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19 de Agosto de 2018

| La guerra de los guaraníes (L)

Los portugueses solo querían esclavos

Por Jesús Ruiz Nestosa

A fin de superar las divergencias en cuanto a los límites de los dominios de ultramar, como parte de la política de la corona española de reforzar las relaciones amistosas con la corona portuguesa, se firmó en 1750 un Tratado de Límites que tuvo, sin embargo, consecuencias diferentes de las previstas en esta parte del mundo.

Si bien al comienzo los indígenas se mostraron conformes con abandonar sus pueblos y buscar nuevas tierras donde asentarse, las dificultades no tardaron en aparecer. En algunos pueblos comenzaron los preparativos y se dieron los primeros pasos en la mudanza pero el inicio de una época de lluvias torrenciales dificultó el viaje. A causa de ellas, un grupo tardó más de dos semanas en hacer siete leguas, y las tierras que se le prometían distaban entre ciento cincuenta y doscientas leguas de su lugar de origen. Esto se vio agravado con la muerte de varios niños e incluso adultos. Debido a esto y a otros motivos emocionales, los habitantes del pueblo de San Nicolás decidieron no abandonarlo a pesar de la insistencia de los padres misioneros. Las discusiones se volvieron tumultuosas y un regidor del pueblo, por defender los ruegos de los sacerdotes, estuvo a punto de perder la vida a manos de su propio hijo, que le disparó una flecha que, por suerte, no dio en el blanco.

No solo se mostraban muy firmes en su decisión de no salir de su pueblo de San Nicolás, sino que se burlaban de sus vecinos, los del pueblo de San Luis, atareados en prepararse para la mudanza; «y de que esto se cansasen, y se reían mucho más de ellos cuando vieron que efectivamente se empezaban a mudar, sacando del pueblo sus muebles para darles todo lo demás a los portugueses, y eso a título de no querer quedarse con ellos, como si no hubiera medio entre los dos extremos de quedarse con ellos o mudarse; cual lo era el de no permitir que tales portugueses entrasen en su pueblo a vivir con ellos, ni a usurparles injustamente sus tierras, y sobre esto pelear por la justicia hasta morir o vencer, como ellos pensaban hacerlo. Y que si otra cosa no podían ellos tenían por menos mal el quedarse en su pueblo y tierras con los portugueses, que no salir desterrados a donde querían transmigrarlos como a unas bestias, sin darles tiempo, medios ni para mudarse ni para vivir después de que se mudasen. Y que en conclusión, y en todo caso, vivir y morir en sus tierras, en donde tenían con que pasar la vida» (1).

«Pero se engañaban miserablemente los pobres [con] este último discurso, y en suponer que los portugueses habían de querer tenerlos consigo, una vez que se apoderasen de sus pueblos, de suerte que los indios tuviesen algún dominio, ni de la menor parte de sus tierras, ni menos de sus casas y pueblos. Ni aún acaso los querrían para servirse, como de esclavos, de ellos; siendo así que es tan conocida la pasión del portugués por tener indios esclavos que lo sirviesen. Fúndase esta sospecha en que yo sé quién escribió al Brasil a persona de nuestro carácter, que procurase que los jesuitas tomasen a su cargo los siete pueblos, en caso que eligiesen quedarse con los portugueses. Y la respuesta fue que no había lugar a la petición porque su rey fidelísimo tenía otros muy distintos designios ya premeditados, y no quería en aquellas tierras pueblos de indios; que era lo mismo según se entendió que ni quería que los indios quedasen en sus antiguos pueblos ni en sus tierras fundasen otros de nuevo. Quería acaso mudarlos a las minas caso que eligiesen, como el tratado se lo permitía, quedarse en el dominio de Portugal, o acaso de repartirlos entre los portugueses por esclavos, o qué se yo qué querrían» (2).

«Semejante al dicho fue otro alboroto del pueblo de San Miguel pocos días después cuando se trató de salir con 150 carricoches, o carretillas (más pequeñas que las se usan en España) cargadas de muebles y alhajas de la iglesia, comida para el camino, y gente con quien empezar a poblar el paraje de su futuro establecimiento, cosa de treinta leguas de Buenos Aires. Salieron en efecto acompañándolos el padre cura y otro padre misionero y al cabo de siete o ocho días de camino en que se habían andado muy pocas leguas, se halló con un billete que desde el pueblo le escribía uno de los indios; y en él le decía que el pueblo estaba todo alborotado, que los oficiales de él querían hacer dejación de sus oficios, y querían matar al corregidor, alcaldes y secretario del cabildo, que habían señalado lugar y tiempo en que juntarse a son de caja en la plaza, y que amenazaban que harían y acontecerían con cualquiera que quisiese o tratase de mudarse» (3).

«Con este aviso se volvió a toda prisa el cura al pueblo dejando el cuidado de acompañar la tropa al otro padre con que iba. Y halló que no carecía de fundamento lo que se le había escrito, antes era todo cierto; aunque en lo exterior no parecía tal alboroto, sino que todo estaba como un fuego cubierto de ceniza. Y averiguó que la causa y origen de todo aquel oculto incendio que estaba para levantarse era que una mujer había instruido muy bien a un hijo suyo para que dijese que se le había aparecido el Santo Arcángel San Miguel, titular de su pueblo, y abogado de todo él, y que le había dicho que no era su voluntad, ni la de Dios, que dejasen su iglesia, su pueblo, ni sus haciendas, y que sólo por voluntad del padre cura se hacía aquella mudanza que habían empezado y con que él sólo los había metido con la cooperación de algunos, que en esto procuraba darle gusto en grave perjuicio de los demás. Todo lo cual había ido la india contándole a varios, y ellos a otros, de suerte que se había extendido ya la fama o la fábula de la revelación hecha la niño por todo el pueblo; cuya mayor parte, como fácilmente se cree que lo que se desea, la creía, y la tenía por uno de los singulares favores que el santo patrón, en tiempo tan oportuno, le había hecho a su pueblo; porque preguntado el chicuelo, ratificaba lo que decía su madre y al paso que crecía el crédito que se le daba crecía también en el alboroto de casi todo el pueblo de suerte que para sosegarlo no se halló otro medio que el de hacer volver del camino a los carruajes que llevaban las alhajas de la iglesia, y tras de ellos se volvieron todos los demás en fuerza de la revelación hecha al indiecito, lo que aún creían con más facilidad los caminantes que los que de boca del hijo y de la madre la habían oído en el pueblo, porque les tenía más cuenta el creerle» (4).

«Y porque no bastó el ver restituidas otra vez a la iglesia sus alhajas para sosegar el tumulto, fue necesario desistir solamente por entonces del viaje y dejarlo a lo menos hasta que aquellas inquietudes se aplacasen. Y se trató de persuadir que ya que todos traban de quedarse, tratasen también todos de hacer sus sementeras; lo que hicieron aquel año, aun con más gusto que los otros, persuadidos al parecer que ya no se pensaría más en tal mudanza» (5).

Notas 

1. Legajo 120, 54, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

2. Ibid.

3. Ibid.

4. Ibid.

5. Ibid.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

 
 

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