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16 de Diciembre de 2018

| Costumbres

Creatividad navideña

Por Nancy Duré Cáceres

Las Navidades son siempre motivo de inspiración. Afloran sentimientos positivos y nuevas ilusiones. Del alma brotan las letras y las manos mágicas le dan vida. Dos inspiradas mujeres realzan el espíritu navideño a su manera.

Cómo no escribir sobre la Navidad, sobre las personas, las que están y las que no. Escribir sobre profundas sensaciones, de tiempos idos y felices o idos y tristes. El tiempo te da el bagaje para expresar el sentimiento. Es lo que pasó con Juana Inés Salinas de Soerensen, quien mediante un obsequio anticipado e inesperado por Navidad se inspiró para escribir un cuento, al que tituló El pan de la abadía. 

Dice en su cuento que grande fue su sorpresa al recibir de regalo “una masa de 2 kg decorada en la superficie, con siete piedras preciosas de diferentes tamaños y colores similares a un espejismo óptico. Lo primero que llamó mi atención fue una estrella refulgente en oro amarillo, símbolo de renovación y vida, de la cual se desprendía una estela de cristal de roca, como si fuera un cometa que daba brillo de purificación”.

En otro párrafo, relata que “al rebanarla, grande fue mi asombro por los ingredientes. Eran higos, damascos, cerezas al marrasquino, ciruelas, ananás, nueces, almendras, pasas de uvas, castañas, avellanas y chocolate blanco preparados con esencias de vainilla, manteca, azúcar moreno y huevos, elaborado por un selecto grupo de ángeles pasteleros solícitos y humildes; todos ellos escogidos por un arcángel viajero, magnífico y glorioso que se posó por un instante, sutilmente, en la cúpula de la iglesia de la abadía, bajo un cielo azul purísimo y solo visualizado por sus elegidos”.

Estas letras motivaron a la experta en gastronomía Raquel Cartasso a elaborar un pan dulce, tal como detalla el cuento. El resultado fue sencillamente asombroso. Ella uso 1 kg de harina, 50 g de levadura prensada, 150 g de manteca, 300 g de azúcar, 4 huevos, 200 cc de leche tibia, 80 cc de agua tibia, ralladura de 1 limón, 2 cdas de extracto de malta, 750 g de mix de frutas secas, abrillantadas y los gustos de preferencia, además de azúcar impalpable para glasé (opcional) y 2 cdas. de coñac o licor de café.

Preparó así: disolvió la levadura en el agua tibia; mezcló la levadura disuelta con la manteca blanda, el azúcar, la ralladura de limón, el extracto de malta, el coñac y los huevos. Puso 1 kg de harina sobre la mesa en forma de anillo; luego, colocó en el centro la mezcla anterior y amasó todo con la harina. Agregó la leche tibia hasta formar un bollo tierno y firme, y recomendó agregar más harina, pero solo de ser necesario.

Raquel trabajó la masa enérgicamente hasta dejarla tierna, lisa y elástica. La puso en un bol, la tapó con un paño y guardó en el horno para que no le dé frío ni corrientes de aire. Luego de 10 h, volvió a volcar la masa sobre la mesa enharinada y mezcló con las frutas indicadas en los ingredientes. La moldeó en forma de pan dulce y colocó en molde de papel e hizo cruces en la parte superior. Tapó y dejó leudar en un lugar tibio hasta que estuvieran bien hinchadas. Pintó con huevo batido y cocinó en horno moderado hasta que quedó dorada y brillante. Decoró inspirada en el cuento El pan de la abadía, que deja un mensaje de amor y confraternidad para niños y grandes. “En Navidad, todos tenemos corazón de niño, que late con imaginación y transformación”, dice en su cuento Salinas de Soerensen. Es que no existe una Navidad sin pan dulce. 

Recordemos su historia. El nombre original de este panificado es panettone. Existen diversas leyendas acerca de su origen, pero la más aceptada (y romántica) cuenta que, a fines del siglo XVI, el joven señor Ughetto Atellani de Futi se enamoró de la hija de un pastelero milanés. Como la relación entre el noble y la plebeya no era bien vista por la familia Atellani, el joven se hizo pasar por aprendiz de pastelero, bajo el seudónimo de Antonio (Toni), a fin de estar lo más cerca posible de su querida. Pero además de amor, Ughetto tenía talento e inventó un pan azucarado, bien subido con frutas abrillantadas y aroma de cítricos. Tanto gustó a los milaneses que acudieron en masa a comprar el “pane di Toni” y de allí su nombre. En fin. Que la inspiración siga siendo el amor e ilumine nuestras vidas.

ndure@abc.com.py 

 
 

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