13 de Noviembre de 2016

 

La aurora roja de la esperanza blanca

Por Alfredo Grieco y Bavío (*)

Las elecciones generales han puesto fin el martes a ocho años de administración demócrata en Washington y a las ambiciones de Hillary Clinton, ex primera dama, exsenadora por Nueva York, ex secretaria de Estado, de llegar a la presidencia. Donald Trump (70), magnate inmobiliario con una fortuna de 4.500 millones de dólares, es el nuevo presidente de Estados Unidos. Desde Washington DC, en exclusiva para el Suplemento Cultural de ABC Color, el periodista y escritor argentino Alfredo Grieco nos hace la crónica de una época convulsa.

Con limpias y nítidas mayorías (276 electores contra 218, 51 senadores contra 47, 236 diputados contra 191), el Partido Republicano ganó este martes la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso. Donald Trump hizo campaña justificando el cansancio de sus votantes del establishment y el statu quo, y su decepción por la pérdida de empleos industriales y la corrupción de Washington. De su completa inexperiencia política hizo premisa mayor de su credibilidad; de su éxito en los negocios, prueba de su capacidad; y de la demasiado larga experiencia de Hillary en el Ejecutivo y en el Legislativo, indicio seguro de que Estados Unidos tampoco esta vez tendría una primera mujer presidente. En sus tres debates como candidatos, ante cada rosada propuesta de Hillary, él preguntaba, inexorable: «Qué bueno, pero ¿por qué no lo hicieron antes?»

EL PRESIDENTE NÚMERO 45

Trump es el inquilino número 45 de la Casa Blanca. Los 44 anteriores se han sucedido sin interrupción desde aquel general que venció a la imperial Inglaterra y que hoy está en cada billete de un dólar, George Washington, electo primer presidente de las ex colonias en 1789. El 20 de enero, John Roberts, presidente de la Corte Suprema, católico conservador, le tomará juramento en la escalinata del Capitolio en Washington, y la investidura presidencial como sucesor de Barack Obama será suya. Un universo cambia por otro. El primer presidente negro de la historia (y el primero con título universitario máximo en un siglo), dejará el poder a un empresario billonario que sin embargo no representa a la aborrecida élite del 1% sino que se vendió como esperanza blanca de una mayoría silenciosa y apolítica a la que el Estado, hasta ahora, solo llegaba para perturbar.

EL VOTO OCULTO DIO SEÑALES DE EXISTENCIA

Un fenómeno que los encuestadores y los sociólogos llaman «mito» ha insinuado, al menos, ciertos perfiles de realidad: se trata del «voto oculto», el de quienes prefieren no revelar su intención electoral porque creen que a ella, o, peor, a ellos mismos, se les niega legitimidad desde los medios o los sectores «cultos» de la sociedad. ¿Por qué revelarían su decisión de voto quienes en Gran Bretaña dijeron que sí al Brexit o los que en Colombia dijeron que no a la paz digitada por el presidente Juan Manuel Santos? Con la prensa gráfica y las cadenas televisivas en cruzada contra Trump, era difícil que un votante pobre dijera ante las cámaras que prefería al candidato republicano que esas cadenas (aunque no la Fox ni algunos tabloides) consideran un monstruo de maldad, pero, acaso, sobre todo de mal gusto.

LA FAMILIA INGALLS AL PODER

Gobernador del estado cowboy de Indiana (en el Medio Oeste), radioevangelista militante, homofóbico fanático, antiguo ahijado político y favorito de Ronald Reagan, Mike Pence, el próximo vicepresidente, padre de familia bien hablado, diplomático y de modales suaves, será el lazo de Trump con el Congreso, en cuyas dos cámaras, de todos modos, su partido tiene mayoría. Su incorporación como compañero de fórmula presidencial fue crucial para retener en las filas republicanas el voto evangélico.

Junto al histriónico Trump, Pence puede repetir «Dicen que soy aburrido» y capitalizar esa mortal moderación para los republicanos. Antes de que Trump lo hiciera el martes en el búnker de campaña, tras conocer el avasallador triunfo electoral, habló Pence, vestido con la modestia y corrección de un pastor que va a predicar sin endomingarse. Con él estaban su esposa, su hija, su hijo y la novia de su hijo, vestidos como la Familia Ingalls pero con menos estridencia –después de todo, esa era una serie del diabólico Hollywood–. Estampa de la felicidad doméstica que Trump prometió restaurar en tantos hogares norteamericanos disminuidos en su estilo de vida por la globalización económica, al hacerlos posar Trump regalaba a los votantes la visión de estas personas convertidas en objeto de culto social. «There is no Way like the American Way», era el eslogan que parecían repetir con su dignidad impostada.

Durante la campaña, Pence compensó con malabarismos dialécticos el humor de programa trash que Trump había ejercitado, en la década de 1980, en realities y talk-shows que imprimieron un giro sin retorno a la televisión en Estados Unidos, pero también en el mundo. Morigeró o relativizó los, según él, meros exabruptos del humor caracoleante de Trump contra los latinos, las mujeres, los discapacitados, los periodistas, los planes sociales, la corrección política, los judíos, los árabes, los mendigos o los cornudos.

QUÉ LÁSTIMA, PERO ADIÓS

Cuando el martes de la elección ya era inevitable la victoria republicana, y parecía inequívoco que Donald Trump había ganado la Casa Blanca, su rival Hillary Clinton anunció sin embargo desde el búnker de su partido que se retiraba a descansar. La noche iba a ser larga, dijo, y había muchos votos que se seguían contando.

El recuento, en efecto, seguía sumando votos: solo que en un único sentido. La ventaja de Trump no hacía sino crecer más y más.

La candidata demócrata cambió entonces de idea. Llamó a última hora por teléfono a Trump para felicitarlo como presidente electo, y para felicitar a todos los norteamericanos.

Donald Trump había esperado esta llamada de su exrival para salir a pronunciar su primer discurso como presidente electo. Su «Acceptance Speech», como se llama en Estados Unidos a esta pieza oratoria, duró tres minutos. En primer lugar, hizo el elogio de Hillary, de su gran experiencia política, y de su determinación, que la llevó hasta el fin en la campaña electoral más atípica y más reñida de la historia americana reciente. Fue una lograda evocación de un famoso discurso de Abraham Lincoln, fundador del Partido Republicano –y el que abolió la esclavitud negra y ganó la Guerra de Secesión (1860-1865) cuando el Sur esclavista se había separado–, que pedía unidad nacional para avanzar al futuro de grandeza que fue su eslogan de campaña.

Hillary Clinton se comportó exactamente como ella había anunciado que iba a comportarse Donald Trump cuando ella fuera elegida como la primera mujer presidenta en la historia norteamericana.

El martes de la elección vaciló antes de reconocer el resultado de las urnas, que también habían hecho ganar a los republicanos la mayoría en el Congreso. Desafió, rebelde hasta último momento, los números que llegaban exactos desde los 50 Estados. Y el miércoles tardó antes de reconocer en público, ante un cónclave de partidarios, que Trump había ganado y que ella era historia. Elogió la energía y la mente abierta de su exrival que ahora era el presidente electo. Anunció que focalizará sus actividades en las sociedades y fundaciones filantrópicas que coordina con su marido, el expresidente Bill Clinton.

En el discurso, que fue largo, que interrumpió con lágrimas, dijo que lamentaba no haber ganado las elecciones. Sabía que era el último discurso suyo que todos los norteamericanos y casi todo el mundo escucharía. No dejó de decir que ella defendía los principios de democracia constitucional e imperio de la ley, y que le recomendaba no olvidarlos a quien la había vencido, constitucional, legalmente, en las elecciones presidenciales.

El fin de la carrera de Hillary parecía confirmar lo que había dicho de ella durante toda la campaña quien se quedó con la presidencia. Fue primera dama, fue senadora por Nueva York, fue secretaria de Estado, y tuvo a su cargo las relaciones exteriores del país más poderoso del planeta. Si es cierto que puede citar muchos sinsabores, también lo es que puede mencionar pocos logros.

En la despedida, reaparecía un rasgo mayor de la campaña. Más acá de injuriar al nuevo American Psycho, al nuevo Ku Klux Trump, Hillary no tenía mensaje propio. Lo único que había tenido para vender era a ella misma. Y los norteamericanos no la habían comprado.

* Desde Washington DC, especial para ABC Color

 
 

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