente protegido Cerro León para prospección mineralógica, y que dictó un decreto que dejó sin protección sus bosques y le permitió talar miles de árboles de su estancia chaqueña. Curiosa manera de impulsar el desarrollo de esa región.

Martínez dedicó tres líneas al héroe homenajeado, y el resto de la alocución al “señor presidente”, su jefe, su candidato para las próximas elecciones.

Pero el mal no está exclusivamente en su pésima concepción de la oportunidad y las circunstancias, sino en la torcida formación cultural que esta generación de stronistas arrastra todavía, a pesar del tiempo transcurrido desde el derrocamiento a cañonazos de su antiguo “único líder”.

En aquella época, no había acto público en el que los oradores olvidaran dirigir algún ditirambo al dictador, estuviera o no presente. La omisión de esa regla fundamental podía acarrearle al transgresor una caída estrepitosa en sus cargos o privilegios, o sanciones inesperadas que podrían alcanzarle a él y hasta a sus parientes cercanos. El dictador Stroessner tenía que ser nombrado, elogiado y elevado a la altura de los héroes de la patria; siempre, en todas las ocasiones que se presentasen, fuesen actos privados o públicos, sean manifestaciones verbales o escritas. Esta era la regla de la dictadura que en este Gobierno se pretende poner de nuevo en vigencia.

El presidente Horacio Cartes y el Teniente Primero Adolfo Rojas Silva están en las antípodas del heroísmo y de la vocación de servicio a la patria. Uno dio su vida por un territorio que defendía, otro busca beneficios a costa de él.

Escuchando o leyendo la transcripción de este discurso que comentamos se pregunta la ciudadanía, ¿en qué parte del Chaco paraguayo se puede constatar la presencia heroica del Gobierno de Horacio Cartes? Porque los miles de héroes, como Rojas Silva, que fueron allá a defender la heredad nacional en las peores condiciones, al triunfar nos dejaron un gran territorio, que está aguardando ser incorporado al desarrollo del resto del país. Concretamente, ¿qué obra realizó el Gobierno de Cartes, en estos cinco años, para honrar ese legado?

Además de los casos del Cerro León y el decreto que permite la deforestación, hace unos días se publicaron dos noticias que muestran el abandono de nuestra Región Occidental. Una de ellas hablaba de la terrible odisea que debió soportar un joven enfermo de 16 años de la localidad de Sierra León, cerca de la frontera con Bolivia, para llegar a la 5ª División de Infantería, para su atención médica. La otra se refería a las peripecias que soportan los niños de localidades cercanas al río Pilcomayo para concurrir a los locales escolares, ubicados algunos a más de 100 km. En síntesis, el Chaco paraguayo continúa en el más absoluto abandono, y el Gobierno de Horacio Cartes no hizo nada por cambiar la situación, pese a lo que crea el ministro Diógenes Martínez.

Si este Gobierno hubiese hecho en el Chaco un camino, un pavimento, alguna escuela o centro de salud, no se habría tratado de concesiones graciosas de un príncipe generoso, sino serían, apenas, el cumplimiento parcial de obligaciones elementales que corresponden a cualquier gobernante medianamente responsable.

De manera que, elevar a este Presidente mediocre e insensible a la altura de un héroe señero del Chaco fue un acto de irreverencia supremo cometido por el adulón ministro y, al mismo tiempo, una desfachatez que solamente puede exhibirse en estos ámbitos políticos nuestros tan degradados, en los que los elogios dedicados al mandamás deben destacarse por sobre cualquier otro, como en los tiempos del tirano felizmente derrocado en 1989, y que ya es tiempo de que sean definitivamente olvidados.

Nunca se volvió tan ridículo el eslogan publicitario que los asesores de Horacio Cartes le aconsejaron emplear en su campaña electoral de 2013: “El nuevo rumbo”. Lo que tenemos, a cambio de eso, es un giro de 180º para retomar el viejo camino ya andado, el del paternalismo verticalista que el mandamás impone a sus subalternos, el “chupamedismo”, que debe ser extirpado de una vez por todas de nuestro ambiente político.

 
 

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