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27 de Noviembre de 2011

 

La otra máquina del tiempo

Por Emilia Piris Galeano

El lector, monarca impredecible, dejó dormir más de un siglo a la novela "El Anacronópete", que vio la luz en 1887. Una asociación de lectores de ciencia ficción la despertó.

La otra máquina del tiempo_333506

La otra máquina del tiempo_333506 / ABC Color

Y este año, la narración del español Gaspar y Rimbau ingresó a nuestra esfera por la puerta grande: la Exposición de las Joyas de la Historia de la Ciencia Ficción realizada por la British Library, en Londres, donde su autor deslumbró entre otros precursores. Esta novedad nos coloca ante una máquina del tiempo ocho años adelantada a nuestra antigua conocida, la máquina que llevó al Viajero del Tiempo al año 802.701, del inglés H. G. Wells. Aquí, algunos aspectos curiosos de las obras, que conocieron rumbos tan opuestos como el destino de sus autores.A la memoria de Helio Vera, que no hubiera dejado pasar por alto este acontecimiento literario.

Lo que ayer era certeza hoy ha variado. Creíamos que el inventor de la máquina capaz de recorrer las rutas imposibles del tiempo, imaginaria y literariamente hablando, era el venerado escritor Herbert George Wells. Pero, sorpresa, este año leíamos en la versión digital de El País, de Madrid (17 de abril del 2011), la confirmación de los expertos hispanistas en ciencia ficción Yolanda Molina-Gavilán y Andrea Bell de que, efectivamente, El Anacronópete, de Enrique Gaspar y Rimbau, publicada en 1887 en Barcelona, fue la primera obra literaria en presentar un aparato dotado de mecanismos para travesías en el tiempo. Una sociedad española de lectores se encargó de conservarla y tratar de difundirla la  hasta el presente.   
Perdido en los pliegues del tiempo

El Anacronópete (de tres términos griegos, aná: ‘atrás’; cronos:’tiempo’; petes: ‘el que vuela’, "El que vuela atrás en el tiempo") pasó poco menos que inadvertido en su época, no trascendió y cayó en el olvido. Esta podría ser la síntesis de la vida de este libro, que, conforme a las conclusiones de los especialistas encargados de las investigaciones correspondientes, resulta ser la primera obra literaria que describe un artefacto capaz de realizar viajes a través de años y siglos, como si de un transporte de carretera cualquiera se tratara. Así pues, se adelantó a H. G. Wells —el inglés que en 1895 publicó la celebrada novela La máquina del tiempo—, que hasta el presente era considerado el creador literario del portentoso vehículo.   

De acuerdo a informaciones del diario madrileño arriba mencionado y el sitio mexico.cnn.com, un ejemplar de 1887 de la novela de Gaspar y Rimbau se ha constituido en una de las mayores atracciones de la muestra dedicada por la Biblioteca Británica a los precursores literarios, que tuvo lugar del 20 de mayo al 25 de setiembre de 2011, y en la cual se reconoció la originalidad de la obra del español, alcanzando este, después de 124 años, su lugar en el podio de los triunfadores.   

El encuentro con la obra

Leída la información, la curiosidad corroyó mi espíritu al máximo nivel. Sabiendo que en el 2000 El Anacronópete fue publicado como curiosidad bibliográfica y nuevamente en el 2005, movilicé cuanto podía en la búsqueda de tan preciado material. El resultado de la comisión dio cero ejemplares en Asunción. Entonces, con la ayuda de mi amigo Gustavo Padován, tomé mi lugar de visitante virtual de la Biblioteca de la Universidad de Alicante, donde tuve acceso a un ejemplar de 1887, N.º de copia 500202795 (número este completado de puño y letra por el asistente, supongo, de la biblioteca). Solo el aroma de papel antiguo me faltó para que se completara el rito de una lectura al estilo todavía no superado del siglo XX.   

Ubicada en este puesto, se dio una situación muy extraña (por la que pasarán todos los que han hecho de La máquina del tiempo una novela de culto): comencé la lectura de El Anacronópete a la luz —o mejor, a la sombra— de la historia de Wells. Me excusa el hecho de que todo lector llega a cada libro con el bagaje cargado de sus experiencias, entre ellas sus lecturas, e influido por las obras a las que ha aceptado como predilectas.   

Se comprenderá, entonces, que las primeras páginas fueron de una exploración con las antenas tensas por el escepticismo. La comparación era inevitable.   

¿Qué impide comparar?  

Nada imposibilita la comparación y, como formó parte del proceso del conocimiento que tomé de la novela rescatada, consigno a continuación lo que encontré durante una práctica, si no útil, interesante y entretenida, tanto por lo opuestos de los enfoques de las obras como por la suerte llamativamente dispar de sus autores.   

Al diplomático y comediante Enrique Gaspar y Rimbau —nacido en Madrid, en 1842— el éxito le fue esquivo. Nunca, sin embargo, le abandonó su pasión por las letras; en tanto viajaba por Europa y Asia (cónsul en Macao y Hong Kong), en cumplimiento de su labor diplomática, siguió escribiendo hasta el fin de sus días. Constantemente se encontraba enfrentando a los críticos que se mostraban indiferentes o mezquinos con sus comedias, zarzuelas y narraciones. Falleció en Olorón, España, a los 60 años (1902).   

La novela El Anacronópete nunca fue traducida a otros idiomas ni conoció de reediciones hasta el 2000 y luego en el 2005.   

La nave del libro de Gaspar y Rimbau es colosal, una especie de Arca de Noé, según lo describe el narrador; aunque no consigna medidas, debía de tratarse de un vehículo gigante, ya que, a más de los instrumentos propios para una navegación sin percances, como el artefacto que contenía el "fluido García" —que impedía que el tiempo surtiera efecto en los pasajeros—, podían caber en ella más de tres decenas de personas, además de vituallas, elementos de limpieza (escobas, etc.) y las reliquias antiguas que los conductores habían querido llevarse consigo. Destino: calculadamente, el pasado; velocidad: 175.200 veces más de lo que el globo tarda en completar un día; podía desandar 480 años en el pasado por cada día. Punto de partida: París, explanada de la Exposición Universal de 1878, cuando fue elevándose lentamente, como si de un aeroplano (que aún no existía) se tratase, ante dos millones de espectadores. Su inventor, don Sindulfo García, zaragozano, doctor en Ciencias y hombre de fortuna, frisaba los 50 años. Objetivo: Inventó la máquina no por amor a la ciencia, sino por un interés personal: lograr que su sobrina, treinta años menor y bajo su tutela, lo aceptara como esposo. Buscaba una época, en el pasado, en la que "el tutor tenía derecho de imponerse a su pupila" y allí aterrizaría. Benjamín, su asistente, un joven estudioso de lenguas antiguas y difíciles, tenía también un interés mezquino: el deseo de viajar al siglo III en la China, donde creía que hallaría la fórmula de la vida eterna.
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