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06 de Enero de 2008

| 30 AÑOS DE LA MUERTE DE…

Un diplomático muy especial

Spruille Braden fue uno de los dos únicos delegados especialmente nombrados ante la Conferencia de Paz, celebrada en Buenos Aires, desde 1935 hasta 1938. En ese importante foro internacional le cupo desarrollar un destacado papel en la solución del conflicto. El próximo 10 de enero se cumplirán 30 años de su fallecimiento.

El 21 de julio de 1938, se cumplirán 70 años de la firma del Tratado de Paz, realizada en Buenos Aires y que puso fin a tres años de discusiones acerca de las condiciones de paz entre el Paraguay y Bolivia, en su disputa sobre el Chaco Boreal.

Hasta hoy, el Tratado de Paz de 1938, cada tanto, es motivo de polémica y discusiones. Lo innegable es que, luego de casi 70 años, aquel tratado trajo PAZ entre nuestros dos países. Lo discutible, a nuestro parecer, es que, 70 años después, no hayamos sabido construir una convivencia armónica entre nuestros países, y aún hoy, gastamos nuestra energía buscando cuestiones que nos separan, en vez de buscar elementos que concilien nuestros intereses nacionales.

Delegado norteamericano ante la Conferencia de Paz, en sustitución de Hugh Gibson, fue Spruille Braden, cuyo trigésimo aniversario de fallecimiento se recordará el próximo 10 de enero. Fue, juntamente con el brasileño Rodrigues Alves, uno de los dos delegados expresamente designados para representar a sus respectivos gobiernos ante la Conferencia. Esa situación les puso en un plano especial por sobre los demás delegados, diplomáticos de sus respectivos países ante el Gobierno argentino, lo que motivó una especie de subalternidad ante el presidente de la Conferencia, el megalómano canciller argentino, Carlos Saavedra Lamas.

La Conferencia de Paz se instaló en Buenos Aires el 1 de julio de 1935. “Era inevitable, con veinte delegados a un tiempo, de los ocho poderes, que el verdadero trabajo de la Conferencia tuviera que ser realizado por unos pocos delegados. Pero el secreto al cual tuvieron que recurrir esos pocos fue difícilmente de acuerdo al protocolo. No nos atrevíamos a confiar en Saavedra Lamas, por cuanto él todo lo hubiera destruido, por vanidad o por estupidez. Lo mismo se puede decir de Barreda Laos (peruano). Martínez Thedy (del Uruguay) era no sólo totalmente incompetente (posteriormente fue reemplazado por Pedro Manini Ríos); como los otros embajadores acreditados en la Argentina, vivía atemorizado por Saavedra Lamas. Barreda Laos (luego sucedido por Luis Fernán Cisneros) también vivía atemorizado”. El delegado argentino era Luis Podestá Costa, el chileno Félix Nieto del Río, sustituido luego de varios meses por Manuel Bianchi. La delegación boliviana estaba presidida por su canciller Tomás M. Elío. Por el Paraguay estaban los doctores Gerónimo Zubizarreta, Vicente Rivarola y Efraím Cardozo, entre otros.

Luego del golpe de estado de febrero de 1937, asumieron la delegación paraguaya el canciller Juan Stefanich, Juan José Soler e Isidro Ramírez. Por parte de Bolivia, asumieron Enrique Finot y David Alvéstegui. La Argentina, luego de Podestá Costa, estuvo representada por Isidoro Ruiz Moreno.

Por nuestro país, luego del contragolpe de 1937 y la reasunción del régimen liberal, retomó nuevamente Zubizarreta, quien luego renunció, asumiendo el general José Félix Estigarribia la presidencia de nuestra delegación.

La Conferencia y sus circunstancias

Los momentos en que se desarrollaron las discusiones para lograr la paz, a cargo de la Conferencia de Paz de Buenos Aires, fueron difíciles, además de los golpes de estado en el Paraguay y en Bolivia, con el cambio de los delegados y de las políticas respectivas acerca de las condiciones de paz, se vivían momentos difíciles en el plano mundial. El orden mundial estaba signado por el avance de los regímenes totalitarios.

Las negociaciones fueron largas y tediosas, además de accidentadas, especialmente por las veleidades e intrigas del canciller argentino Carlos Saavedra Lamas. Con la llegada al gobierno de Roberto M. Ortiz y su canciller, José María Cantilo, el Gobierno argentino adoptó una actitud de mayor cooperación en la Conferencia de Paz.

El propio presidente Ortiz anunció, el 5 de mayo de 1938, su apoyo a las gestiones de negociación, argumentando que el más grande responsable de la paz entre Bolivia y el Paraguay era precisamente el Gobierno argentino. Agregó, además, que si la Conferencia de Paz fallaba, la guerra se reanudaría y que había serios peligros de que el conflicto arrastrara a otros países. A ello se sumaba un conflicto mundial, en ciernes.

Braden, el diplomático

Spruille Braden era uno de los empresarios de una compañía minera en Chile y tenía vínculos comerciales con varias empresas americanas en la región. Como delegado de los Estados Unidos a la Conferencia de Paz en Buenos Aires, tuvo activa participación en las tratativas –que se extendieron desde el 1 de julio de 1935 hasta el 23 de enero de 1939–, cuando, en solemne ceremonia, se firmó en la ciudad de Buenos Aires el acta de clausura de la Conferencia de Paz entre el Paraguay y Bolivia.

Posteriormente, Braden desempeñó breves misiones diplomáticas, pero de gran importancia política, como embajador en Cuba (1942), Argentina (1945), Guatemala (1953/4) y Chile (1975/6).

Como embajador en la Argentina, fue célebre su participación en las cuestiones internas de ese país, lo que le llevó a un abierto enfrentamiento con el coronel Juan Domingo Perón, entonces vicepresidente de la Nación. En Guatemala también tuvo activa participación en el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz, cuando los intereses de una empresa vinculada a él fueron afectados por las acciones del Gobierno guatemalteco. En 1971 publicó sus memorias: Diplomáticos y Demagogos.

Saavedra Lamas, según Braden

Algunos fragmentos de sus memorias señalan: “La razón por la cual se le pidió al Presidente de la Argentina que convocara a la Conferencia de Paz en Buenos Aires fue precisamente la misma que decidió al Presidente Roosevelt a sugerir que la Conferencia del Mantenimiento de la Paz fuera realizada allí: la egomanía del Ministro de Relaciones argentino, Saavedra Lamas. Ninguno de los estadistas de las Américas tenía la menor duda de que Saavedra no permitiría tratado de paz alguno a menos que él fuera a aparecer ante el mundo como el principal pacificador. Todo intento de obtener un cese de las hostilidades había fallado porque en un punto u otro él lo había desbaratado. Mientras él fuera Ministro de Relaciones de la Argentina la única forma de negociar un tratado de paz era realizando las negociaciones en Buenos Aires, donde él fuera el presidente y lograra el crédito, la gloria, y, cuando llegara el momento, el Premio Nobel.

“Esta es una acusación muy fuerte pero, ante la horrible alternativa, la digo deliberadamente. Hay que recordar que la Argentina estaba ayudando al Paraguay con armas e inteligencia militar. Cuando se le otorgó el Premio Nobel a Saavedra, Rodrigues de Alves (delegado brasileño) dijo en tono jocoso (pero meditado) que el premio era realmente un incentivo para la guerra: la gente era incentivada a promover hostilidades a fin de ganar el premio haciendo la paz. En el caso de Saavedra eso no era muy exagerado”.

“Es probable que sus intrigas por ganar el Premio Nobel para sí en lugar de hacerlo para el Presidente Justo, Saavedra se autoeliminó de la presidencia de la Argentina. No dio el más mínimo crédito ni al Presidente Justo, ni al Presidente Alessandri (de Chile). Cualquier candidato elegido por el Presidente Justo para sucederlo estaba seguro de la elección. La gran reputación de Saavedra podría haber merecido la función, pero difícilmente el Presidente pudo haber soslayado su conducta relacionada con el premio. Fue su sucesor Roberto M. Ortiz”.

“A medida que la conferencia se desarrollaba se hacía más evidente que el realizarla en Buenos Aires con Saavedra Lamas en el rol estelar no había constituido una garantía de su cooperación. Repetidas veces acusó a Chile y al Brasil de querer desbaratar la conferencia con el propósito de llevarla a Santiago o a Río de Janeiro. Eso era, por supuesto lo que él hubiera hecho. Pude tranquilizarlo de primera fuente con respecto al Brasil, por cuanto yo tenía las seguridades personales del Ministro de Relaciones Exteriores brasileño, José Carlos de Macedo Soares, sobre el punto. Nieto también le aseguró que Chile no tenía tal ambición. Pero nunca se le pudo convencer. Continuó volviendo a esta obsesión egomaniaca…”.

Braden y los prisioneros de Guerra

Spruille Braden, al suceder a Hugh Gibson al frente de la Delegación norteamericana, heredó la presidencia de la Comisión de Canje de Prisioneros. El tema de los prisioneros fue uno de los temas espinosos que le tocó tener en sus manos. Al respecto, en sus memorias recuerda que:

“La tregua de 90 días en el protocolo del 12 de junio (de 1935) fue inspirada por un optimismo extravagante. Durante esos 90 días se tenía que arreglar el asunto de fronteras, canjear prisioneros y negociar un arreglo de paz. En realidad, cuando la tregua expiró Bolivia y Paraguay no habían sido llevados a un acuerdo en un solo punto…”.

“El Protocolo había pedido el canje y repatriación de los prisioneros y en este punto también los beligerantes estuvieron muy lejos de estar de acuerdo. Bolivia solo tenía 2.500 paraguayos pretendiendo que todos los prisioneros fueran canjeados al mismo tiempo. El Paraguay, con unos 17.000 bolivianos (en realidad, llegaron a ser cerca de 25.000) argüía que sólo se tendría que canjear un número igual, rango por rango, y que la repatriación del resto tendría que esperar el tratado final; de otro modo sería devolver al enemigo todo un ejército entrenado en la guerra del Chaco”.

“Al llegar a las postrimerías de la negociación (en el caso de los prisioneros), teníamos que traer a Saavedra Lamas en una forma que él creyera que todo era obra suya. Tengo que decir que tanto como nosotros no lo queríamos en el cuadro, él tampoco no nos quería a nosotros y, en particular, él no quería a Rodrigues Alves y a Félix Nieto. Yo era Presidente de la Comisión de Prisioneros y no me podía dejar de lado y Podestá Costa le era útil porque, después de todo, necesitaba que alguien hiciera las anotaciones” (era avezado taquígrafo).

Las negociaciones sobre los prisioneros, los delegados Braden, Podestá Costa, Nieto del Río y Rodríguez Alves trataron (además de Mauricio Hochschild, empresario austriaco del estaño boliviano, quien consiguió el dinero requerido para el mantenimiento de los prisioneros de guerra) con las propias autoridades paraguayas en Asunción. Pero el escollo mayor fue convencer al delegado paraguayo, Gerónimo Zubizarreta, y evitar, en lo posible, el asedio y la vigilancia del canciller argentino.

Para obtener la aceptación del delegado paraguayo, los miembros de la Conferencia recurrieron a las más pintorescas situaciones: En una ocasión en que Zubizarreta empezó a dudar si firmar o no un documento, Braden, recordando una frase de Nieto del Río de que “cuando el Ministro de Relaciones usa la voz, pierde el uso de la cabeza”.

“Lo acertado de la observación estaba siendo demostrado y señalaba el desastre. Puse la punta del pie bajo la mesa de mimbre y volqué todo –café caliente, jugo de naranja, agua helada, todo– sobre la falda de Saavedra Lamas. Dio un salto y un grito de dolor. Le hice una seña a Podestá. Asimos a Zubizarreta que, sentado en la esquina del sofá, no había sido alcanzado. ‘¿Entonces está bien? ¿Acepta tener la firma el lunes o el martes a las cinco de la tarde?’. ‘Sí. Está bien’, dijo dubitativamente. Podestá Costa lo tomó del brazo, lo propulsó literalmente hacia su coche, lo hizo subir y partir”.

Pese al enojo del peruano Barrera Laos, hábilmente salvado por el delegado americano, el 1 de enero de 1936 se firmó el acta que extendía la tregua indefinidamente y fijaba los términos para la liberación y repatriación de los prisioneros de guerra. A partir de entonces, los esfuerzos de la Conferencia para lograr la paz se extendieron por casi 30 meses hasta el triunfo final.

Durante los tres años que Braden actuó como representante de los Estados Unidos ante la Conferencia de Paz, sucedieron muchas cosas, muchos contratiempos, muchas idas y venidas, pero, por fin, se superaron los escollos y se llegó a un acuerdo definitivo el 9 de julio de 1938. Hubo gente en desacuerdo y otra satisfecha; lo que sí fue definitivo es que se logró una paz que dura ya 70 años (se cumplirán el próximo 21 de julio). Es responsabilidad de nuestra generación enriquecer esa buena vecindad, construyendo un futuro mancomunado y despojado de desconfianzas mutuas.

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