Los romanos creían en la existencia de poderes difusos, los númina (númenes), pero su realismo no solo les alejaba de la magia, sino que su primera ley escrita, la de las Doce Tablas, condenaba abiertamente las fórmulas mágicas. No obstante, esa aparente rigidez, la influencia llegada de Oriente y de Grecia hizo posible que los magos y sus artes se multiplicaran por todas las provincias del poderoso Imperio romano.
Simón es el nombre del primer mago que surge en la historia. De él nos habla la tradición en la época de los primeros cristianos. Según dicen, era una especie de Superman, que podía elevarse y mantenerse en el aire descendiendo cuando quería hacerlo. También tenía el poder de magnetizar a distancia a quienes creían en él y lo seguían, producía imágenes y reflejos, hacía aparecer árboles imaginarios de formas y colores fantásticos en pleno desierto. Hoy, la tecnología nos proporciona magia a quienes tenemos un teléfono inteligente. Dice la tradición que el apóstol Pedro venció a Simón el mago. También, se relata que no hubo país ni región en donde los predicadores del Evangelio no tuviesen que luchar contra animales de formas macabras, encarnaciones de la idolatría agonizante, que mantenían adivinos, hechiceros y encantadores.
Los judíos, provistos de una notable literatura ocultista, fueron considerados como los grandes maestros de las artes mágicas. En nuestros días existe una especie de ola metafísica con canalizadores, videntes, telépatas y similares. El motivo es siempre la misma necesidad humana de conectarse con lo trascendente, encontrar respuestas a interrogantes existenciales, acceder a un mundo insospechado en el que todo es posible, donde los sueños más extraños, las fantasías más remotas y los anhelos más recónditos pueden corporizarse quizá ante nuestro propio asombro.
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