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12 de Setiembre de 2004

| SOCIEDAD

Los vascos paraguayos

Numerosas son las colectividades que a lo largo de los años fueron conformando el tejido social paraguayo. Una de ellas es la vasca, cuya presencia arranca de los momentos iniciales de la historia de nuestro país. Hace un tiempo, un descendiente de vascos comenzó a preguntarse qué significaban los muchos apellidos de origen vasco que fue colectando a lo largo de varios años.

La presencia vasca en el Paraguay arranca de los momentos iniciales de nuestra historia. Uno de los primeros grandes líderes del descubrimiento, conquista y colonización fue de nacionalidad vasca: don Domingo Martínez de Irala, al igual que varios de sus compañeros de aventuras y avatares. A lo largo de los siglos, la región rioplatense vio llegar a sus playas a numerosos miembros de esa colectividad peninsular, lo que aumentó a raíz de la profunda crisis que venía arrastrando el mundo agrario vasco y navarro desde fines del siglo XVIII, expresada en la emigración a América y la disponibilidad campesina para movilizarse por la Iglesia y el absolutismo y en contra el liberalismo. Sumados a esto, los cambios que acompañaron al proceso de industrialización, a finales del siglo XIX y el agotamiento de viejos modelos de la economía rural, dieron lugar a climas de intolerancia política, lo que incentivó la emigración y dio lugar al surgimiento de un fuerte sentido de nacionalismo.

En el aspecto económico, además de las malas cosechas, en el caso de la colectividad vasca, situaciones propias de sociedades con economía pastoril, influyeron decididamente para la emigración. El caserío (concepto que vincula a las tierras, los animales, los enseres y las casas mismas) de sociedades pastoriles -especialmente las pirenaicas- era la base que aseguraba la supervivencia familiar de muchos lugares de Europa. El caserío era transmitido en forma indivisa a uno de los hijos de la familia, generalmente por primogenitura. Esto llevaba a que los demás hermanos tuvieran que buscar otras salidas de supervivencia o laborales: la carrera religiosa, la vida marinera, militar, la cátedra, etc.

Por otra parte, entre 1800 y 1850, la población de Europa subió a una tasa anual media del 8 al 9 por mil y desde 1850 a fin del siglo XIX, el índice creció a un 11 por mil anual acumulativo. Y la consecuencia era previsible.

Concretamente, en el sur de Francia y en el norte de España (País Vasco, Cataluña, Asturias y Galicia), el medio rural ya no pudo absorber la población creciente. El pequeño huerto o chacra o campo de cría y pastoreo que alcanzaba a mantener a los integrantes de una generación, ya no era suficiente para satisfacer necesidades iguales de la generación siguiente, multiplicada, y tal factor se elevaba en una generación más, condenando a la inanición a los individuos que no encontraban nuevos horizontes para su futuro.

Esto dio lugar, primeramente, a una creciente migración interna hacia las ciudades, pero la capacidad de ocupación de nueva mano de obra en países que no eran, ciertamente, focos de gran desarrollo maquinista e industrial, como el caso de España, no logró satisfacer a tal corriente migratoria.

La presión demográfica y recursos insuficientes para la solución de esta circunstancia, fueron los motores del gran movimiento de emigrados en el último tercio del siglo XIX. Circunstancias adicionales aceleraron esta corriente o la caracterizan en determinados momentos: las guerras, las epidemias, las plagas -como la filóxera que a fines del siglo XIX destruyó casi la totalidad de los viñedos de varios países europeos- o las que atacaron los cultivos de papa en Irlanda, que en menos de una semana arruinó toda la producción de ese rubro del país, y las hambrunas consecuentes, etc., son episodios que, de un modo u otro, impulsaron a sectores amplios o restringidos de la población a buscar radicación en diferentes destinos. Así, enviaban como adelantados a los miembros familiares más fuertes física o espiritualmente para abrir un camino a los demás, generalmente, los miembros más jóvenes: la mayoría de los inmigrantes del siglo XIX eran individuos de entre los 13 y los 28 años de edad. La meta: encontrar trabajo para ganarse la vida y atender a los suyos.

Por estas y otras muchas razones, muchos súbditos y ciudadanos europeos ya no estaban dispuestos a sufrir las consecuencias del radicalismo y la inestabilidad social, por lo que comenzaron a ver a América como el sitio ideal y con inagotables posibilidades para rehacer o continuar una vida más decorosa.

En resumen, estas fueron las causas que produjeron que sobre nuestro país resurgente de una guerra de exterminio, así como sobre otros puntos del continente -primordialmente-, se iniciara una corriente migratoria europea, que fue, en su momento, un verdadero derrame o desborde en un recipiente amplio y casi vacío, abierto a oportunidades de expansión y fortuna para alentar esperanzas, a quienes vivían en territorios limitados, con campos muchas veces agotados y siempre cansados por milenarias cosechas y con una población en acelerado crecimiento.

De esa corriente migratoria descienden muchos de los que hoy llevan apellidos de origen vasco. Algunos de ellos ganaron notoriedad, inclusive no pocos llegaron no solo a lo más alto de la consideración, sino también a las más altas dignidades de la república, como la presidencia misma, como los Ayala -Eligio o Eusebio-; Aceval, Egusquiza, Estigarribia, Escurra, Duarte; vicepresidentes, como Argaña; ministros, como Borda, Camino, Ibáñez, o próceres como Iturbe, Zeballos; obispos, como Acha, Gogorza, etc. Y así, otros apellidos que de tan usuales, nunca nos hemos preguntado su origen, como los Achucarro, Aguilar, Aguirre, Andino, Arriola, Artaza, Basaldúa, Beltrán, Echauri, Elizalde, Galarza, Galeano, Gamarra, Gómez, Gorostiaga, Gutiérrez, Ibarra, Ibarrola, Imaz, Irún, Laíno, Larrea, Leguizamón, Léoz, Lezcano, Loizaga, Mena, Mendoza, Méndez, Mendieta, Obando, Odriozola, Olite, Ortigoza, Orué, Otazú, Peralta, Ramírez, Recalde, Roa, Rotela, Ruiz, Samudio, Sánchez, Solano, Telechea, Torres, Ugarte, Urbieta, Yurrita, Zabala, Zárate, Zorrilla y, lógicamente, Zubizarreta, apellido del autor de un interesante libro que busca explicar los significados de los diversos apellidos de origen vasco en el Paraguay.


Un buen día, a Hernán se le ocurrió seguir el rastro de los vascos que vinieron al Paraguay y que con su descendencia fueron dejando huellas de su presencia en este país. Utilizando la guía telefónica y otros recursos, fue recolectando una muy completa lista de apellidos de origen vasco que reunió en un opúsculo, precisamente titulado "Apellidos Vascos en Paraguay - sus significados".
Algunos apellidos vascos

* Achucarro: Peña del barranco.

* Aguilar: Tejos entre zarzas.

* Aguirre: Descampado, limpio de maleza.

* Borda: Redil de ganado.

* Borja: Lino inferior.

* Cárdenas: Aliento.

* Careaga: Lugar de caleras.

* Duarte: Isla.

* Echagüe: Limítrofe de la casa.

* Elicetche: Casa de la iglesia.

* Galarza: Mucho pastizal alto.

* Galeano: Campana en la cimera.

* Herrera: Quemazón extendido.

* Ibáñez: De la ribera.

* Ibarrola: Ferrería de la ribera.

* Leguizamón: Laderas de la colina.

* Lezcano: Colina de la cueva.

* Mendieta: Muchos montes.

* Odriozola: Planta, cimiento de la ferrería.

* Recalde: Al lado del riachuelo.

* Sánchez: Lo de Sancho.

* Tellechea: La casa de la tejería.

* Ugarriza: Muchos guijarros.

* Zabala: El ancho.


Del libro "Apellidos vascos en Paraguay", de Hernán Zubizarreta.
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