En la primera etapa del romance, los enamorados expresan sus sentimientos hasta con la respiración. En la fase pasional, los códigos están marcados por las hormonas, y las palabras casi son innecesarias. Transcurrido el tiempo de las llamaradas y chispas, suelen quedar brasas de aspecto sereno, que pueden ser tanto o más ardientes y hasta mucho más quemantes que los primeros fogonazos.
Es, entonces, cuando comienza a entrar en juego el verdadero sentimiento profundo del amor, y quien no tome consciencia de ello, reforzando la fogata de diversas maneras, corre el riesgo de amanecer un día entre frías y apagadas cenizas.
Una de las formas de mantener el fuego encendido es la palabra. Existe una gran necesidad de oír susurros amorosos insinuantes de boca de quien nos acompaña en la vida. Palabras que nos den un cierto reaseguro acerca de nuestra siempre dudosa queribilidad. Pero la cuestión no es tan simple, como decir: “Te quiero, te amo”. Hay que hallar el modo de comunicarlo de forma creíble. Ahora, todo el mundo se saluda con un “cómo te va, mi amoooorrrr”, de marcado tono frívolo. Conductores y conductoras de programas de televisión y radio abusan de esta costumbre, que ha vuelto trivial y sin contenido la expresión “mi amor”. Al convertirse el mensaje amoroso en muletilla gastada, aumentan las dificultades ligadas a la aleatoria (in) comunicación humana. Al punto que, hoy, decir “mi amor” está tan vacío de contenido que perdió todo su significado inicial. Es más, dependiendo de la inflexión de la voz, puede significar lo opuesto: “Hola, idiota, pelotu, bolu…”. Quién no ha escuchado entre cónyuges conversaciones sociales tóxicas matizadas con repetidos “mi amor”, que suenan a dardos envenenados antes que a olorosas mieles. Parejas que se exponen juntos en la vida show-off, mientras que en la intimidad son dos soledades separadas por muros de silencio y palabras heladas.
Una mañana, ella se despierta y comprueba que comparte la cama con un ropero. En el desayuno, él descubre que su compañera es una heladera. ¿Es posible evitar la llegada a ese estado de letargia anestésica conyugal? Quién sabe, pero vale la pena intentarlo. Si no se puede recuperar o recordar el protocolo verbal, por qué no recurrir a los susurros, a la comunicación gestual. Explorar códigos visuales. Los ojos interrogan, prometen, estimulan en un arte de estocadas ópticas.
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El mundo sensorial es amplio y la creatividad puede ser infinita. Expresar sentimientos, conducir al otro como quien traza un mapa e indica el camino o ruta a tomar. Con una expectativa realista, transmitir palabras y gestos de amor, deseos y fantasías, guardando un espacio romántico para el encuentro, es una de las maneras de mantener la llama del fuego encendido.
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