26 de Febrero de 2012

 

Cultura y pensamiento científico I- El valor de la investigación

Por Dr. Antonio L. Cubilla (*)

Justificar la investigación científica como de importancia nacional parecería una perogrullada por lo obvio de su necesidad.

Porque se sabe que una de las causas principales de las dependencias económica y cultural de los países es el rezago en la creatividad científica, lo que se debe a la falta de investigación (Landes. The Wealth of nations. Why some countries are rich and others poor). La investigación científica es un instrumento intelectual metodológico heterogéneo, flexible y altamente variable, aunque riguroso, construido para la creación de nuevas ideas y nuevos productos tecnológicos. Estos, en general, se originan en ideas anteriores y estas en otras previas. El conocimiento puede ser raigal y entonces se arboriza. Grandes ideas han creado grandes escuelas de pensamiento y se puede establecer una perfecta correlación entre los creadores originales de las escuelas y sus discípulos (Collins. The sociology of philosophies). Estos, a su vez, por medio de sus propios discípulos, ramifican creando nuevo conocimiento que se imbrica creando una red que puede durar siglos. Porque ese arte de la correspondencia intelectual entre maestro y alumno con sus afinidades y contradicciones no tiene par en la historia del intelecto (German Steiner. The arts of the masters). De no existir las ideas primigenias no se forma el árbol del conocimiento y el avance científico se dificulta. Notoria y paradójicamente, aunque la ciencia como fin último busca regularidades, es decir, invariabilidades en la naturaleza, está en cambio permanente y esta agitación de nuevas visiones es lo que los científicos denominan progreso. Este forma parte indisoluble de su ethos, de su optimismo inveterado que, aunque imbuido de escepticismo, se dirige hacia un mundo mejor, contrastando con el pesimismo habitual de otros cultores del intelecto que prefieren las seguridades ya conocidas de un imaginado idílico mundo anterior al que consideran igual o superior a lo que se viene con las impredecibles creaciones del hombre (Levi Strauss. Tristes tropiques). También existe el conocimiento que se produce de manera revolucionaria, pero este mecanismo es menos frecuente en el quehacer diario o ciencia de todos los días (Thomas Kuhn. The road since structure y The esencial tension). En toda la historia de la biología, desde las técnicas de inhumación faraónicas hasta la construcción del genoma humano, puede hablarse de no más de cinco revoluciones de magnitud. La ciencia se circunscribe al dominio de su manera de hacer. Es decir, esta es la que determina el ámbito y tiene que ver con el llamado método científico que fue inventado por pensadores europeos entre 1550 y 1700. No existe un solo método científico, pues sus modalidades varían de acuerdo a las disciplinas y a la manera como uno entiende la ciencia (van Doreen. A history of knowledge). Pero lo inevitable es que nace y es un constructo y secuencia de un acuerdo no escrito pero inexorable de científicos que practican la misma disciplina o aquellos que muestran alguna afinidad. Quien se desvía de sus presupuestos, o es un revolucionario científico que cambiará los métodos futuros a utilizarse, o será marginado por la comunidad al no cumplir con la heurística requerida.   

En sociedades donde se valora la creatividad científica, con sus hipótesis, teorías, nuevos productos tecnológicos, descripciones observacionales detalladas de fenómenos naturales y sociales, estos son de alguna manera comprendidos por su población. Es que las sociedades que valoran la actividad científica poseen más posibilidades de informarse y comprender los mecanismos de producción del nuevo conocimiento, su epistemología. Como en otras áreas del conocimiento como el artístico, la filosofía y la crítica cultural, su lenguaje puede resultar poco inteligible para los no especialistas. En sociedades modernas existe una legión de divulgadores del conocimiento científico que en lenguaje claro y sencillo pueden explicar las reflexiones o teorizaciones más profundas y complejas del mundo de la ciencia.   

La cultura científica moderna se inició luego de la última revolución científica, en el siglo XVII; hubo otras anteriores, una mayor en la Alejandría de los Ptolomeos (Charles Singer. A history of scientific ideas) y otra en la Grecia anatólica presocrática (Karl Popper. The World of Parmenides), coincidente con la Ilustración. En estos eventos históricos mayores de la intelectualidad, se inició la gradual ruptura entre la filosofía y las ciencias naturales, originalmente una sola cosa denominada filosofía natural. Un largo camino se ha recorrido desde la concepción posmedieval hagiográfica o santificante de la ciencia y los científicos —entendible, puesto que la ciencia estaba en el imaginario colectivo popular reemplazando a la propia religión en algunos aspectos— hasta la visión actual de la actividad científica y del propio científico como una o uno más, sujeto a las influencias y debilidades del milieu social en el que están insertos (Stephen Saphin. Scientists life y Never pure; y Bruno Latour. Laboratory life).   

Donde se valora y florece la ciencia, la misma población intuitivamente utiliza el pensamiento científico en todas sus actividades, y estas se vuelven más claras, más predecibles y sus resultados son más categóricos. Es decir, el público general articula su pensamiento de una manera parecida al razonamiento científico y se va alejando, para bien o para mal, de las visiones mágicas y místicas comenzando a ejercer en su vida diaria, en su quehacer, en su profesión, en sus interrelaciones personales, una mayor racionalidad, mediante el pensamiento lógico matemático, la visión causal y la claridad para la exposición de ideas abstractas o concretas. Estos presupuestos caracterizan la manera de hacer y pensar de los científicos y hoy son parte del quehacer de los ciudadanos de las sociedades modernas, aun de aquellos que critican la actividad científica, su optimismo, la propia idea del progreso ligado a la ciencia (Claude Levi-Strauss. El festín de Esopo. Pierre Bordieu. Homo Academicus).  
   
La cultura científica

Las culturas tradicionales, como las nuestras, más que las ciencias han valorado las artes, la literatura, la historia, las disciplinas jurídicas y la politología. Es por eso que la cultura latinoamericana se ha diferenciado de la occidental y ha postergado o retrasado la modernidad al sacrificar a la ciencia de su pensamiento y de su cultura. La preocupación de los intelectuales latinoamericanos, decía el profesor Devés en el Corredor de las Ideas, ha sido la permanente confrontación de lo identitatario con la modernidad (Eduardo Devés, De Rodó a la Cepal. José Vasconcellos, La raza cósmica. Rodó, Ariel). Mientras tanto, el mundo moderno está inmerso en la cultura científica y tecnológica. Se vive sin embargo en nuestras culturas tradicionales muy amistosamente con los innumerables productos de la ciencia que afectan de manera notoria el quehacer cotidiano, las profesiones, el arte, la historia y la misma vida. Pero estos productos son copiados o comprados a alto precio de quienes los producen. Al no ser creadores sino utilizadores de técnicas descubiertas en otros países, perdemos en el proceso soberanía cultural y estamos, por más que dependamos indirectamente de la ciencia, marginalizados de la cultura moderna que no existe o es precaria en ausencia de la creatividad científica.   

Una de las causas de este apartamiento del pensamiento científico como sociedad y cultura es que la investigación fue excluida de nuestra universidad desde su origen, perdurando un modelo histórico que no estimula la creatividad. No han llegado al Paraguay las dos revoluciones científicas más importantes para la ciencia: la del modelo germánico de universidad como centro de investigación, donde todos los profesores tienen la misión de avanzar el conocimiento puro; y la transformación norteamericana de este modelo en un sistema más pragmático y democrático de universidad abierta y creadora, donde las ciencias prácticas y la formación profesional tienen el mismo valor que las fundamentales (Clark Kerr. The uses of the university). Tampoco florecieron en nuestro país los institutos de investigación de cierto éxito utilizado en países que persisten en los modelos orteguiano y francés de separación de la enseñanza de la investigación (Ortega y Gasset, La misión de la universidad. Claude. Allegre). Existen algunos promisorios aunque insuficientes intentos en el país, como la financiación de los investigadores en la UNA y la creación del PRONI de incentivo a los investigadores de manera meritocrática por el Conacyt.   

La ciencia es un bien cultural

La ausencia de investigación no es concebible en la actualidad en ningún país, por pobre que sea. Sin investigación, el país no saldrá de su pobreza al no encontrar modelos propios de progreso. "La investigación ha mejorado la salud, la riqueza y el bienestar de los hombres. De la investigación científica dependen el poder y hasta la independencia de las naciones. Les permite sobrevivir y progresar en medio de la competencia mundial en la que triunfan siempre los que inventan y perfeccionan más. La calidad de la investigación científica depende de la originalidad e inventiva de sus hombres de ciencia" . Son palabras aún vigentes del nobel argentino de Medicina Bernardo Houssay. Ciencias es poder (F. Bacon).   

La investigación esta íntimamente ligada a la creación científica, que es homóloga a la creación artística. El científico con talento para crear originalmente es un ciudadano tan valioso como lo es un artista y, en ciertas fases de la producción del conocimiento, no existen diferencias esenciales entre ambas disciplinas (Richard Tarnas. The passion of the western World). La obra del científico, por ser una nueva concepción de la naturaleza o el descubrimiento de algo antes oculto, es válida no solo en el país sino en todo el mundo y pertenece al patrimonio universal. La ciencia es fruto de la utilización de las facultades intelectuales del hombre siendo, por lo tanto, un bien cultural. La ciencia además respeta otras disciplinas y creencias, y complementa la visión total del universo. En su concepción pura, la ciencia crea ideas o modelos; en su concepción aplicada, utiliza y crea nuevas técnicas. Aquella, la básica, agrega nuevo conocimiento sobre la conformación del mundo y de la humanidad, y ayuda al hombre a comprender su posición como especie en el universo. Estas posibilitan el desarrollo de los pueblos. Hoy día, sin pensamiento científico, es decir sin generación de nuevas ideas, ya no es posible la técnica y deviene la dependencia cultural. Por eso la ciencia practicada en el país directa o indirectamente está ligada al progreso y al desarrollo de la personalidad cultural del país. La investigación científica contribuye a incorporar a la ciencia como el bien cultural más preciado en las sociedades modernas.

Representante del Conacyt ante el Consejo Nacional de Cultura.   
Director del Instituto de Patologia   e Investigacion.
  • ¿Querés recibir las noticias nacionales e internacionales más importantes?
    Enviá ABC al 22292 desde tu Tigo, Personal o Vox.

COMENTARIOS

Inicie Sesión o Regístrese para comentar.

- ABC Digital no se hace responsable por los comentarios generados o publicados por lectores.
- Los usuarios que utilicen datos falsos en los registros de ABC Digital serán bloqueados.
- Se anularán las cuentas de personas que utilizan este sitio para ofender, insultar, agraviar o publicar groserías. Los comentarios considerados inapropiados serán borrados.
- Los usuarios con más de tres reportes de abuso serán dados de baja.

 

Reportar error

Reportar comentario

Enviar a un amigo

 

Estimado lector

Esta funcionalidad estará disponible a partir del lanzamiento oficial del nuevo sitio de ABC Color.
Gracias por su comprensión.

Reloj animado Estimado lector, la página se refrescará en Cancelar