Hay personas a las que les encantan las sorpresas y hay otras a las que no. En mi caso, de ser posible, prefiero evitarlas, lo cual no entorpece mi asombro ante la belleza del vuelo de un picaflor. O que me de enorme alegría la llegada imprevista del extranjero de amistades a las que hace añares no veo. No sé, a lo mejor tuve sorpresas desagradables en mi temprana infancia. La sorpresafilia podría argumentar que lo imprevisto atropella toda clase de control. Sí, es cierto; en algunos casos, se le podría atribuir la virtud de sacudir el polvo de vidas rutinarias. De todas maneras, por dar un ejemplo, no entiendo cuál es el sentido del cumpleaños sorpresa, que hace muy felices a quienes organizan el festejo, pero no sé hasta dónde llega la felicidad de la persona sorprendida que cumple años.
Un muchacho joven fue a vivir a Ciudad del Este. Allí conoció a una chica encantadora que lo flechó desde el primer momento. Ella también se enamoró y lo invitó a cenar a su casa. Cuál fue la sorpresa del muchacho al descubrir que era su propio padre el que cumplía las funciones de anfitrión en aquel hogar. Había sido que su papá llevaba una doble vida. Demasiado pro familia era este papá. Tenía una familia en Asunción y otra en Ciudad del Este.
Para Sun Tzu, en la guerra, la sorpresa puede convertirse en estrategia. Dice que si se combinan los cambios de los sucesos normales con los cambios imprevistos, se dificulta que el adversario descifre los planes, no pueda realizar los despliegues eficaces de contraataque antes de la batalla y cometerá errores con frecuencia. Así que un buen general puede ganar mediante ataques sorpresivos.
De lo mismo hablan los estrategas del marketing que elaboran sus campañas basadas en estudios del comportamiento humano, según los cuales las sorpresas son adictivas, baratas, crean relaciones apasionadas, intensifican las emociones y pueden cambiar nuestro comportamiento. No aclaran si las relaciones apasionadas van a durar toda la vida, porque las sorpresas dan un sacudón fugaz.
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¿Sabías que la presencia de un francés, una italiana, un suizo, una inglesa, etc., tomando café en una confitería podría atraer clientes? El hijo de una amiga que fue a estudiar a China gana dinero extra por las noches, trabajando de extranjero en bares y cafeterías. El requisito de su empleador es que llegue a uno de sus bares y se siente a cenar y beber gratis. Lo importante es mostrar que le gusta ese sitio y por eso le pagan USD 25 por noche.
Cuando vemos desempaquetar una caja, un regalo, sentimos empatía a través de la ilusión de la otra persona. Vivimos la sorpresa como si fuera nuestra y esta sensación activa nuestros mecanismos compensatorios; es decir, recibimos refuerzo positivo en ese mismo momento. Por algo le guardo cierto recelo al factor sorpresa.
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