05 de Febrero de 2012
El candidato ganador
El candidato que resulte ganador en las presidenciales del 2013 deberá tener el estómago de acero y una familia a prueba de humillaciones y vejámenes diversos.
Tendrá que aceptar durante cinco años todo tipo de insultos y, mucho más allá de la buena o mala calidad de su gestión, debe saber por anticipado que su nota final será: aplazado.
Si el triunfador es un populista de derecha, tendrá a toda la izquierda encima durante un lustro, con el descontento social a flor de piel y la pobreza irreductible pisándole permanentemente los talones de la gobernabilidad. Las organizaciones campesinas redoblarán su lucha y los sindicatos no dudarán en paralizar todo tipo de actividades ante el avance de un proyecto "imperialista".
Si es de izquierda, contará con el asedio constante de las corporaciones y los partidos tradicionales, una prensa uniformemente alineada con voceros que agitarán aguas desde el primer día hasta el último de su gobierno, y la descalificación más agresiva ante cualquier atisbo de modificación del statu quo social y económico del Paraguay, bajo la amenaza de ser calificado de bolivariano-marxista-leninista ante el más mínimo gesto progresista.
Si es de centro, peor aún: porque no dejará contentos ni a unos ni a otros, y ambos sectores se abalanzarán famélicos sobre todos y cada uno de sus actos, para devorarlo con verdadero ensañamiento desde el 15 de agosto de 2013 hasta la misma fecha del 2018, sin dejar resto alguno de su patrimonio ético personal.
Por lo tanto, esta persona deberá estar sinceramente dispuesta al escarnio público diario, a la diatriba sin pausas y la ofensa como moneda común de trato. Estará expuesto durante un quinquenio completo en una celda dorada a la cual se puede arrojar diariamente todo tipo de objetos, escupitajos y maldiciones; como a un animal salvaje encerrado en el más miserable de los zoológicos.
La sede de su gobierno será un altar de sacrificios extremos en donde, al cabo de cada jornada, se exhibirá triunfante la cabeza sangrante del rey decapitado. Una vida signada por la descalificación rutinaria, la burla sin descanso y los chismes de mayor calibre que correrán de boca en boca como si fueran verdades absolutas.
Se mancillará su nombre, se marcará su casa, y se arrastrará a sus hijos y a toda su prole rumbo al desprecio público definitivo, hasta que la historia alguna vez le devuelva algún mérito conquistado o alguna razón para tanto improperio acumulado. Pero eso ya será cuando su vida se haya apagado por un largo tiempo.
Ese es el destino invariable del próximo presidente del Paraguay y, aun así, no son pocos los que aspiran a serlo. Solamente con un pacto social amplio e incluyente podríamos modificar esa brutal realidad para ayudar, a quien gane lícitamente dentro de un año y dos meses, a tratar de revertir la maldición eterna de un país que lo tiene todo, pero que nunca termina de aceptar un mejor destino.
Si el triunfador es un populista de derecha, tendrá a toda la izquierda encima durante un lustro, con el descontento social a flor de piel y la pobreza irreductible pisándole permanentemente los talones de la gobernabilidad. Las organizaciones campesinas redoblarán su lucha y los sindicatos no dudarán en paralizar todo tipo de actividades ante el avance de un proyecto "imperialista".
Si es de izquierda, contará con el asedio constante de las corporaciones y los partidos tradicionales, una prensa uniformemente alineada con voceros que agitarán aguas desde el primer día hasta el último de su gobierno, y la descalificación más agresiva ante cualquier atisbo de modificación del statu quo social y económico del Paraguay, bajo la amenaza de ser calificado de bolivariano-marxista-leninista ante el más mínimo gesto progresista.
Si es de centro, peor aún: porque no dejará contentos ni a unos ni a otros, y ambos sectores se abalanzarán famélicos sobre todos y cada uno de sus actos, para devorarlo con verdadero ensañamiento desde el 15 de agosto de 2013 hasta la misma fecha del 2018, sin dejar resto alguno de su patrimonio ético personal.
Por lo tanto, esta persona deberá estar sinceramente dispuesta al escarnio público diario, a la diatriba sin pausas y la ofensa como moneda común de trato. Estará expuesto durante un quinquenio completo en una celda dorada a la cual se puede arrojar diariamente todo tipo de objetos, escupitajos y maldiciones; como a un animal salvaje encerrado en el más miserable de los zoológicos.
La sede de su gobierno será un altar de sacrificios extremos en donde, al cabo de cada jornada, se exhibirá triunfante la cabeza sangrante del rey decapitado. Una vida signada por la descalificación rutinaria, la burla sin descanso y los chismes de mayor calibre que correrán de boca en boca como si fueran verdades absolutas.
Se mancillará su nombre, se marcará su casa, y se arrastrará a sus hijos y a toda su prole rumbo al desprecio público definitivo, hasta que la historia alguna vez le devuelva algún mérito conquistado o alguna razón para tanto improperio acumulado. Pero eso ya será cuando su vida se haya apagado por un largo tiempo.
Ese es el destino invariable del próximo presidente del Paraguay y, aun así, no son pocos los que aspiran a serlo. Solamente con un pacto social amplio e incluyente podríamos modificar esa brutal realidad para ayudar, a quien gane lícitamente dentro de un año y dos meses, a tratar de revertir la maldición eterna de un país que lo tiene todo, pero que nunca termina de aceptar un mejor destino.





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