05 de Noviembre de 2017

 

En el Centenario de la Revolución Rusa (II)

Por Igor Fleischer Shevelev

Hace cien años tuvo lugar en Rusia uno de los principales acontecimientos del siglo XX. Esta crónica reconstruye las diversas facetas –económicas, militares, políticas, sociales– de un poliedro histórico sobre el cual no dejan de escribirse interpretaciones encontradas.

Bajo Nicolás II, coronado zar en 1894, se suceden los hechos más infaustos de la dinastía Romanov. La rivalidad histórica entre Rusia y Japón por el control de Manchuria y Siberia conduce a la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905 y a la derrota del Imperio Ruso. El 25 de mayo de 1905, la flota japonesa del almirante Tojo hunde en Tsushima veinte navíos de la flota rusa del Báltico, al mando del almirante Ruzhestvensky. La derrota en Manchuria y el hundimiento de la flota ponen de manifiesto la deficiente preparación militar de Rusia.

En lo social, son años turbulentos. En noviembre de 1904 hay una gran huelga en Bakú. En enero de 1905 hay otra en la capital por el despido de obreros afiliados al sindicato fundado por el pope Gapon. El día 7, al frente de una multitud que canta himnos religiosos y lleva iconos y retratos del zar, Gapon marcha al Palacio de Invierno para hacerle saber al zar la miseria de los obreros bajo los explotadores capitalistas y la opresiva burocracia estatal, asegurarle lealtad y pedirle protección. Los reciben un nutrido fuego de fusilería de la tropa apostada frente al Palacio y una carga de la caballería cosaca. Cientos de muertos y heridos caen. Es el Domingo Sangriento. Kerenski escribirá: «Se produjo un cambio radical en la mentalidad de la masa obrera, hasta entonces más bien sorda a la propaganda dirigida a ella. El lazo espiritual que unía a las masas trabajadoras con el zar fue hecho trizas».

Tras la masacre, hay huelgas en toda Rusia. En junio se amotinan en Odesa los marineros del acorazado Potemkin, linchan oficiales e izan la bandera roja. Para sofocar la insurgencia generalizada, el gobierno ha dado poderes dictatoriales al general Trepov, gobernador de San Petersburgo. En esa ciudad en octubre se crea el primer Consejo (Sóviet) de Delegados Obreros, con el menchevique Trotski por mentor. Se crea también el Partido Constitucional Democrático, cuyos miembros son llamados «kadetes». Lo integran profesionales e intelectuales. En 1902 se ha creado el Partido Social Revolucionario, cuya propuesta de «socialización de la tierra» le valió apoyo campesino y cuyos miembros son llamados «eseristas». Lenin ya es un líder prominente en 1903 en el Segundo Congreso del Partido Social Demócrata, escindido en dos facciones: la de Lenin, los bolcheviques (mayoría), y la de Trotski, los mencheviques (minoría).

El Manifiesto de Octubre 

Obligado por las circunstancias, el zar otorga en el Manifiesto del 17 de octubre de 1905 una constitución e instituye un gobierno presidido por el conde Serguei Witte. Integran el Parlamento el Consejo de Estado, ampliación del existente desde 1810, y la Duma, que de modo bastante equilibrado representa a toda la población. No obstante, el zar nombra a los ministros y se reserva el derecho a vetar cualquier ley, y la ratificación de los decretos que no sean de su agrado por la Duma puede significar su disolución.

La situación social sigue siendo conflictiva. En noviembre hay una huelga general resuelta por el Sóviet en demanda de una jornada laboral de ocho horas. La respuesta patronal es el cierre; la del Gobierno, disolver el Sóviet y apresar a su presidente, Nosar. Lenin se refugia en Finlandia. Liderados por los bolcheviques, unos doce mil obreros se enfrentan entre el 8 y el 20 de diciembre a quince mil soldados de la guarnición de Moscú. Solo con refuerzos y artillería se restablece el orden.

La primera Duma, electa en la primavera de 1906 y formada en su mayoría por diputados progresistas, entra en conflicto con el gobierno por sus demandas, se disuelve en julio y el ejército ocupa su sede, el Palacio Táuride. En febrero de 1907 hay nuevas elecciones. Los grupos de extrema derecha de la Duma exigen su propia disolución al no ser atendida una demanda de retirar la inmunidad parlamentaria a diputados acusados de atentar contra el zar. La segunda Duma se disuelve en junio. La tercera es proclive a resolver el problema agrario generando condiciones que permitan más beneficios a este sector para brindar al gobierno el apoyo social de una clase de campesinos propietarios: los kulak, en efecto, logran mejoras en su producción y economía, línea progresista cortada por el asesinato de su impulsor, Stolypin, en 1911. La cuarta Duma es electa en 1912 con Kokovzov, antiguo colaborador de Stolypin y partidario de la autocracia, como presidente.

Ese año, los bolcheviques acuerdan en una conferencia en Praga formar su propio partido. El comité central está integrado, entre otros, por Lenin, y su vocero, el periódico Pravda («verdad»), aparece, clandestinamente, el 22 de abril.

La Guerra 

El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, Bosnia, Gavrilo Princip, joven serbio de diecinueve años, asesina al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, y desata una crisis continental. Se culpa al gobierno de Serbia y se resuelve ocupar ese país. Nicolás II, en un arranque de irracionalidad, moviliza las fuerzas armadas rusas para defenderlo. En consecuencia, Alemania declara la guerra a Rusia y después a Francia. En Europa y Asia se forman alianzas para dar muerte a gran parte de la humanidad.

Como suele suceder antes de que la amarga realidad de una guerra sea palpable, impera un irracional fervor patriótico, con masivas demostraciones espontáneas. Hasta la Duma apoya la descabellada decisión de entrar en el conflicto. Rusia no está, ni en el plano militar, ni en el social, ni en el económico, en condiciones de entrar en guerra con las potencias centrales. No, sobre todo, con Alemania. Olvida el Zar la derrota que solo una década atrás demostró la ineficiencia de un ejército no mejorado desde entonces.

Para que el lector interprete en su cabal medida lo que suponía entrar en guerra con el Imperio Austro Húngaro para defender un remoto y pequeño país invadido por este, Serbia, lo que no constituía amenaza alguna para Rusia ni comprometía su seguridad, algo similar ocurrió cuando Paraguay, cincuenta años antes, declaró la guerra a otro Imperio, el de Brasil, para defender otro remoto y pequeño país invadido por este, Uruguay, lo que tampoco constituía amenaza alguna para Paraguay ni comprometía su seguridad.

Por efecto de tales arranques de inconsciencia se abatieron sobre estos países los mayores cataclismos imaginables.

La crisis 

Kokovzov es reemplazado en 1914 por el inoperante Goremykin, cuya falta de carácter e ideas es una garantía para Nicolás II. El zar, ante la arrolladora ofensiva alemana en la primavera de 1915 y la turbulencia social de Petrogrado, abandona esta ciudad el 24 de agosto y se traslada a Moguilev, sede del cuartel general del Ejército. Aunque su presencia en la capital es un factor de cohesión, prefiere estar lejos de sus alborotos. Esta decisión fue fatal para el Imperio. En Moguilev, se hace cargo del comando del frente de guerra, para lo cual no está capacitado en modo alguno. En septiembre de 1915 reafirma su confianza en Goremykin ante la oposición de la Duma, pero en enero de 1916 lo sustituye por Stürmer, incondicional de la corte, intrigante y oportunista. En su apasionado discurso de noviembre en la reapertura de la Duma, Miliukov pregunta una y otra vez: «¿Es locura o traición?» 

A Stürmer lo sustituye Trepov, y al poco tiempo es nombrado el anciano príncipe Golitsin, cuyo único merito es gozar de la simpatía de la zarina. La falta de éxitos en el frente, la escasez de alimentos, las huelgas, minan la autoridad del zar. El 9 de enero de 1917 una huelga de ciento cincuenta mil obreros rememora el aniversario de la masacre de 1905. Los trabajadores de la factoría de Putilov se enfrentan a la policía el 8 de febrero, y el 14, en ocasión de la reapertura de la Duma, se declaran en huelga noventa mil obreros. Ese día Kerenski, en un discurso incendiario, pronostica el hundimiento por la fuerza del «régimen medioeval» y la zarina pide su ahorcamiento.

Lenin está en Suiza; Trotski, en Estados Unidos. No serán los artífices de la revolución que se avecina. Entre el 23 y el 28 de febrero (calendario juliano) de 1917 la autocracia zarista se desmorona. En medio de todo esto, Nicolás II regresa a Mogilev. Hoy se diría que fue un «abandono de cargo».

Febrero: los días decisivos 

El 23 de febrero entran en huelga noventa mil obreros. El 24 son doscientos mil; el 25, ya nadie acude a su puesto de trabajo. Los secundan estudiantes, pequeñoburgueses, empleados. La mayoría grita: «¡Queremos pan!» Otros ya gritan: «¡Abajo el zar!» 

Sin embargo, todavía no hay una verdadera sublevación. No lo creen así ni los jefes de los partidos subversivos ni la zarina, que está en Petrogrado. Los hechos se precipitan porque el zar no calibra la magnitud de la situación. El 25, ordena por telegrama «poner fin a los desórdenes en la capital, inadmisibles en estos momentos de guerra» al comandante militar de Petrogrado, general Khabalov, que cumple la orden el 26. Numerosas víctimas caen bajo los disparos. El Regimiento Volynsky es el que causa más bajas en la plaza de Znamensky. Los manifestantes se dispersan y la policía declara restablecido el orden. Sin embargo, comenta el general Martinov, «en su mayoría los soldados no estaban conformes con la tarea que se les había asignado».

El 27 nuevamente los soldados del Regimiento Volynsky reciben órdenes de sofocar las revueltas. Esta vez resuelven no usar sus armas. Hacen una excepción cuando el mayor Lashkevich ordena disparar contra la multitud, y lo matan. Después, abandonan el cuartel y se unen a los manifestantes, induciendo a otros regimientos a hacer lo propio. A mediodía, toda la guarnición de Petrogrado está sublevada.

El ministro de Guerra ordena al general Zankevich posicionarse en torno al Palacio de Invierno, y al coronel Kutepova reunir a los dispersos y dispersar a los rebeldes. Fracasan. El Gobierno trae tropas del frente para someter a la capital. Pero ni la caballería del general Ivanov ni la tropa del general Ruzki lo logran, pues los soldados más bien se solidarizan con los alzados. Realmente, de ciento sesenta mil efectivos están alzados unos veinticinco mil. Muchos solo se desentienden de sus obligaciones. La Revolución se lleva a cabo sobre todo por los neutros, que no inclinan la balanza en ninguna dirección. La magnitud de las bajas en relación a la de los hechos es mínima. Solo en las bases navales de Kronstadt y Helsinsky los marinos de la flota del Báltico matan a almirantes y oficiales. En la tarde del 27 de febrero la revolución está concluida en la capital del Imperio. En el frente, el ejército acepta lo sucedido. Dirá Trotski: «El resto del país no hizo sino adherirse. La lucha tuvo lugar exclusivamente en San Petersburgo. No hubo en todo el país un grupo popular, un partido, una institución ni un contingente militar que se levantara en defensa del viejo régimen».

El nuevo panorama 

La Duma queda como centro de la vorágine. Su presidente, Rodzianko, obtiene del primer ministro Golitsin el consentimiento para delegar la regencia en el gran duque Miguel. El zar cree, entre tanto, lo que quiere creer y parte de Mogilev rumbo a Tsarskoe Zeló («pueblito del zar») para restablecer su autoridad desde ahí, pero los ferroviarios desvían su tren y lo llevan a Pskov. El 27 se forma el Comité Provisional del Sóviet de Petrogrado. Con más apoyo popular que el Comité Provisional de la Duma, formado el mismo día, lo preside el menchevique Chjeidze, con el eserista Kerenski como vicepresidente. El Comité Provisional de la Duma les ofrece los ministerios de Trabajo y Justicia, respectivamente. Chjeidze rechaza, Kerenski acepta.

El 2 de marzo se constituye el Gobierno Provisional. La víspera, el Sóviet y la Duma han emitido la «Orden nº 1». Difundidas miles de copias en el frente, significó en la práctica la pérdida de la capacidad militar en la guerra, el fin del ejército como tal. El nuevo primer ministro es el príncipe Lvov, afín a los burgueses, enemigos de Nicolás II. Liderados en el Ministerio de Relaciones Exteriores por Miliukov, artífice del nuevo gobierno, predominan en este los kadetes. Zuchanov afirmará: «Miliukov era por entonces el alma y el cerebro de todos los círculos políticos de la burguesía».

Como dijimos, a Kerenski se le ofrece el Ministerio de Justicia. El comité ejecutivo del Sóviet no lo acepta, pero sí Kerenski, que desafía al comité en el pleno del Sóviet, sube a la mesa y, con su extraordinaria elocuencia, convence a la multitud.

Gran orador, hijo de un director de escuela y graduado en Derecho por la Universidad de San Petersburgo, el único ministro del Gobierno Provisional que se manifiesta republicano es el socialista Kerenski. Es el que más se identificará con la Revolución de Febrero.

igor.fleischer@gmail.com

 
 

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