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16 de Setiembre de 2018

 

Entérese

Por Luis Verón

Buenos hábitos

Según Moisés Bertoni, dicha observancia sería la responsable de la gran longevidad que caracterizaba a estas naciones, pero dicha longevidad disminuyó en la medida en que se alteró la higiene.

Por otra parte, los hábitos de vida y alimenticios cooperaban en la longevidad y buena salud de los pueblos aborígenes. Si no morían “de muerte violenta, morían viejísimos”. Era gente muy sobria y ayunaban frecuentemente.

Según André de Thevet (1502-1590), un monje franciscano y científico que observó a estos pueblos en tiempos coloniales, “nunca cometen excesos, ni en el comer ni en el beber”. También señala que “nunca comen fruta alterada ni que no esté bien madura, ni comida que no esté bien cocida”.

Thevet fue un religioso, explorador y escritor que vino al Brasil a mediados del siglo XVI, y escribió un libro sobre sus observaciones.

Como es usual en las obras de la época, el libro contiene exageraciones extravagantes, aunque de gran valor documental: describió por primera vez algunas plantas usadas como alimento por los indios, tales como la mandioca, ananá, maní y tabaco. También registró, por vez primera, menciones a algunos animales característicos de la fauna amazónica, entre los que destacan el macaco, perezoso y tapir.

En cuanto a sus hábitos alimenticios, no comían a hora fija, pues su reloj era el estómago –no comían cuando no tenían apetito– y si era preciso para preparar bien los alimentos (que solían cocer muy lentamente y con poco fuego), aguantaban el hambre con la mayor paciencia.

Solo en las grandes ocasiones, los indígenas pasaban por alto esa sobriedad habitual. Según Bertoni, “si en algunas reuniones se excedían, era solo en el beber, pues los guaraníes cuando bebían, no banqueteaban y viceversa; la costumbre general cuando beben, es no comer”.

Además, refiere, “su ka’uy –chicha- era muy poco alcohólico y ninguna de sus bebidas fue comparable en fuerza a nuestro vino”.

Los guaraníes tenían, además, la costumbre de ayunar obligatoriamente “en todas partes y todo tiempo, los ayunos fueron frecuentes y, en general, rigurosos”.

Los guaraníes ayunaban por diversas causas. Había ayunos místicos, medicinales, de educación de la voluntad “y otros eventuales”. Por lo demás, señala Bertoni, el saber resistir el hambre durante mucho tiempo siempre fue un deporte entre los guaraníes. Lo consideraban –dice– como un ejercicio necesario de tiempo en tiempo “y sacan motivo de orgullo en no ser esclavos del comer”.

Por otro lado, su alimentación era esencialmente vegetariana. Sus alimentos básicos eran la mandioca, el maíz, las leguminosas, las frutas y la miel. Los animales de caza se consumían muy esporádicamente.

En cuanto a la alimentación, agreguemos que algunos autores, como Azara y otros, sostenían que los indígenas guaraníes gozaban –como ya se ha dicho– de gran longevidad, con una estupenda fortaleza física. Según el suizo Moisés S. Bertoni, ello se debería también al régimen alimenticio que practicaban.

El parto indígena

En cuanto al parto, según el estudioso brasileño Barbosa Rodrígues, las mujeres guaraníes parían a sus hijos de la siguiente manera: “Cuando se anuncia la aproximación del parto, la mujer se arrodilla y, afirmando entonces el periné sobre el talón para impedir su ruptura, asegura con ambas manos el gajo que le pasa por la cabeza, escogido de propósito, y forcejeando en él e inclinando la cabeza para atrás; auxilia las contracciones y expele el feto que queda caído sobre algunas hojas de palmera, hasta expedir la placenta, lo que acontece acto seguido; tomando entonces la criatura, amarra el cordón umbilical y le corta con un cuchillo de bambú, enterrando enseguida la placenta. En general, durante el parto no hay hemorragia alguna, pero media hora después esta aparece abundantemente. Entonces, la mujer se levanta y toda la sangre que se acumula en el útero corre por algunos minutos. Apenas para la hemorragia, la madre toma al niño en los brazos, va a la corriente próxima, bañándose con el niño y vuelve a casa”.

Tren para todos

“Me encontraba en la Estación del Ferrocarril de la Asunción, bastante linda construcción, hormigueante de gente a la hora de la partida del tren. Nada más raro que esta gente de aspecto salvaje empujándose alrededor de los vagones y de las locomotoras, máquinas de una extrema civilización… Ver subir tranquilamente en vagones, como los nuestros, a mujeres en camisa (typói) que se sientan frente a usted con el aire más natural del mundo, es un espectáculo muy extraño para un europeo. Cuando digo que los vagones son como los nuestros, descredito a los paraguayos, ya que estos últimos son más cómodos y más elegantes… Son largos cars norteamericanos que trajeron acá; anchas ventanas dejan ver el paisaje. Doble cielo raso y chimeneas de ventilación dan un suplemento de frescura; si no fuera por las sacudidas que produce la mala colocación de los rieles, uno se creería en uno de los trenes franceses, tales como serán sin duda en el año 2000 (bueh…).

…Otro aporte paraguayo es el agregado, a cada tren, de dos plataformas exclusivamente reservada para pobres. Ahí cada cual es admitido gratuitamente con la carga que pueda llevar. Un número extraordinario de gente las llenan y cuelgan de ellas tantas piernas que las plataformas desaparecen enteras bajo su carga”.

Así relata sus impresiones el viajero francés M. L. Forgues, quien nos visitó hacia 1872.

surucua@abc.com.py

 
 

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