El respeto y la cordialidad en el trato no se aprenden en la escuela ni en la universidad, sino en el hogar. Es allí donde se aprenden las maneras de resolver los conflictos, de expresar malestar, desacuerdo, afecto, alegría y satisfacción. En la familia se forman los valores y se adquieren las herramientas básicas para un desarrollo integral de la personalidad. En la casa se aprenden las normas que responden al sentido común de tratar a las demás personas como te gustaría que te traten. O sea, tratar bien a los semejantes, con gestos amables, y un vocabulario exento de vulgaridades y expresiones groseras.
En la buena educación hay capacidad para razonar y pensar. Por eso, es característica de la gente bruta, que no discierne, dejarse arrastrar por los impulsos primarios que llevan al insulto, al desquicio, a la agresión física, a los sopapos y tongos. La amabilidad facilita la convivencia. Ser complaciente no es ser hipócrita ni superficial. Tampoco es obligación llevarse bien con todos, sin importar si se tratan de honestos o delincuentes.
Desde los primeros meses de vida, junto con la alimentación, las criaturas reciben instrucciones que les llevarán a convertirse en seres civilizados o salvajes, agradables o argeles, prepotentes o conciliadores, felices o amargados.
Parece que es una cuestión de cuna, como un asunto del destino marcado en forma predeterminada por el sitio en el que se nace. Esto no tiene que ver con familia rica o familia humilde. La rusticidad, el maltrato y la mala alimentación, casi siempre, se deben a la ignorancia. Hay familias adineradas y familias pobres que, por desconocimiento, quizá, alimentan mal a sus criaturas, sin saber el daño que le producen al proveerle tanta gaseosa, frituras y comida chatarra.
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Los productos con nutrientes de calidad, sin altos contenidos de sodio, azúcar o colorantes, tienen un valor mayor. Hoy, los estudios científicos confirman que la estructura de la conducta humana se genera en los primeros meses de vida y se consolida, de forma irreversible, a los cinco años de edad.
Los científicos también hablan de poliformismo genético, circunstancia que parece generar gente genéticamente predispuesta a ayudar a los otros. Tal teoría propone que existe un conjunto de tendencias genéticamente heredadas que predice con bastante precisión el comportamiento y las relaciones sociales.
Si miramos a nuestro alrededor, comprobaremos que hay familias de argelería reconocida en el barrio, en el club social, en el trabajo, etc. Como también existen familias de personas agradables, divertidas y serviciales.
Estudios realizados en la Universidad de Standford confirman que las personas amables tienden a vivir más tiempo, y que la gente compasiva es más propensa a ser saludable y tener éxito. En un artículo publicado por la CNN, el profesor Robert Sutton dice que las personas malas tienen “efectos devastadores, porque sus interacciones desagradables tienen un impacto cinco veces mayor en nuestro estado de ánimo que las interacciones positivas”.
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