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25 de Agosto de 2013

 

Jacinto Herrera, el actor paraguayo que cautivó a los argentinos

Por Armando Almada-Roche

/ ABC Color

–¡Socorro, socorro!—grité hacia las otras carpas.

–¿Qué pasa, Olga?—tronó la voz inconfundible de Jacinto.

Salió a la carrera de su carpa, asustado por mis gritos, y se detuvo a mi lado. Yo estaba petrificada cerca de una de las letrinas improvisada con troncos y cubierta con lonas.

–¿Qué te sucede?—volvió a preguntar Jacinto, sin entender lo que pasaba.

–¡Allí…, allí!—susurré con un hilo de voz, al mismo tiempo que le señalaba con movimientos de ojos delante de sus pies.

–¡Bueno—dijo–, con que esas tenemos!...

Y con un veloz movimiento, certero y firme, aplastó con sus botas a una serpiente de cascabel que hacía sonar su cola mientras alargaba el cuello para clavarme sus colmillos. Allí quedó la víbora, reventada pero moviendo aún parte de sus miembros.

Así de valiente era, como en las películas, Jacinto Herrera, gran actor, noble y generoso. No titubeó un segundo en salvarme la vida. Allí, en ese desierto de la selva santiagueña, donde filmábamos a las órdenes de Lucas Demare “Hijo de Hombre”, que primero se iba a llamar “Choferes del Chaco” o “La sed”.

Así contaba en una entrevista a “Radiolandia”, el 21 de octubre de 1960, la talentosa actriz Olga Zubarry las peripecias que tuvo que sufrir personificando a Salu’i, bajo un calor de más de 40 grados a la sombra, escasos de agua, enfundada en una ropa (casaca y pantalón) más gruesa que tela de carpa. Tenía por compañeros a los actores Francisco Rabal, español; Carlos Estrada, argentino, y Jacinto Herrera, paraguayo. Sigamos leyendo su relato:

Hijo de Hombre

Una poderosa voz ordena silencio. La columna de desvencijados y jadeantes camiones se detiene. Se oye el sordo ronroneo de los aviones y los hombres, primero lentamente, luego con el temor y la rabia pintados en sus rostros, se guarecen en la selva cercana. Los aviones bombardean la columna, dos camiones aguateros son destruidos. Se alejan los aviones, dejando a medio destrozar vehículos y hombres cuya impotencia solo encuentra salida en el exabrupto y en el gesto viril. Nuevamente, la voz domina el ámbito de la picada; ahora el término es breve y seco: “¡Corten!”, da una animación diferente al paisaje. Los heridos se recobran, los muertos adquieren nuevamente vida y los camiones destruidos son recuperados.

Lucas Demare había conseguido unas réplicas de los aviones de combate que usaban los pilotos paraguayos, el Potez 25, de industria francesa. Eran sexquiplanos biplazas, con autonomía de vuelo de siete horas, con cuatro ametralladoras y un lanzabombas debajo de cada ala inferior, con capacidad para 24 bombas de 10 kg cada una. Su velocidad era de 200 km/h y el “plafond” absoluto, 7400 m. Cómo sé, ¿no?... Mentira, yo no sé nada de aviones. Lo que dije me lo contó Jacinto Herrera, un muy buen actor, pero que también le gustaba la historia. Fundamentalmente la del Paraguay.

Recuerdo que me contaba Jacinto: “En las soledades chaqueñas, en las horas más angustiosas en que el ejército paraguayo se arrastraba penosamente pegado al espinoso suelo de las selvas y malezas de los cañadones o las quebradas inhóspitas, apretado por el cansancio, la sed, el hambre y el fuego implacable del enemigo, el Potez 25 fue siempre como la institución protectora. Y pensar que nosotros mientras filmábamos las escenas de la guerra, en cierto modo casi verdadera, la estábamos reviviendo y haciéndola presente”.

Terminada la toma de la ficción, Lucas Demare, a cuyo cargo estaba la dirección de la película —como ya lo he dicho–, se acercó al iluminador Alberto Etchebehere para preguntarle su opinión. Se habían movilizado en la escena más de cien personas entre técnicos y artistas, aviones, camiones, y como elemento fundamental, la tierra salvaje y desierta del Chaco santiagueño, que imita al del Chaco paraguayo, en donde se desarrolló la contienda con Bolivia. Satisfechos, ambos se alejaron de la cámara. Demare, medio cuerpo desnudo, la temperatura a la sombra, repito, es de 40 grados, y Etchebehere, menos confiado en los beneficios de los rayos ultravioletas, en camisa, se acercaron a nosotros, los tres protagonistas principales. La única mujer era yo. Todos vestíamos la típica indumentaria del soldado paraguayo. Botas cortas, también llamados “reyuno”, pantalones y camisas militares grises, gruesos y fuertes cinturones, y un gorro, o sombrero, de la misma tela.

La Guerra del Chaco

Un cronista de la época escribe en la revista de espectáculos “Platea”, del 11 de noviembre de 1960, en sus páginas centrales:

Petróleo, petróleo. Esta palabra es la clave de la Guerra del Chaco Boreal, entre paraguayos y bolivianos, y en esa guerra se basó Augusto Roa Bastos al escribir su novela “Hijo de Hombre”. El argumento describe la azarosa y trágica travesía de una tropa de camiones aguateros que desde la retaguardia deben llevar a las líneas del frente el preciado elemento. El convoy principal se pone en marcha bajo la dirección de Silvestre Aquino (Jacinto Herrera); de él forma parte el camión que irá en auxilio del destacamento que en un abra del bosque casi petrificado ha quedado aislado de su base. El cabo Cristóbal Jara (Francisco Rabal) es el encargado de esa misión. En el primer tramo por la picada sinuosa e intransitable se incorpora a la misma Magdalena, a quien llaman Salu’i (Olga Zubarry).

A partir de entonces, Cristóbal y Salu’i viven una odisea de amor y de muerte. Atacados por desertores, atrapados por arenales llameantes, evitando las emboscadas enemigas, el camión continúa su marcha tenaz; en el silencio y las tinieblas del monte nace el amor que ha crecido en ellos. Ese amor que se conjuga con la misión a que se deben. Ahora ese alucinante viaje tiene un nuevo sentido, y si para Cristóbal “lo que no puede hacer el hombre nadie más puede hacerlo. Yo tengo una misión y debo cumplirla”, Salu’i, espíritu sencillo, espera el milagro. Ambas certidumbres son las claves del esfuerzo sobrehumano que empuja el transporte de agua, el que adquiere un sentido cada vez más simbólico en el calcinado y salvaje Chaco.

Nació un 4 de julio de 1919 y murió también, ¿qué raro no?, el 10 de julio de 1969 a los cincuenta años a causa de una operación de peritonitis. Su nombre completo era Jacinto Laureano Herrera Pistorio. Ahora, semanas después de ambas fechas —nacimiento y muerte— lo recordamos en un acto de justicia. Al artista, al actor sin par, replegado sobre su corazón entusiasta y con todo su talento que creara personajes que tuvieron la gloriosa, la inmutable realidad de las cosas. Vivía en un departamento de las calles Carlos Pellegrini y Tucumán, donde funcionaba la sede de la Asociación Paraguaya de Artistas. Allí se reunía con Elvio Romero, Asunción Flores, Augusto Roa Bastos, Óscar Esteban Clérici, Carlos Lara Bareiro, y otros músicos y amigos.

Hombre de la esquina rosada

Jacinto Herrera, allá por las décadas del 50 al 60, era uno de los actores paraguayos más famoso y mejor cotizado del cine argentino, mimado por la crítica y por los directores. Había hecho una sólida carrera mediante su talento, su rostro peculiar picado de viruelas, su voz grave, y dicción clara y precisa le valieron cubrir papeles de villanos y hampones. Casi siempre lo convocaban para papeles de “malo”, que él cumplía a las mil maravillas. Filmó docenas de películas al lado de los mejores actores y actrices del séptimo arte porteño de la mano de excelentes directores: René Mujica, Catrano Catrani (italiano, nació en Cittá di Castelo en 1913 y estudió en el Centro Sperimentale de Cinematografía de Roma), Lepoldo Torres Nilsson, Lucas Demare; hay más nombres. Recuerdo las más importantes de sus películas, algunas hoy consideradas clásicos: “La última escuadrilla”, “La muerte flota en el río”, “El terrorista”, “Hombre de la esquina rosada”, sobre un cuento de Borges; “Codicia” (la primera coproducción paraguayo-argentina realizada en 1955, en blanco y negro. La dirigió Catrano Catrani, con la actuación de Jacinto Herrera, en el papel principal, Sarita Antúnez, Guillermo Bataglia y Leandro S. Cacavelos. La música es de Herminio Giménez, con tema de Mauricio Cardozo Ocampo), “La barra de la esquina”, “Choferes del Chaco” (o “La sed”, sobre el libro de Roa Bastos “Hijo de Hombre”), premiada en España, y muchas más.

¿Quién no recuerda la película “Hombre de la esquina rosada” sobre un cuento del famosísimo Jorge Luis Borges, dirigida por René Mujica con los actores Francisco Petrone, Walter Vidarte, Susana Campos y, no podía ser de otro modo, Jacinto Herrera, paraguayo de pura cepa para más datos.

Vale la pena citar algunos de los diálogos de los protagonistas

Francisco Petrone, o Francisco Real, dice:

“—Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero…, y lo que estoy buscando es un hombre. Andan diciendo por ahí bolaceros que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero, y de malo, y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mí, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.

Rosendo (Jacinto Herrera) seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. La Lujanera (Susana Campos) lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dio con estas palabras:

–Rosendo, creo que lo estarás precisando.

A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado.

–De asco no te carneo—dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:

–Dejalo a ese, que nos hizo creer que era un hombre”.

El casanova paraguayo

Jacinto Herera, como siempre, sobresaliente en su papel de Rosendo.

Tuvo a sus pies a las más lindas mujeres del ambiente artístico de Buenos Aires: Julia Sandoval, María Concepción César, Susana Campos, por citar algunos nombres famosos. Tenía un don especial para encantar a las mujeres y vivía cambiando de amores en una alocada carrera de Casanova. Trabajó en los mejores teatros, hizo radio con Elina Colomer (astro del radioteatro con Rosa Rosen y Julia Sandoval por Radio Splendid), María Vaner, Pedro Cuarttuchi, Luis Sandrini; con los grandes monstruos de la escena. Su nombre brillaba en las marquesinas de los teatros y cines y el público lo admiraba de verdad. Ganó dinero a manos llenas, y así como lo ganaba lo repartía. Típico manirroto. Conocía a medio mundo y tenía docenas de amigos. Generoso y leal como él solo. Le conocí varios vicios: mujeriego, jugador y alcohólico. En rueda de amigos se comentaba por lo bajo que también le gustaba la cocaína. No me consta. De que era dipsómano, sí. Al respecto de dicho vicio va la siguiente anécdota, un recuerdo que vuelve una y otra vez, siempre con más fuerza y urgencia, y, desde algún momento que no sabría precisar, acompañado ya de la intención de escribir alguna vez una nota a partir de aquellas imágenes que me dejaron en la memoria el estreno de “María de la Paz”.

Alcibiades González Delvalle lo recuerda así:

Tenía otra marca que lo distinguía: la bebida y los prostíbulos. Así dicho suena desafinado. Pero Jacinto era desaforado en todo, no solo para hacer reír o conmover. Tocado por la bebida en las madrugadas bohemias repartía, si la ocasión le apretaba, dinero y trompadas con sus manos generosas y justicieras.

En los prostíbulos no había guapo que se le enfrentara ni madama que se le opusiera. No era el matón de barrio de las películas. Esencialmente era generoso, amable, solidario.

Con estas virtudes, más su entrañable amor por el teatro, se entiende que anduviera siempre escaso de dinero. Entonces, como ahora y como siempre, las muchachas a las que frecuentaba querían también suavizar sus propias penurias no solo con encendidas palabras de amor, sino asimismo con algún efectivo que les calmara el hambre y el de la madama.

Jacinto convertía en dinero su infinita simpatía para conmover a la patrona que aceptaba “vale” para el próximo estreno.

¡Qué estreno era el de la “Compañía de Comedias de Jacinto Herrera”!

Carlos Gómez

Esto sucedía allá por 1960 en el Teatro Municipal. Tiempos de oro de la escena nacional.

Otra estrella del mundo teatral del Paraguay, el recordado Carlos Gómez, afirmaba sobre Jacinto Herrera:

Cuando tuvimos que emigrar a la Argentina, a Buenos Aires, para ser precisos, a raíz de la revolución de 1947, Ernesto Báez, Emigdia Reisofer y yo, lo fuimos a ver a Jacinto Herrera, a quien ya conocíamos desde la época del Ateneo Paraguayo. Este amigo y mejor persona enseguida nos puso en contacto con su representante teatral, de apellido Mazza y nos consiguió el Teatro Apolo, en plena calle Corrientes, en donde hacíamos funciones los días lunes; día que las otras compañías descansaban. En dicho teatro hicimos varias obras, en castellano: “La familia Quintana” y “A la sombra del ingá” y otras, escritas por Ernesto Báez. Gracias al éxito obtenido pudimos realizar giras por el Gran Buenos Aires y por las principales provincias argentinas: Rosario, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Entre Ríos.

Jacinto Herrera era un hermano para mí. Fuimos amigos del alma. Trabajé con él en la película “Hijo de Hombre” al lado, nada menos, de Olga Zubarry —de quien me hice amigo—, Francisco Rabal, y el argentino, muy buen actor, Carlos Estrada. Conseguí un importante papel, de actor secundario, claro, gracias a Jacinto.

María de la Paz

Asunción Flores, Roa Bastos, Óscar Esteban Clérici, Jacinto Herrera, Óscar Mendoza, quien estrenó “Guyraú”, de Carlos Abente y Flores, y yo (cuenta Gilberto Rivarola), viajamos a Rosario, Argentina, para el estreno de “María de la Paz”. El libreto, escrito por Augusto, estaba a cargo de nuestro querido y admirado primer actor. Allá fuimos con todo nuestro bagaje y sueños a estrenar, nada más y nada menos, la obra cumbre del maestro. Estábamos eufóricos, ansiosos, seguros de salir ganadores en el lance. La colectividad paraguaya (la encargada de la organización) nos preparó un recibimiento con bombos y platillos, y nos alojamos en un céntrico hotel. Casi enseguida, una vez que nos hubimos bañado y tomado unos mates, fuimos rumbo al teatro. La sociedad rosarina se hallaba expectante por el acontecimiento que iban a brindar los paraguayos. Los nombres del maestro Flores, de Jacinto Herrera, y el de Roa Bastos, que ya empezaba a descollar, imantaba el interés del público.

Flores daba las últimas indicaciones a los músicos en el escenario del teatro El Círculo. Estaban en pleno ensayo general. En primera fila nos encontrábamos Roa Bastos, Jacinto, Óscar Clérici y yo. En un momento dado Jacinto Herrera se fue al baño, y el maestro aprovechó para acercarse a nosotros. Misterioso, mirando a todos lados, murmuró casi en nuestros oídos: “No le pierdan pisada a Jacinto. En la primera de cambio se escapa y va a emborracharse”. Y agregó, en tono enérgico, dirigiéndose a Clérici y a mí: “Les hago responsable de la sobriedad de Jacinto”. Y subió de nuevo al escenario para seguir ensayando. En eso llegó Herrera, y a partir de allí nos convertimos en sus cancerberos. Los acordes de “María de la Paz” nos arrulló con su magia y dramatismo y caímos en una especie de éxtasis, de ensueño, olvidándonos por completo de las directivas de Flores. Al despertar del encantamiento, Jacinto Herrera había desaparecido. Roa Bastos todavía se hallaba bajo los efectos de los acordes musicales. Y Faltaba menos de una hora para que empezara la función. Cundió el pánico entre nosotros. Cuando caímos en cuenta de lo que sucedía salimos como almas que lleva el diablo a buscarlo.

En un bar de los alrededores encontramos a Jacinto completamente borracho, en estado calamitoso. Entre Augusto, Clérici y yo lo llevamos, casi en andas, hasta el hotel donde nos alojábamos. Pensando en la ira del maestro Flores en contra de nosotros por no atender a su atinada recomendación, desvestimos con rapidez a Jacinto y lo metimos a los empujones bajo la ducha de agua fría. Mientras Óscar Clérici y yo supervisábamos lo del baño, Roa pidió un tazón de café, caliente y fuerte, y se lo dimos a tomar. Los golpes de agua fría de la ducha y el café a la turca, por lo espeso y negrísimo, despertó a Jacinto y lo trajo a la realidad. Nosotros, en cambio, temblábamos todavía porque faltaba menos de una hora para que empezara el concierto y nuestro primer actor aún se encontraba bajo los efectos del alcohol. El libreto que tenía que leer era de suma importancia y pivote principal de la obra “María de la Paz”. Rezamos y hasta le hicimos hacer una serie de ejercicios para que se despertara totalmente.

Llegamos al teatro, y Flores, al vernos ocupar nuestros asientos en primera fila y semblantear a Jacinto, a pesar de hallarse a cierta distancia, se tranquilizó. “Tranquilos, muchachos, todo va a salir bien. Dejen por mi cuenta el espectáculo. Mi trabajo consiste, precisamente, salirle al toro”, nos dijo Jacinto con su maravillosa voz grave, más rota ahora por los tragos ingeridos. Clérici, Roa y yo sentimos un ligero temblor y nos encomendamos a todos los santos.

Jacinto Herrera subió al escenario firme y seguro, aunque nos pareció verlo tambalear ligeramente; y cuando sacó de sus bolsillos los papeles que debía leer ante el atril, sus manos denotaron cierto imperceptible temblor y el libreto estuvo a punto de volar por los aires. Flores lo miró aterrado. Sentí que un sudor helado me corría por el espinazo. Óscar Clérici me codeó con disimulo mirándome con ojos desorbitados. Roa Bastos se hundió en su asiento preparándose para una catástrofe. Los tres contuvimos el aliento casi al unísono, como si de esa manera evitaríamos el desastre y le devolveríamos la sobriedad a nuestro actor estrella. Este, en cambio, nos dedicó una sonrisa y empezó a leer con su voz inconfundible, bella y única, las palabras escritas por Roa Bastos; y a cada estrofa, dibujada, clara, perfecta, iba cautivando al numerosísimo público que colmaba el teatro. Luego el maestro, levantó la batuta (en su cara se marcó una hermosa risa) y sonaron los primeros acordes de “María de la Paz”, su obra cumbre…

armandoralmadaroche@yahoo.com.ar

(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)

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