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17 de Marzo de 2019

| Historia

Geografías de ultratumba: San Patricio, guardián del Purgatorio

Por Julián Sorel

Geografía vertiginosa la de aquella Commedia que Boccaccio apellidó Divina y con la que se sumó Dante a una fecunda legión de espíritus eruditos y poéticos, teológicos y aventureros, para trazar el mapa de lo ultraterreno. Ricos simulacros literarios de bárbaros misterios sacudieron durante algunos siglos en devotos y alucinados relatos el más allá con salvajes efectos especiales –más salvajes en las cercanías del Infierno: truenos, abismos, hedor de azufre, alaridos, helados vientos que como acero cortaban la carne, fuego, violenta imaginería escatológica del Medioevo–. Toda una estética libérrima y brutal –a la cual quizá lo más afín en la actualidad sea el relato (dantesco) de la última y, para no variar, brillante y denostada película de Lars von Trier, The House that Jack Built–.

Esa geografía registra un lugar intermedio, de aparición tardía y ligado por tradición al legendario arzobispo de Arnagh, San Patricio. Su presencia, contra lo que suele creerse, no se limita a la cultura irlandesa; lejos de ello, recorre la literatura oral y escrita de occidente y, desde luego, abarca muchas lenguas, entre ellas el español –así en la novela de principios del siglo XVII de Pérez de Montalbán Vida y Purgatorio de San Patricio, o en la comedia de Calderón de la Barca El purgatorio de san Patricio, o más temprano, en la traducción anónima del Tractatus de Purgatorio Sancti Patricii, de Henricus Salteriensis (cuya versión en catalán, Viatge de Ramón de Perellós al Purgatori de Sant Patrici, es del siglo XIV, y cuya primera versión en francés, L’Espurgatoire Seint Patriz, atribuida a Marie de France a fines del siglo XII, es seguida por otros textos en el mismo idioma, como, a comienzos del siglo XVI, el Voyage du puys sainct Patrix auquel lieu on voit les peines de Purgatoire et aussi les joyes de Paradis, de Claude Noury)–, si bien la más inquietante alusión a su figura situada en el umbral de esa región tercera, que no es ni el Paraíso ni el Infierno, la desliza, en inglés isabelino, Shakespeare:

«Horacio: No hay ofensa, señor.

Hamlet: Por San Patricio, sí que hay ofensa, y mucha…»

Hamlet, que constantemente oscila entre ser bufón y loco o príncipe sabio y cuerdo, entre el papel de lucido y lúcido vengador y el de orate que escupe disparates, entre la denuncia y la broma, el heroísmo y el ridículo, aguzado su ingenio por las dudas internas y lo equívoco de su posición, nada dice porque sí, y no es casual por ello que al hablar con Horacio de la posible condición de alma en pena del difunto rey, su padre, invoque a San Patricio.

Como siempre a esta altura de marzo, hoy, viernes, circulan ya invitaciones a fiestas, verdes flyers llenos de tréboles y jarras de cerveza: del purgatorio al pub quizá no hay demasiada diferencia. Una de ellas acaba de llegar a nuestro buzón para hacernos caer en la cuenta de que la celebración este año es en domingo, día de aparición de este suplemento, por lo cual (sí: somos casi siempre intempestivos, y aun improvisados, al escribir; sepa disculparnos el gentil público por ello) no resistimos la tentación de atrapar la ocasión por los pelos para hablar brevemente de esta tradición –que, mutada por el comercio en la cultura global, ilustra grandes cambios sociales de nuestra época– y del sentido histórico de esa región cuya entrada, como bien sabe Hamlet, custodia San Patricio.

La idea, como ha expuesto Le Goff (1), de un tercer lugar entre el cielo y el infierno llegó tarde –en el siglo XII– a la cristiandad, pero su relevancia fue enorme: introdujo nociones nuevas del espacio y del tiempo y fortaleció ascendentes pretensiones de poder y prestigio. Purgadas en el purgatorium con tormentos, las almas podían llegar antes al cielo mediante misas y limosnas de los vivos: método de salvación –confirmado por una bula de 1254– al alcance incluso (o sobre todo) del usurero, pecador por antonomasia en la cultura medieval.

Encargar misas y dar limosnas estaba fuera del alcance de los pobres –como lo está actualmente participar de la mayoría de las fiestas de San Patricio, pensadas, en países como el nuestro, para pocos–, bienaventurados en la vieja cultura que empezaba a cambiar: el nacimiento del Purgatorio, enlace con la Modernidad en el seno de un mundo en buena parte aún feudal pero en el cual el dinero ya abre puertas, y no solo en la Tierra, revela a nuestro juicio cuán gruesos son los brochazos con los que se la suele separar de la Edad Media.

La aparición de ese lugar cuya entrada se encuentra –según las interpretaciones clásicas de la topografía elaborada en el siglo XII por Giraldus Cambrensis (2)– en la isla de Station, en el Lough Derg del condado de Donegal, custodiada por San Patricio, ilustra las condiciones históricas en las cuales nacen y se aceptan nuevas ideas. El paso de un mundo ultraterreno bipartito a uno tripartito refleja el ascenso de la burguesía como uno de los tres órdenes –los que oran, los que guerrean, los que trabajan– en la escena social. Los relatos de ese otro mundo sucedieron a las esperanzas que los milenaristas tenían en este: un fuego purificador para algunos fue el sucedáneo de los ideales de quienes, siguiendo a Orígenes, creían que la purificación y el paraíso eran el futuro de todos.

Que esta fecha comercial resuma tales giros históricos no deja de tener irónica coherencia con su sentido actual. Lejos de nosotros predicar contra ella –lo más seguro es que también cedamos a tan buen pretexto para tomar cerveza: no es este, pues, un texto disuasorio–. Aunque hoy –hoy domingo, cuando sean publicadas estas líneas– los guardianes o porteros de las fiestas no se sepan metáforas terrenas de San Patricio, guardián del Purgatorio.

Notas

(1) Jacques Le Goff: El nacimiento del Purgatorio, Madrid, Taurus, 1989.

(2) Giraldus Cambrensis: The Topography of Ireland, en: Thomas Forester, Richard Colt y Thomas Wright (eds.): The Historical Works of Giraldus Cambrensis, Nueva York, AMS Press, 1968.

 
 

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