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20 de Enero de 2019

| Libros

Homo Deus

Por Beatriz González de Bosio

El condicional en esta obra del 2015 hoy cedería lugar al indicativo: en vez de «podría ser», en muchos casos lo descrito «ya es», escribe la historiadora Beatriz González de Bosio sobre el libro «Homo Deus», de Yuval Harari.

El autor de este volumen, Yuval Noah Harari, es profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Se especializó en historia medieval y militar, y al doctorarse en la Universidad de Oxford pasó al campo de los procesos macrohistóricos. Homo Deus empieza con frases desafiantes: «por primera vez en la historia, hoy mueren más personas por comer demasiado que por comer demasiado poco. Mas por vejez que por una enfermedad infecciosa» (p. 12), y refiere que en los primeros dos milenios desde que la humanidad se volvió gregaria las tres grandes preocupaciones fueron el hambre, la peste y la guerra.

Este libro es en realidad una secuela de otro: Sapiens. De animales a dioses, que llega a conclusiones igualmente controversiales. Por ejemplo, que el gran fraude de la humanidad fue el cambiar la dieta proteica del cazador recolector por la basada en la domesticación del trigo, que revolucionó la existencia humana, creando la agricultura de escala, primero a orillas del Nilo, que se extendió al mundo. Harari llega a decir que en realidad fue al revés, que el trigo domesticó al ser humano obligándolo a cambiar la rutina de su existencia y su cultura, y creando las ciudades, la vida sedentaria y todos los males que las acompañan.

Hasta el presente, muchos ven en la agroindustria más una condena que nos retacea el agua potable, hace desaparecer los bosques y con ellos la biodiversidad y el aire puro.

En un subcapítulo aparentemente trivial de Homo Deus, Harari se pregunta por qué a los humanos modernos les gustan tanto los dulces, y la respuesta no por sencilla deja de tener impacto: «porque cuando nuestros antepasados de la Edad De Piedra encontraban fruta dulce o miel, lo más sensato era comer mucho tan de prisa como fuera posible». Se sabe también que durante la Edad Media y el Renacimiento ningún veneno podía ser puesto en algo dulce.

La organización de esta entrega refleja la experiencia académica e investigativa del autor; las tesis son desarrolladas con solvencia, demostrando que su preparación supuso un puntilloso seguimiento investigativo con conclusiones ricas y plausibles. En sus diversas partes y capítulos, analiza la evolución superadora de los citados problemas tradicionales humanos, estudia al hombre como un dios moderno que está en condiciones de crear inteligencia artificial y quizá más adelante vida artificial, toca la posmodernidad, alejada de las promesas del racionalismo de la Revolución Francesa, y luego de todas estas lucubraciones en cadena Harari termina confesando lo que sería su conclusión de esta obra y también una admisión de sus flaquezas: «en verdad, no podemos predecir el futuro. Todas las situaciones hipotéticas que se han esbozado en este libro deben entenderse como posibilidades más que como profecías… este libro rastrea los orígenes de nuestro condicionamiento actual con el fin de aflojar su agarre y permitir pensar de maneras mucho más imaginativas acerca de nuestro futuro. En lugar de limitar nuestros horizontes prediciendo una única situación hipotética definitiva, el libro pretende ampliar la mirada y hacernos conscientes de un espectro de opciones mucho más amplio… Tal como he indicado en repetidas ocasiones, nadie sabe en verdad como serán en 2050 el mercado laboral, la familia o la ecología o que religiones, sistemas económicos y estructuras políticas dominaran el mundo» (p. 430).

En la Edad Media todo se pretendía estático y uno nacía en su estamento sin poder salir de él. La ilustración trajo la idea del progreso y el avance a través de la educación y el talento personal. Ese ideal de la Ilustración nunca se cumplió y en muchos aspectos el inmovilismo del Medioevo sigue invariable, especialmente en el Tercer Mundo.

En su obra, sin embargo, Harari analiza la forma actual de ese movimiento vertical de los estratos sociales y considera la Modernidad como un pacto del que todos formamos parte. La idea anterior del mundo metafísico de un creador o un gran arquitecto que nos situaba en un plan universal le parece superada por una cultura moderna que «rechaza esta creencia en un gran plan cósmico. No somos actores en ningún drama de proporciones épicas. La vida no tiene guion, ni dramaturgo, ni director, ni productor… ni sentido. Hasta donde sabemos, desde el punto de vista científico el universo es un proceso ciego y sin propósito, lleno de ruido y furia que no significa nada» (p. 226). Llega así a un interesante nihilismo de tipo existencial que había preocupado a autores como Sartre y Camus en otra época. Pero también elimina todo atisbo de romanticismo e incluso del concepto del Karma: «No habrá un final feliz, ni un final malo, ni ningún final en absoluto. Las cosas, simplemente ocurren, una después de otra» (ibid.).

Es reconfortante descubrir a un intelectual como Harari, que se toma el tiempo de poner en valor una lección que los griegos nos habían legado: nada de lo humano nos debiera ser indiferente.

¿Quiénes somos?

El mensaje de Harari no es muy alentador. Eclipsadas las grandes religiones y los valores humanistas por los laboratorios y el trabajo científico, el ser humano se descubre en una gran soledad: «es improbable que las nuevas religiones surjan de las cuevas de Afganistán o de las madrazas de Oriente Medio. Es mucho más probable que surjan de laboratorios de investigación». Si el socialismo prometió «la salvación mediante el vapor y la electricidad, en las próximas décadas nuevas tecno-religiones podrían conquistar el mundo prometiendo la salvación mediante algoritmos y genes» (p. 383). Se ha llegado al extremo, señala, de que hasta la tarea política es entendida como un sistema de procesamiento de datos con encuestas, focus groups, workshops y sesiones de brainstorming. Parece quedar poco espacio para la creatividad ante la preferencia por la compilación e interpretación de los datos.

En nuestras últimas elecciones hubo un embarullamiento de datos que todavía pudo usarse con fines políticos: contra la creencia de que Paraguay es un país conservador con solo dos partidos importantes, y aunque la mayoría de los encuestadores firmó el acta de defunción del Partido Liberal en unas encuestas supuestamente científicas dando por descontada una abrumadora victoria del partido mayoritario, el día de las elecciones la diferencia entre ambos partidos históricos no superó el 3% y la victoria tuvo un margen de apenas 95.000 votos a pesar de todo el aparato cibernético.

Incluso una potencia como Estados Unidos está hoy desgarrada por la posible intervención rusa en sus elecciones presidenciales pasadas a través del impersonal computador ubicado en sitios remotos.

Conclusión

Las tesis de Harari son provocativas. Como el ser humano no puede apartarse mucho de alguna divinidad, el nuevo dios provendría de laboratorios y estudios científicos con escaso margen para el humanismo y la solidaridad. Pronto seremos solo cifras de alguna tabla. Homo Deus postula que lo que medio siglo atrás parecía ciencia ficción hoy es realidad cotidiana, como los estudios genéticos que predicen enfermedades y los taxis sin conductor que circulan en algunas ciudades del mundo desarrollado. El gran aporte de Harari es haber compilado información valiosa en forma sistemática en sus páginas. Pero lo más increíble de esta obra del 2015 es que el uso del condicional al que recurre el autor por momentos hoy cede lugar al indicativo: en lugar de «podría ser», en algunos casos la situación descrita «ya es».

Lo reconfortante de esta obra es que demuestra que en este mundo de imágenes, sonidos y espectáculo la palabra escrita puede seguir teniendo un impacto poderoso y una influencia trascendente. Gracias a Homo Deus sabemos que el libro no está muerto ni lo estará en el futuro.

Yuval Noah Harari 

Homo Deus. Breve historia del mañana Barcelona, Debate, 2016 496 pp.

beagbosio@gmail.com

 
 

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