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17 de Marzo de 2019

| Personaje

Orgullo chaqueño

Por Marisol Palacios

Francisca Villalba es la primera indígena maskoy en lograr una licenciatura en Trabajo Social en nuestro país. El camino para lograrlo no fue fácil. Tuvo que sortear muchas dificultades, pero hoy celebra junto con su familia y comunidad el fruto de su sacrificio

“Un sueño que sueñas solo es solo un sueño; pero un sueño que sueñas con otros es realidad”, es un dicho de Yoko Ono. Y Francisca Villalba (27) tenía un sueño, con el apoyo de su familia, de ser profesional con título universitario.

Pero el camino para lograrlo no fue fácil. Entre las mayores dificultades que tuvo que superar fue tener que dejar Padre Livio Farina, más conocido como Pueblito, su comunidad en Puerto Casado, Chaco, y venir hasta la capital del país para proseguir sus estudios universitarios.

Francisca tiene seis hermanos: cinco varones y una mujer. “El mayor es docente”, comenta. Sus padres son Ramón Villalba y Guillermina Pereira. Cursó tanto la primaria como la secundaria en Puerto Casado, en una institución no indígena.

Ni bien culminó el colegio, vino hacia Asunción. La primera vez, lo hizo acompañada de su padre, pues tenía que gestionar unos documentos, ya que, en principio, anhelaba ingresar al Colegio Militar. Pero no lo logró. “Fue una desilusión muy grande”, confiesa.

Entonces, un amigo le sugirió intentar la obtención de una beca de estudios universitarios de Itaipú. Aplicó y lo logró. “Comencé a pensar qué carrera seguir”, recuerda.

Pensar en su comunidad

Luego de mucho pensar y analizar, Francisca optó por la carrera de Trabajo Social. Llegó hasta ella de una manera casual. Cuando vino por primera vez a Asunción, un amigo la llevó a la casa de Odorina Gamarra, una trabajadora social. Los días que permaneció allí le dieron la oportunidad de conocer más sobre la profesión que, de alguna manera, se convertiría en una herramienta valiosa para empoderar a su comunidad allá en el Chaco.

Pero por un tiempo más reflexionó si era esa la profesión para ella. Finalmente, decidió probar con su familia, su comunidad y toda la sociedad vulnerable en mente. “El primer año ya me gustó”, revela. Entonces, era Instituto de Trabajo Social; ahora es Facultad de Ciencias Sociales (Facso).

Fueron más de cinco años de mucho sacrificio. Hubo épocas en que no alcanzaba el promedio requerido para la beca de Itaipú; tenía que volver a hacer el papeleo y pasaban entre cinco y seis meses sin percibir la ayuda. Entonces vendía miel, queso o su hermano le enviaba dinero.

Así podía pagar apenas su pasaje. Su tesis, que se basa en la vida de las mujeres indígenas maskoy de la comunidad de riacho Mosquito, en Puerto Casado, Alto Paraguay, ya estuvo terminada en noviembre de 2018, pero, por razones académicas, recién fue aprobada en febrero pasado.

Incentivo

Para ella, este logro significa un incentivo para seguir luchando. “Como dice en mi trabajo de tesis, es un aliciente para seguir luchando por las condiciones en las que viven los indígenas, quienes hasta hoy no son vistos como personas. Nadie les tiene en cuenta, especialmente a las mujeres y niños. Los indígenas son ignorados”, subraya.

Con su trabajo, Francisca espera la visibilización de las condiciones en que viven las mujeres y niños, pero no solamente de las indígenas, sino de toda una sociedad vulnerable que necesita del apoyo de los trabajadores sociales.

Asegura que nunca sufrió de ningún tipo de discriminación mientras estuvo en la universidad. “Al contrario, mis compañeros eran muy amables conmigo, querían saber cómo era nuestra cultura”, menciona. Lastimosamente, los maskoy ya habían perdido su lengua. Francisca no habla angaité, pero sí castellano y guaraní. Aunque hay mujeres que todavía la practican en sus hogares, así como algunas costumbres que aún permanecen en sus raíces.

Hasta el momento de la entrevista, Francisca todavía no había podido conseguir trabajo. Cuenta que, cuando estaba en el último año de la carrera, dejó su currículum en la intendencia de Loma Plata, pero no obtuvo respuesta. Hace poco le llamaron del Ministerio de Justicia y Trabajo para decirle que fue seleccionada y la convocarían, pero todavía sigue esperando. “Si pudiera optar, quiero regresar al Chaco, estar cerca de mi familia, pero necesito trabajar”, confiesa.

Francisca destaca el apoyo de su familia y comunidad. Ella es la primera mujer de la familia maskoy y la etnia angaité en lograr un título universitario. En su futuro, además de ser profesional, quiere casarse y formar una familia. Afortunadamente, según dice, puede casarse con alguien que no sea de su comunidad. “Porque eso no significa que uno tenga que cambiar”, afirma.

En la Academia Militar

Acerca de la primera mujer indígena que ingresó al Colegio Militar, manifiesta que se puso muy contenta. “Para mí es muy bueno que cada uno siga su vocación y me alegra que lo haya logrado, ya que es una carrera muy difícil también de ingresar. Es bueno que los indígenas ocupemos lugares y conquistemos más profesiones. Ya tenemos médicos, odontólogos, abogados, etcétera”.

Sin embargo, le apena escuchar siempre que los indígenas son haraganes, que no quieren trabajar ni estudiar. “Eso es mentira. Solo nos falta oportunidad y albergues. Es difícil venir de tan lejos y pagar un alquiler. Hay que pasar muchas dificultades para lograr esto y no todos pueden, porque detrás tenemos la familia que también necesita. Pero tenemos que superar esas dificultades y seguir adelante. Tal vez seamos diferentes por el color de piel, pero en esencia todos somos iguales; somos seres humanos con derechos a oportunidades que nos lleven al camino de la superación”, finaliza.

mpalacios@abc.com.py 

• Fotos ABC Color/Arcenio Acuña.

 
 

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