12 de Junio de 2010

 

Las alas de una alondra madrugando

Por Delfina Acosta

Las alas de una alondra madrugando_104010

Las alas de una alondra madrugando_104010 / ABC Color

La colección poesía Hiperión ha publicado un libro premiado del joven poeta (nació en 1985) David Rey Fernández. En el año 2009, ganó el XII Premio de Poesía de Compostela "Antonio Carvajal".   

Sus poemas me recuerdan a los versos de Walt Whitman porque recorren praderas, huellas de una mujer en la playa, cielos infinitos, ramas aladas de los bosques, y no se desgastan. Antes bien, ofrecen al lector arranques de furia y de creatividad temblando como un rocío, para caer por fin sobre la rosa.   

Con tan joven edad, me sorprende gratamente la madurez que el autor despliega en las páginas del libro.   

Sus citas a Francisco de Quevedo muestran su predilección por el escritor español que entendió los laberintos de la vida mundana.   

Hay un dulzura blanda, se diría, en su lenguaje. Y un tono ligeramente nerudiano en sus expresiones.   

Pero aquel despliegue de la naturaleza, en todas sus metáforas y en toda la fundamentación de su poesía es cosa, empeño o rebusque que yo vuelvo a apreciar después de la aparición de Hojas de hierba, del escritor y poeta norteamericano Whalt Whitman.   

David Rey inserta permanentemente su "yo" en los poemas.   

Y ese "yo" altísimo tiene la grandilocuencia de los autores ya consagrados y afirmados como favoritos dentro de la crítica de todos los tiempos.   

Por eso llama tanto la tención, que un joven de 22 años, desembarque en la poesía con la madurez expresiva muy bien señalada por los miembros del jurado o certamen poético.   

Él, su amada, y la naturaleza que presta batalla a través de sus sentidos para alumbrar nuevos y mejores caminos para la humanidad, ensanchan este libro hasta llevarlo a un nivel magistral.   

El poeta no se rinde opacamente ante la vida como muchos otros.   

Él dice: "Yo por mi parte/ me sentaré ante el mar hasta que venga el viento; / extenderé las pocas banderas que me queden, buscaré en las estrellas alimento."   

En fin, todo el poder de la palabra está por el momento de parte de David Rey Fernández.   

De su insistencia en la búsqueda de la perfección y de su voluntad y del crecimiento de su sentido autocrítico, dependen que su obra siga creciendo.   

Aprendamos de quienes triunfaron: No conviene creer que hay un tiempo para el Arte y otro tiempo para el retiro, entre las sábanas de invierno.   

Se escribe hasta morir.   

IV

Aquí está la alegría    y en sus manos se tienden los leones.   

Alegría   
hacia tu vientre me inclino   
y del verdín de tu pubis cae rocío.   

Alegría,   
ya no quedan motores rotos herrumbrando los caminos   
y en mis ojos hay puerta que no quieren cerrarse   
- por sus arcos pasa la vida con los cabellos sueltos,   
parten trenes cargados   
 para limpiarse al alba -.   

Alegría,   
eres como una muchacha con las piernas abiertas   
y en tus muslos las hiedras se hacen ríos.   

Alegría.   

he buscado tus ramas: aquí está la madera dilatada,   
al parto de tus flores voy desnudo   
y de mis dientes caen palomas   
que propagan tu nombre por la Tierra:   
eco dulce de plumas en el barro,   
hoy la vida aletea como un pecho.   

DAVID REY FERNÁNDEZ   

El autor agradece cualquier comentario sobre su obra:   
r.f.david@hotmail.es

Tú del sur

Tú, del sur,   
de esa tierra   
que huyendo de los trópicos se sumerge en el río;   
de allá donde se borran las fronteras del alba,   
de allá donde florece la arena en la simiente,   
de allá trajiste, niña, tus ojos de agua y malva.   

En las manos de espuma del viento sur crispado   
tú viniste, pequeña;   
aún están tus cabellos aromados de espigas   
y de campos tranquilos,   
y hay un verde remoto de movidos maizales   
en tus ojos, sureña.   

Del norte va mi voz   
en brújula de sueños   
buscando abierta y dulce la rosa de los vientos   
para saber del sur,   
y saber que en él vibra   
la canción de un arroyo   
de palabras inmensas   
que le roba a tus ojos   
la guaca transparencia   
para teñir el mar.   

Del norte va mi voz   
hacia las noches claras   
que tiemblan en las aguas del Ñeembucú dormido.   

Del sur viene tu nombre   
aún mojado de estrellas,   
hecho luz en la calma rumorosa del río.
   
(José-Luis Appleyard)
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