Espionaje, secuestros, atentados, asaltos, violaciones, asesinatos, crímenes producen angustia, miedo, ataques de pánico y manía persecutoria que muchas personas empiezan a sufrir. La salud mental de la población se resiente y el problema deja de ser un asunto privado, porque ya concierne a las diversas relaciones sociales en las cuales nos toca interactuar. Cunden la desconfianza, la intranquilidad y el temor al asalto que puede esperarnos a la vuelta de la esquina, a la salida del trabajo o el colegio, en la cuadra de nuestro barrio, en la puerta de nuestra casa.
La desconfianza ciudadana se fundamenta en hechos de violencia reales. En algunos lugares de nuestro país, sus habitantes tienen que extremar sus sentidos en busca del peligro y mantienen una actitud de vigilancia sobre los demás. Elaboran hipótesis que conducen a indicios de complot; por lo tanto, se aíslan, se reprimen y hasta se sienten culpables.
La dimensión actual del conflicto hace que nuestra sociedad genere rasgos paranoides que conducen a actitudes de venganza, sobrevaloración, intolerancia y autojustificación.
Las protestas ciudadanas de diferentes índoles también se van volviendo violentas: toma de edificios, huelgas de hambre, crucifixiones, sabotajes, bloqueo de avenidas, etc., son cada vez más comunes.
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El imaginario social de pertenencia nos impulsa a tomar partido, para darle razón o sentido a la desgracia. No tomar partido también es un riesgo y puede ser visto como enemigo por cada uno de los violentos.
Se llega a un punto de polarización y saturación de la violencia que los actos criminales ya no son vistos como tales, sino que son condenados o justificados, dependiendo de quién o quiénes los ejecutan. La defensa de la vida y la dignidad se analizan y justifican desde el polo al cual se pertenece. La confusión es tal que la extensión social de la polarización hace creer, en ocasiones, que la culpa es de las víctimas.
Los sectores más pobres, sobre todo los campesinos, son los que sufren de manera más directa la violencia. Son los más afectados por los mecanismos de represión, el accionar de los grupos guerrilleros, policiales, militares y paramilitares.
Una sociedad, en la que la barbarie es cotidiana, sobredimensiona sus pocas realizaciones exitosas, exagera la estatura de aquellos que pretenden ser sus salvadores y la dimensión amigo-enemigo se potencializa.
La impunidad, la corrupción y la ausencia del Estado son ingredientes de una sociedad violenta, en la que los derechos humanos son cada vez más precarios. Para vencer a la violencia y el miedo, tienen que existir las condiciones de respeto y dignidad, que surgen cuando la comunidad asume su cuota de responsabilidad, y el Estado actúa en el ejercicio de la honestidad y la justicia.
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