21 de Febrero de 2016

| Vivencias

Pedaleando el Yvytyrusu

Por Mabel Rehnfeldt

Si llegara a pedalear o caminar el Yvytyrusu, tenga algo seguro: los aromas, los colores, el verde, el agua, la arena y el barro, las piedras, las langostas, las aves, las cavernas, los saltos y el avance de la deforestación quedarán tatuados a fuego en sus recuerdos… Si se anima, el circuito completo puede ser de 80 km. Si no, puede arrancar en Itá Letra y que lo esperen en San Gervasio. Esos 20 km bastarán para sus memorias.

En guaraní, Yvytyrusu (yvyty=cerro, rusu=grande). En castellano, Ybytyruzú.

La cordillera del Yvytyrusu es una de las más hermosas del Paraguay, la que esconde misterios, sonidos y secretos que esperan ser recorridos. Encantador y divertido, el caminito que sale de Villarrica y se adentra hacia la zona de Tororõ va serpenteando por entre casas de gente muy amable. No se sorprenda que le digan: “Todo para la derecha y le señalen la izquierda”. El ser “gua’i” tiene sus encantos.

Son 20 km los que separan a Villarrica de Itá Letra, la primera parada obligatoria. Unas formaciones pétreas escarpadas le exigirán un buen calzado, porque no querrá perderse jeroglíficos que, durante muchos años, se pensó que eran inscripciones vikingas. Una expedición española en el 2011 concluyó que son inscripciones rupestres nativas realizadas entre los años 5000 y 2500 a. C., y que representan constelaciones, pisadas de felinos o aves.

Tras la visita a Itá Letra, pasará un encantador arroyito del mismo nombre e iniciará un camino cuesta arriba al Yvytyrusu. La primera será la subida más pronunciada, con más piedras, árida, pero con una vegetación que tendrá tiempo para admirar cuando pare a descansar. Árboles añejos entre los que abundan el tajy, kurupa’y, cedro, muchos tacuarales, pinos y eucaliptos, además de flujos de agua que bajan de los picos más elevados y el cerro Mimbí con su formación piramidal.

El camino va dibujándose por entre los cerros, atraviesa algunos de ellos, obligando a subirlos y bajarlos, o bordearlos. Algunos de los cerros lucen todavía salvajes, con exuberantes vegetaciones. Otros ya están absolutamente pelados, deforestados, con pastura para animales. Unos carteles le recordarán que está en la Reserva del Yvytyrusu, que posee 30.000 ha, y un hábitat de raras especies en fauna y flora, con muchísimas bellezas naturales. Algunas podrá, simplemente, verlas al costado del camino, para otras deberá ingresar por caminos laterales: el mismísimo Akatĩ, o los saltos Suizo, Cantera, Paí’i, Rojas y otras cascadas de no tan importantes elevaciones.

Agua fresca y guayabas garantizadas por el camino en esta época; en otoño e invierno, naranjas y mandarinas, y en San Gervasio unas canillas —para huir del sol de esta época— frente al hospital.

A medida que se vaya acercando más al extremo opuesto —la zona de Colonia Independencia— aparecerán los viñedos, el arroyo Tacuara, las yerbateras, la posibilidad de pasar por el famoso Almacén Cincuenta, o elegir circular por senderos de sombra y bajadas frente al Club Alemán. La zona ha recibido a inmigrantes europeos quienes construyeron sus casas, cultura, vinos y tortas alemanas, además de su tradición y gastronomía alrededor de sus costumbres.

El parador Tilinksy puede ser una opción para quedarse a dormir, bañarse en la pileta o, simplemente, reponer energías con sándwiches de pan casero con jamón y queso. A partir de allí quedará el desafío del asfalto hasta volver a Villarrica, pasando antes por Mbokayaty.

Sonido del terror

Para quienes hicimos este circuito, hace ocho días, hay varias cosas que nunca olvidaremos. Hacerlo en familia y con amigos, una de ellas; que tres de los cinco lograrán completar los 90 km, otra.

Hay un recuerdo, sin embargo, más estremecedor. Entre los sonidos del viento, acariciando los árboles o la cúspide de los cerros, hay uno que nunca olvidará de este paseo, que lo recordará como el chasquido de un látigo azotando su alma: el de la deforestación.

Oirá –pero no verá– las motosierras trabajando con prisa y sin pausa… Escuchará el sonido sobrecogedor de los árboles cediendo, desmoronándose, cayendo con todo el peso de años de follajes y troncos. En un trazado del camino, hace casi ocho días pedaleábamos cinco personas en silencio. Ni el chirriar de los pedales aminoraba el eco de las motosierras y los árboles que estaban muriendo en la reserva.

Cuando pensamos en por qué esta nota debía ver la luz, lo más pronto posible, es por ese intenso deseo de que alguien intente salvar lo que queda… Y que usted vaya a verlo antes de que desaparezca.

El ruido de los últimos bosques muriendo en el Yvytyrusu retumba en la cordillera…

mabel@abc.com.py

Fotos Xime Barba/Diana Aguiar.

 
 

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