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01 de Julio de 2018

| El caso de La Manada

Fueron cinco

Por Montserrat Álvarez

Una escena macabra se repite, con algunas variantes, en la literatura, en el cine y en la vida real. En julio del 2016, cinco hombres violaron a una joven, filmaron todo, compartieron los videos por WhatsApp y, tras robarle el celular, la abandonaron. La encontró llorando en un banco público una pareja que la acompañó a la Policía Municipal a hacer la denuncia. Los violadores acaban de salir en libertad bajo fianza.

En un cuento de Raymond Carver, «Tell the Women We’re Going», dos amigos con vidas, esposas y hogares tranquilos y decentes siguen en auto por la carretera a dos chicas en bici. Mientras lo hacen y se acerca el desenlace, comentan cosas como: «La morena tiene ganas; ¿viste cómo me miró?», o «Esas calientapava». Nosotros, los lectores, sabemos que lo que atribuyen a las dos chicas en sus comentarios solo existe en su imaginación; por eso es un gran cuento, rutinario y siniestro, normal y loco.

Entender la realidad es un premio de la ficción. Vemos a los personajes como personas y aprendemos a no reducir a las personas, en la vida real, a personajes. Aun así, somos lo uno y lo otro, y a veces somos más personajes que personas. Si se nos acerca un policía, no se nos acerca una persona, sino un personaje, bueno o malo según el caso, El Policía. Si entra a la tienda una anciana con niños y les compra alfajores, no es María ni Silvia, sino Ña Mary o Ña Silvi, porque no es una persona, sino La Abuela. Los personajes surgen y declinan a lo largo de la historia y mutan con la cultura de cada tiempo y lugar. Sueños colectivos, les damos realidad sin saberlo.

Uno de mis recuerdos más terribles de los últimos años es una noche de verano en la que mi perro y yo nos cruzamos en la vereda de la plaza Italia con una pareja mayor. El hombre me miró obscenamente; no era una mirada admirativa y respetuosa, sino insultante, agresiva. Me recorrió sin disimulo. Pasé de largo, pero él se detuvo en medio de la vereda, se volvió y, alzando la voz, con violencia, empezó a acusarme de las cosas más extrañas: ir en short, «vivir del puterío» y otras. Sujeté a mi perro, que intentaba lanzarse contra él, y apelé a su esposa: 

–¡Señora, su marido me está insultando! ¡Haga algo, por favor! 

Para mi pasmo, ella me miró con desdén mientras él me escupía procacidades. Logré alejar a mi perro tirando de su collar, y nos fuimos. Quizá yo no era para ese hombre una persona, sino un personaje digno de odio. Llevaba puesto lo que encontré a mano, pero pude suponer qué quimeras rodearían a «mi» personaje: short para mostrar las piernas, remera corta para exhibir la cintura, etcétera. Ninguna de esas intenciones existía, pero quizá en la mente de él eran reales, como las que «veían» en las ciclistas los perseguidores del cuento de Carver. Pienso que esos personajes no nos ciegan a todos, pero sí permiten a algunos justificar sus malos instintos.

En el Libro de Daniel, dos viejos jueces sorprenden a Susana a solas y le dan a elegir: o se deja violar, o la acusan (falsamente) de adulterio. Por eso, en el cuadro de Guido Reni uno se lleva el dedo a los labios. El silencio, como la deshonra, está asociado a la violación desde tiempos remotos. Susana no se somete, la acusan de adulterio, la condenan a morir apedreada y se salva gracias a un niño, que un día será profeta.

La casta Susana prefiere morir a que la violen; el antagonista de este personaje es La Mujer Fácil, siempre dispuesta a los encuentros eróticos y a la que, por ende, no se puede violar. Idea peligrosa, pero no la única que puede inspirar esa historia: otra es que la mujer siempre puede impedir la violación, y que, por ende, si no se resiste, la violación no ha existido. En jugada cómplice, la mente de algunos soslaya o niega lo obvio, lo sabido por cualquiera, no digo siquiera que haya vivido, sino que haya visto Discovery Planet: que el miedo paraliza, que ante una gran superioridad física o numérica la única esperanza de salvarse puede ser no defenderse.

En una película de 1988, The Accused, Sarah Tobías (Jodie Foster) sufre una violación grupal en un bar. En el juicio, el defensor de los encausados le pregunta: 

–Señorita Tobías, ¿en algún momento gritó: «Auxilio» o «Violación»? 

–No. Me tapaban la boca, me besaban, me tapaban la boca con las manos. Yo decía: «No».

–¿«No»? ¿Ni «Violación» ni «Ayuda» ni «Policía», sino «No»? 

–Exacto. «No».

–¿Alguien la oyó? 

–No lo sé.

–¿Le hizo señas a alguien? ¿Una seña con la mano? 

–No. No podía mover las manos.

–¿Forcejeó? 

–Sí.

–¿La vio alguien forcejear? 

–Deben haberlo visto.

–Señorita Tobías, ¿puede demostrar de alguna forma que alguien en ese lugar, cualquiera, la vio forcejear o la oyó decir «No»? 

–No.

–No hay más preguntas –termina, triunfal, el abogado: Sarah Tobías no merece crédito.

El filme de Kaplan refleja la situación paradójica de una víctima de violación, que, fuera de probar que han abusado de ella, tiene que justificar por qué se sometió a las condiciones que los violadores le impusieron, so pena de volverse sospechosa de haber buscado el daño recibido. Profetizó el juicio por violación grupal, cometida en los Sanfermines del 2016, a La Manada, cinco hombres que han salido en libertad provisional el pasado 22 de junio, al no haber sentencia firme y entender la Audiencia de Navarra que no se cumple ninguno de los presupuestos de la prisión preventiva.

En 1937, otra manada de cinco abusadores violó a otra joven de la misma edad que la que sufrió esta agresión hace dos años; tampoco la víctima tuvo entonces amparo de la Justicia. En la ciudad cántabra de Torrelavega, entre los cientos de mujeres presas en el Salón Olimpia, convertido en cárcel por las tropas franquistas, estaba Fidela Díez, hija del ebanista Fidel y de Eloína, ambos republicanos. Fidelita gustaba del teatro, la poesía y la declamación, y solía recitar poemas de Lorca y de Antonio Machado en la Biblioteca Popular de Torrelavega y en los micrófonos de Radio Santander. Entre las personas que el franquismo nunca vio con buenos ojos estaban precisamente Machado (al menos Antonio) y Lorca, y también las mujeres que dedicaran su vida a algo que no fuera la maternidad, impuesta tras la Guerra Civil como la «experiencia femenina por antonomasia». (1) Una tarde, un grupo de falangistas se la llevó. Horas después, sus compañeras vieron con horror volver a Fidelita, o a lo que quedaba de ella. Cayó de bruces y no pudo contarles nada. Solo repetía: «Fueron cinco». Murió al poco tiempo, a los dieciocho años, el 25 de junio de 1938, y se puso en el certificado de defunción que fue de tuberculosis. Su padre fue preso al Penal de Alcalá de Henares y su madre vendió castañas en la calle para sobrevivir (2).

En la película de Kaplan, Sarah discute con Kenneth, que estuvo allí mientras la violaban pero no participó y que de pronto decide no testificar. «¿Por qué?», le pregunta ella. «Me viste beber. Fumar porros. Coquetear. Y viste cómo varios tipos me violaban. Y crees que me lo merecía. Eres como los demás», le dice. «Si hablo», alega él, «mi mejor amigo pasará cinco años en la cárcel». «Claro, tu mejor amigo es un gran tipo y yo solo soy una puta a la que violó delante de ti», le responde Sarah. «No eres como los demás. Eres peor». De pronto, callan. Él tiene la vista baja. Ella lo mira y su rostro se suaviza. Le pregunta, ya sin rabia: 

–¿Tienes miedo? 

Él la mira y responde, despacio, sinceramente: 

–Sí.

–Yo también –dice Sarah.

En la escena siguiente vemos a Kenneth en el juzgado dando testimonio a favor de Sarah, como esperábamos ya que hiciera, porque antes se han mirado como dos personas, de igual a igual, y se han comprendido.

«Estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones», bramaba por la radio el general Queipo de Llano en 1936 (3), incitando a sus seguidores a violar. A no ver a las personas, a cegarse con el odio a los personajes, Las Rojas, Las Perras, Las Malas Mujeres. Para cegarse así no basta una cultura perversa; esta prepara el terreno, pero se necesita algo más, cierta dosis no sé de qué, de frustración, de miseria, de cobardía, de mala fe. Cierta falta de humanidad. La Ley debería poner límites al odio, el Estado no debería ampararlo. Pero el Poder también tiene forma de monstruo y se alimenta de miedo cuando ratifica que hay personas que son menos personas que otras, que merecen menos crédito que otras, voces que no deben ser escuchadas; y nadie debe dejar de alzar entonces la suya, en nombre de esas personas. Entender la realidad es un regalo de la ficción, que nos hace tomar personajes por personas y aprender así a no tomar nunca en la vida real a las personas por meros personajes para justificar iniquidades. Porque si les arrebatamos su humanidad a otros, perdemos la nuestra. Si pisoteamos la dignidad de otros, perdemos la nuestra. Si se daña injustamente a otros y lo permitimos, somos cómplices y siervos. Y los hombres de verdad no violan, como bien lo sabía Kenneth Joyce.

Notas

(1) Bajo el franquismo la función «de la mujer era, por antonomasia, la maternidad» (M. Sánchez: La mujer en José Castán Tobeñas, Santander, Dirección General de la Mujer, 2002,116 pp.), la maternidad es impuesta como «ideal normativo por antonomasia» de la mujer (G. Nielfa: Mujeres y hombres en la España franquista, Madrid, Complutense, 2003, 303 pp.), «la maternidad era la experiencia femenina por antonomasia» (Á. Cenarro Lagunas: La sonrisa de Falange, Barcelona, Crítica, 2006, 247 pp.).” 

(2) José Ramón Saiz Viadero: «Fidelita Díez», La Pajarera Magazine. Disponible en línea: http://www.lapajareramagazine.com/fidelita-diez-por-jose-ramon-saiz-viadero

(3) Don Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, marqués de Queipo de Llano y teniente general de la Caballería, fue un golpista aliado de Franco y un criminal de guerra al que se atribuye la muerte de al menos catorce mil civiles durante la Guerra Civil Española. El discurso radiofónico parcialmente trascrito aquí puede escucharse en: https://youtu.be/9weVo7tCvjc

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