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21 de Abril de 2019

 

Entérese

Por Luis Verón

Desde siempre

El Gobierno del presidente Carlos Antonio López envió a estudiar a Europa a varios jóvenes para especializarse en diversas disciplinas, pero cuando, por medio de sus espías, fue informado de que aquellos iban siendo imbuidos por ideas avanzadas que no convenía a sus intereses, cortó abruptamente la formación de estos jóvenes y ordenó su inmediato traslado al país.

A manera de protesta, uno de ellos, Juan Crisóstomo Centurión, escribió: “¡De qué ha servido que el Gobierno haya enviado jóvenes a estudiar ciencias y artes en las naciones cultas de Europa? ¿De qué sirviera que esos jóvenes hubieran vuelto cuales otros griegos de Egipto, o cuales otros romanos de Grecia, llenos de conocimientos útiles y experiencias sobre los progresos modernos, cuando a su regreso no podían hacer uso de ellos, teniendo que sujetarse a la tiranía y caprichosa censura del Gobierno, o del presidente, que viene a ser lo mismo en nuestro caso? ¿De qué hubiera servido, repito, que hubiesen regresado hechos verdaderas lumbreras, cuando estaban rigurosamente restringidos y compelidos a no expresar sino las ideas que les comunicaba el Gobierno, cuando no podían hablar sino de cosas dictadas y permitidas por él mismo, cuando no podían casi tener otros pensamientos ni otros sentimientos que aquellos que les inspiraba la autoridad? ¿De qué hubiera servido, en fin, que hubiesen retornado trayendo los más sabios principios de la civilización moderna, animados de los mejores deseos de servir a su país para utilizar en pro del bien general sus luces, cuando violentados en sus convicciones, forzados a hacer, decir y pensar solo aquello que convenía a los intereses particulares del Gobierno para sostener su sistema, llegaban a ser meros instrumentos de despotismo y tiranía? De este modo se embotaba su inteligencia, se coartaba su ingenio y se disminuía su saber. ¡Aprender para luego poner a un lado lo aprendido, equivalía conservarlo como envuelto en una servilleta…”.

Tardecitas de antaño

Una costumbre ciudadana característica de la vida de barrio, hoy prácticamente desaparecida, eran las sillas en la vereda y la reunión familiar al aire libre. Esto ocurría a la tardecita, luego de finalizada las tareas del día. Era la hora de la reunión familiar, el encuentro con el vecino de al lado o enfrente y enterarse de algunos chismecitos inofensivos.

Las cosas al revés

Muchas veces oímos, en el lenguaje cotidiano, palabras que quién sabe por qué birlibirloque, con el trascurso del tiempo, fueron tomando significados contrarios a los que tuvieron originalmente.

Tal es el caso del término enervar –que la gente lo utiliza cuando en realidad quiere decir exacerbar–. Enervar quiere decir sin nervios, sin ganas, debilitado, dejar sin argumentos; totalmente lo contrario a exacerbar: irritar, enfado o enojo grave, avivar una pasión.

Otra palabra utilizada de la misma manera es nimio, que todos usamos como sinónimo de insignificante. Según la Real Academia Española (RAE)–que lustra, pule y da esplendor al idioma–, la palabra nimio deriva del latín nimius, equivalente a demasiado. De esto hay suficiente muestras en autores y la literatura clásica: “Para adjetivar la excesiva fuerza abrazadora de Febo”, dice Nimius sol. Según Tácito, el que habla en exceso, el charlatán, incurre en el nimius sermonis. Por su parte, Cicerón, para señalar algo excesivo, recurre al nimius in aliqua re.

Para Plauto, un hombre excesivamente hermoso es homo nimia pulchriturdine y, para César, una excesiva terquedad es nimia pertinacia. El que se excede en autoritarismo, según Tito Livio, es nimius imperii y Horacio tacha de nimius mero al que bebe en exceso.

De tanto uso al revés, la RAE no tuvo más remedio que aceptarlo como una tercera acepción, después de prolijo y minucioso, posiblemente porque lo muy prolijo y minucioso, lo excesivo, a fuerza de serlo, se torna inútil, terminando, generalmente, en insignificancias. Bueno. Para eso está el diccionario, no para buscar lo que no se dice, sino para aclarar el significado de lo que todo el mundo dice, de lo que la gente habla.

Campos cercados

Un elemento que vino a solucionar en cierta manera la centenaria rivalidad entre agricultores y ganaderos –porque las vacas se comían lo producido en las chacras– fue el alambre, introducido en la región rioplatense en 1845, cuando don Richard B. Newton rodeó la huerta y jardín de su estancia, llamada Santa María, con un grueso alambre.

Diez años después aparecieron en los campos argentinos, las primeras parcelas de terreno rodeadas con cuatro hilos de alambre, sustituyendo a los fosos y cercos de espinas.

En nuestro medio, el uso del alambre se generalizó con la venta de tierras públicas, bien entrada la década del 80 del siglo XIX.

Los alambres utilizados en un primer momento eran lisos, por lo que siempre hubo necesidad de cavar, paralelamente, un foso que protegiera el alambrado de las vacas que se acercaban a los postes a rascarse, destruyéndolos en no pocas ocasiones.

Esto quedó subsanado con la incorporación del alambre de púas, lo que, a su vez, derivó en la desaparición de una actividad rural: la de los zanjeadores o peones excavadores de zanjas.

surucua@abc.com.py

 
 

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