ENTÉRESE

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Escuela ymá

Cuenta don Juan Crisóstomo Centurión, recordando sus años escolares, que había hecho sus estudios en la escuelita asunceña del maestro Quintana, una persona, si bien despótica, esforzada para la enseñanza, aunque su especialidad era la caligrafía.

La escuelita del maestro Antonio Quintana solo tenía un largo escritorio de superficie inclinada de uno y otro lado, con sus correspondientes bancos y ocupaba el centro de un único salón.

Arrimado a las paredes, otros bancos con sus respectivas mesitas, “colocados en escalones unos encima de otros hasta casi el techo”.

En el primer escalón se sentaban los principiantes o cartilleros; en el segundo, los catoneros y, en los últimos, los más adelantados en la lectura y escritura.

Otros muebles que completaban el lugar eran unas mesas “llenas de pautas”, o sea, unas tablillas lisas con líneas señaladas con cuerdas que servían a los alumnos para preparar el papel en el que debían escribir.
Las “asignaturas” —si se puede llamarlas así— eran escasas y deficientes: cartilla, catón, tabla de multiplicar, catecismo de Astete y un libro de lectura, sin importar su autor o la materia de la que trataba.

De latifundios a colonias agrícolas

Varios fueron los terratenientes que adquirieron grandes extensiones de tierras boscosas en la zona sur del país a finales y principios de los siglos XIX y XX, como el venezolano-argentino Rafael Herrera Vegas, el franco-argentino Domingo Barthe, el argentino Pastor Servando Obligado y el sueco Pedro Christophersen.

Desde 1912, estas propiedades soportaron una más rigurosa imposición fiscal, lo que obligó a sus propietarios a lotearlas y ponerlas en venta.

De estas tierras nacieron las colonias —actuales distritos— Capitán Miranda, Cambyretâ, Nueva Alborada, Pirapó, Natalio, Edelira, María Auxiliadora, Carlos Obligado, Hohenau, Bella Vista, Mayor Otaño, Capitán Meza, Fram, Fuji, Santa Rosa y La Paz.

Estas colonias fueron ocupadas, mayoritariamente, con inmigrantes rusos, ucranianos, finlandeses, holandeses, polacos, checos, bielorusos, japoneses, etcétera.

Propiedades medicinales de algunas plantas

Muchas fueron las plantas utilizadas por los indígenas del Paraguay, ya de la Región Occidental como de la Oriental. Muchas también fueron estudiadas por los padres jesuitas, entre ellos, el hermano Montenegro, además de otros naturalistas.

El mencionado Montenegro, por ejemplo, escribió acerca del algarrobo. De esta planta dice: “La algarroba verde, bien machacada y limpia de sus granos de baynilla, de suerte que quede sola la pulpa de adentro y de fuera de su corteza cuatro onzas; cebo de Chivato capado dos onzas; sal media onza, mistos los tres molidos y nutridos en almirez hasta que se haga como ungüento; aplicada a modo de emplasto sana las quebraduras recientes, o que no lleguen a tener año, remudando este emplasto de cuatro a cuatro días, y si tomare el polvo de la harina de la algarroba, que llaman patai será más pronta y breve la cura; se ha de poner ligadura fija o braguero encima, y comer y beber parcamente, no tomando trabajo es aprobado”.

“Se hace de ella un género de aloja, que dicen chicha, la cual tomada con moderación por la tarde y mañana abre las vías, deshace la piedra y tofos de la vejiga: –purga el cuerpo de humores gruesos y viscosos, y lo saca por cámara y orina con gran suavidad, sin congojas ni desabrimiento. Así la tengo también por único remedio para hidropesía de humor acuoso, en el principio, porque resuelve por orina la hidropesía; –y así mismo las opilaciones, haciendo ejercicios después de haberlas tomado”.