09 de Enero de 2011
La televisión que se viene
Hay que estar en guardia. En el futuro cercano, quizá veamos la televisión más bizarra de la que hayamos sido testigos jamás. Con la pésima noticia del levantamiento de los informativos de uno de nuestros canales de aire, y con el imperio creciente del sistema de medición de audiencia "minuto a minuto", que permite a programadores y directores un control en tiempo real de lo que está pasando al otro lado de la pantalla en términos de preferencia, la cosa se puede poner brava.
Claro que no se trata de un fenómeno exclusivamente nuestro y, en todo caso, nos llega como casi todo con cierto atraso. Aun así, el problema no está en la existencia de estos nuevos parámetros que determinan la calidad y la popularidad del producto televisivo, sino la manera como cada uno buscará responder a estas nuevas y exigentes reglas de juego.
La televisión comercial no es una institución de beneficencia ni tiene, como se cree hasta ahora, un fin altruista. La verdad es que, como cualquier otro negocio, busca lucrar lícitamente y producir la mayor utilidad financiera posible dentro de los límites impuestos por la legislación vigente. En nuestro país esa legislación es confusa y, muchas veces, inaplicable. Y los intereses políticos que rodean al fenómeno televisivo terminan haciendo el resto.
La televisión nació como entretenimiento, y coincido con el colega Guillermo Domaniczky cuando afirma que los periodistas muchas veces parecemos prestados por un rato al medio pero nunca terminamos de sentirnos verdaderamente parte de él. Sobre todo en estos tiempos nuevos en los que se privilegian el sensacionalismo y las notas amarillas en desmedro de la información necesaria.
Para quienes estamos dentro de la industria hace tantos años, será fundamental adaptarnos a los nuevos tiempos sin perder la dignidad ni la independencia intelectual. Al fin y al cabo, en ello radica el capital que mejor explotan las empresas que nos contratan: nuestra credibilidad, que además se renueva diariamente como un acto comicial silencioso en el cual se ratifican o modifican preferencias. Al final, la gente compara trayectorias de vida y toma su decisión soberana de elegir a tal o cual referente.
Quizá, por todo esto, sea el tiempo de ir pensando en una legislación mucho más específica y, por lo tanto, útil para el manejo adecuado de nuestros medios. Unas reglas claras que contemplen los intereses de todos los sectores y que bajo ningún caso signifiquen censura ni mordaza alguna. La mayoría de los países, muchos de ellos más desarrollados cultural y económicamente que nosotros, las tienen.
El otro camino es seguir a tambor batiente en una especie de vale todo, en el que el color de la bombacha de una modelo seguirá teniendo más importancia por su alta medición que la declaración de principios de un nuevo movimiento político. La opción informativa que escojamos probablemente terminará definiendo el modelo de país que dejemos como herencia a nuestros hijos. Vale la pena pensarlo.
Claro que no se trata de un fenómeno exclusivamente nuestro y, en todo caso, nos llega como casi todo con cierto atraso. Aun así, el problema no está en la existencia de estos nuevos parámetros que determinan la calidad y la popularidad del producto televisivo, sino la manera como cada uno buscará responder a estas nuevas y exigentes reglas de juego.
La televisión comercial no es una institución de beneficencia ni tiene, como se cree hasta ahora, un fin altruista. La verdad es que, como cualquier otro negocio, busca lucrar lícitamente y producir la mayor utilidad financiera posible dentro de los límites impuestos por la legislación vigente. En nuestro país esa legislación es confusa y, muchas veces, inaplicable. Y los intereses políticos que rodean al fenómeno televisivo terminan haciendo el resto.
La televisión nació como entretenimiento, y coincido con el colega Guillermo Domaniczky cuando afirma que los periodistas muchas veces parecemos prestados por un rato al medio pero nunca terminamos de sentirnos verdaderamente parte de él. Sobre todo en estos tiempos nuevos en los que se privilegian el sensacionalismo y las notas amarillas en desmedro de la información necesaria.
Para quienes estamos dentro de la industria hace tantos años, será fundamental adaptarnos a los nuevos tiempos sin perder la dignidad ni la independencia intelectual. Al fin y al cabo, en ello radica el capital que mejor explotan las empresas que nos contratan: nuestra credibilidad, que además se renueva diariamente como un acto comicial silencioso en el cual se ratifican o modifican preferencias. Al final, la gente compara trayectorias de vida y toma su decisión soberana de elegir a tal o cual referente.
Quizá, por todo esto, sea el tiempo de ir pensando en una legislación mucho más específica y, por lo tanto, útil para el manejo adecuado de nuestros medios. Unas reglas claras que contemplen los intereses de todos los sectores y que bajo ningún caso signifiquen censura ni mordaza alguna. La mayoría de los países, muchos de ellos más desarrollados cultural y económicamente que nosotros, las tienen.
El otro camino es seguir a tambor batiente en una especie de vale todo, en el que el color de la bombacha de una modelo seguirá teniendo más importancia por su alta medición que la declaración de principios de un nuevo movimiento político. La opción informativa que escojamos probablemente terminará definiendo el modelo de país que dejemos como herencia a nuestros hijos. Vale la pena pensarlo.





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