En mi desacertada costumbre auto referencial, diré que no me siento orgullosa de mis errores, sin embargo los tengo muy en cuenta ya que son más en cantidad y en calidad, que mis aciertos. Por supuesto que el error nos perturba, nos tambalea, nos ubica vulnerables.
Cualquier traspié artístico, científico, publicitario, periodístico, literario, verbal; una confusión en la entrega de un premio Oscar o en la final de un concurso de miss universo, etcétera, produce un zarandeo en nuestro pensamiento. Involuntariamente, esa falla nos remite al fracaso tan mal aspectado para la onda competitiva del mercado. Quedó descartado eso de que errar es humano que escribíamos en la pizarra escolar. La competencia no nos permite el más pequeño margen de error. Sin embargo, verdaderos iconos del mercado, como los premios Oscar y la competencia de Miss Universo, son los que hacen aguas en su espectacular organización.
Cristobal Colón descubrió el nuevo mundo basándose en premisas equivocadas. Los cautos rara vez se equivocan, dice Confucio. Y yo, incauta, me hago cargo de mis metidas de pata y papelones.
Para corregir errores están los correctores. Los humanos y las máquinas. A veces, los correctores de carne y hueso, al igual que los táctiles que se las dan de predictivos, nos ayudan a empeorar esta cotidiana actividad de cometer errores. En mi columna del domingo pasado, mencioné al escritor John Perry, como ganador del premio Ig Nobel 2011. Los buenos correctores que aparecen en el staff de la revista, me corrigieron, y el Ig Nobel se convirtió en Premio Nobel en mi texto. Hago esta fe de errata, fe de error o fabrierror, ya que parece que no es lo mismo fe de errata que fe de error. En todo caso, tampoco es una cuestión de fe demasiado importante.
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Los correctores táctiles predictivos, que quieren adivinar lo que estamos queriendo escribir en los chats, nos suelen poner en cada aprieto. Donde dice: fornicar quise escribir formidable. No te digo boludo a vos, le digo boludo a este aparato, al corrector automático. Perdón, no es masturbar, es más tarde.
En el campo de las dificultades confieso que tengo lapsus de memoria y también lapsus linguae - resbalones de la lengua. No sé por qué siento una gran predilección por las cosas falladas. Adquiero telas falladas porque se corrieron los colores y a mi eso me fascina. Platos de porcelana que no pasaron el control de calidad. Copas de cristal con globitos y arrugas. Hermosos cuchillos solitarios que vienen sin tenedores, etc. etc. etc.
Escribo jajaja o jejeje, en forma coloquial, porque me parece más espontáneo, y descarto el correcto y académico ja, ja, ja o je, je, je con las comas de por medio. El derecho al error es defender el derecho al aprendizaje, a inventar nuevas formas, a privilegiar lo diferente.
Todo lo que existe en este mundo tiene como destino fallar en algún momento hasta llegar al fallo final, ese del que huimos la gran mayoría. Mientras tanto, y ya que no podemos acertar todo el tiempo, pues sigamos errando que no es lo mismo que herrando.
carlafabri@abc.com.py