En cualquiera de las modalidades en que históricamente se manifestó y se manifiesta la corrupción en nuestro país, queda claro que se trata de una situación con raíces en las organizaciones políticas y que, desde allí, se proyecta hacia el resto del sistema social.
He aquí la primera pregunta a formularse respecto a este problema: ¿es la corrupción causa o es efecto en el ámbito de lo político? La segunda pregunta inevitable es, por supuesto: ¿causa o efecto de qué? La respuesta a esta segunda pregunta es fácil y vale para ambas: la corrupción es efecto de la práctica política, de la manera en que se administra el poder.
Si nos remontáramos al pasado reciente, observaremos que la corrupción fue un fenómeno restringido, minúsculo, desde nuestra independencia hasta mediados del siglo XX. Fue incrementándose asociada a los regímenes políticos de la segunda mitad de aquel siglo, en particular al stronismo.
Toda dictadura necesita controlar los factores que influyen en las fuerzas sociales, especialmente en las que son capaces de minar su autoridad, y para lograrlo utilizan varios métodos, como la represión simple y bruta, la compra de voluntades y la convicción. El régimen de Stroessner empleó los tres medios, aunque en diferente proporción y según las ocasiones.
De las tres herramientas citadas, la más eficaz demostró ser la compra de voluntades, es decir, el prebendarismo, lo que fue favorecido por circunstancias históricas excepcionales, ya que al régimen de Stroessner se le abrió el acceso a recursos económicos en cantidades nunca antes soñadas en el país. Y para gestionar el clientelismo prebendario incipiente pero prometedor, se ofreció el Partido Colorado, en la fracción entonces mayoritaria, cuyos dirigentes principales entregaron ese partido al dictador. Esta fue la organización que asumió la poco honorable tarea de sistematizar y conducir la captura de voluntades, operando en los sectores sociales más necesitados. Es por eso que nuestro diario siempre insistió e insiste en que a los políticos no les interesa en absoluto mejorar la situación de los pobres, que para ellos sería matar a la “gallina de los huevos de oro” donde practican el clientelismo.
A medida que los recursos económicos fluían del exterior, con los cuales se compraban multitudes adherentes y se desalentaba a los reacios, la represión bruta fue reduciéndose y sofisticándose. Al mismo tiempo, los esfuerzos por conquistar afiliados por la vía de la convicción simple y llana fueron siendo innecesarios. ¿Para qué esforzarse en convencer con ideas si fácilmente se puede doblegar la voluntad con el dinero o el temor?
La corrupción sobrepasó los límites del Estado e invadió las organizaciones sociales y la empresa privada; se hizo modus vivendi; se constituyó en sistema, de tal suerte que sobrevivir fuera de él representaba un acto de atrevimiento que muy pocos estuvieron dispuestos a intentar.
Así, la corrupción también funcionó como causa del fortalecimiento de la dictadura y de la hegemonía del Partido Colorado-stronista. Pero, después del derrocamiento de este régimen, se metieron en el juego de la lucha por el poder los partidos políticos que antes estaban proscriptos o se hallaban desarticulados, o todavía no se habían formado. De modo que estos tuvieron en sus manos la posibilidad de construir la democracia sobre bases legítimas, como el consenso basado en la convicción y en la auténtica libertad de escoger a los mejores. Lamentablemente, prefirieron imitar a los colorados stronistas, y escogieron la vía rápida y fácil del prebendarismo.
Los políticos que alcanzaron el poder no se sintieron competentes o no tuvieron las agallas para edificar una democracia lícita y éticamente respetable. En vez de eso, tomaron el camino más fácil, el de corromper para reinar; lo cual, en un país habitado por mucha gente pobre, constituye una tarea realmente sencilla.
El atrayente y multicolor escenario en el que esta clase de “democracia” realiza su máximo espectáculo son las elecciones. Hasta ahora, la mayoría de las organizaciones políticas compiten, cada una con su mayor o menor capacidad prebendaria; algunas apuntan al poder, otras a consolidar una minoría influyente, y algunas simplemente para darles un mordisco a los aportes estatales.
Visto de esta manera, actualmente todo el proceso político está corrompido en nuestro país. Si en el seno de los partidos y movimientos que participan del proceso electoral las cosas ya comienzan mal, comprándose conciencias y votos, sometiendo voluntades por las buenas o por las malas, instrumentando a funcionarios, magistrados, fiscales, policías y quien más sea útil para cooperar en las confrontaciones comiciales internas, ¿qué puede esperarse que suceda en la próxima campaña electoral nacional? Obviamente, lo mismo, pero multiplicado y potenciado. O sea, aun más deshonestidad, más opresión de voluntades, más prebendarismo, más abuso de bienes y recursos públicos, más caradurez e impunidad.
Por estas razones, la lucha contra la corrupción en el seno de la política local –alguna vez se convertirá en acción real– deberá comenzar a darse en el terreno de las propias organizaciones políticas. Partidos y movimientos tendrán que ser depurados en su dirigencia actual, podrida hasta los tuétanos por oportunistas e ineptos. Se deberán cortar las amarras que vinculan a estas organizaciones con financistas del siniestro mundo de los mafiosos, narcotraficantes, contrabandistas, contratistas del Estado, empresarios tramposos que lucran en contubernio con legisladores, concejales y administradores públicos ladrones.
Una vez ganada esta batalla, y ya limpios los establos partidarios, se podrá confiar en que los chiqueros del Gobierno (sea cualquiera el sector que los esté gestionando) también podrán ser higienizados y ordenados, devueltos al marco de la legalidad y la eficiencia. El primerísimo paso obligado para conseguir este objetivo lo constituye, sin duda, la eliminación de las “listas sábana”, por donde se cuelan en la política toda clase de sabandijas, como se está comprobando en las boletas de voto. Luego, es fácil deducir que si gente decente forma mayoría en las organizaciones políticas, quienquiera de ellos que gane el poder de administrar el Estado lo hará de acuerdo con sus principios éticos y su recta conducta habitual.
Por lo tanto, la tarea inmediata que les corresponde a los ciudadanos y a las ciudadanas es, entonces, impulsar lo antes posible, mediante manifestaciones públicas firmes y perseverantes, este baño de dignidad que necesitan los partidos políticos, para expurgar de su seno a esos impresentables que desde hace años se han atrincherado en ellos solo para llenarse los bolsillos. Sus rostros aparecen todos los días en la prensa. No los vote, vote por gente nueva.