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17 de Marzo de 2019

| Estudios Sociales

Memorias de marzo

Por Verónica Villalba Morales

Las memorias «son el presente porque tienen que ver con el sentido que le damos al pasado en función de un horizonte de futuro, con lo que proyectamos. Porque son la historia que aún debemos seguir escribiendo», nos dice la comunicadora y activista Verónica Villalba, máster en Género y Políticas Públicas, en este balance del pasado #8M.

Como cada año, la fecha que tiñe de lila al mundo llegó: el Día Internacional de la Mujer, conmemoración central del movimiento feminista a nivel internacional y nacional. El #8M (como es abreviado con el lenguaje de las redes sociales) es una de las marcas constitutivas de identidad de este movimiento social, su ritual (1) anual más importante desde hace más de 100 años para las feministas y para cada vez más personas en general alrededor del mundo.

Desde el 2017, el #8M reúne a miles de mujeres (y hombres, aunque esto es hoy parte del debate), convocadas por el movimiento feminista amplio que congrega hoy en su gran diversidad a sindicatos, organizaciones campesinas, indígenas, migrantes, trabajadoras sexuales, domésticas, intelectuales, etc., en alianza con organizaciones LTBGI (lesbianas, personas trans, travestis, gays, bisexuales, intersexuales –estas últimas solo recientemente–) a un paro o huelga internacional (además de otras múltiples acciones y actividades) que culmina en multitudinarias manifestaciones. En algunos países los participantes llegan a sobrepasar el millón; en Asunción este año fueron más de 4000, según medios de prensa.

En Paraguay, al igual que en otros países, las jóvenes feministas fueron las protagonistas con mayor visibilidad de este masivo ritual; semanas o meses antes, se organizaron para llegar al día con consignas y mensajes que posicionan sus reclamos, a través de una variedad de medios audiovisuales y digitales con múltiples expresiones artísticas. Este año, en Paraguay –donde se convocó al paro, además de la capital, en las ciudades de Concepción, Coronel Oviedo y Ciudad del Este– el reclamo central ha sido el valor del trabajo de las mujeres con el lema: «Nuestro trabajo vale/Ore rembiapo ovalé». El manifiesto del #8M (2) leído al cierre de la marcha de Asunción plasma sus demandas políticas.

El #8M es tema central de medios de comunicación y de toda la sociedad, remueve conciencias, construye memorias e inspira encendidos debates. En los últimos años ha pasado a ocupar el centro del espectro político de las organizaciones sociales en nuestro país y el mundo por la masividad de la participación y la fuerza que ha conseguido acumular el movimiento que se expresa en todo su esplendor en este día. Es imposible ya ignorarlo o ubicarlo en el margen, como hace años, cuando las feministas lográbamos reunir quizás no más de 100 personas en este día.

Este año se demostró que aquella época va quedando atrás, con la irrupción de las jóvenes (y no tan jóvenes) feministas que abarcan una diversidad ya inclasificable, que han tomado la posta desde el ímpetu, la energía y toda la fuerza de quien tiene una convicción profunda, propia y política; porque nacieron con la sabiduría de un movimiento que se construyó también con la fuerza y convicción de quienes han resistido, creado y luchado desde varios años atrás.

Según la antropóloga Rita Segato, el discurso feminista, después de años de pensar, dialogar, reflexionar, está llegando finalmente a destino al tocar un núcleo central de la pirámide que domina al mundo, porque «si el patriarcado cae, toda la sociedad se transforma. Todas las formas de adueñamiento, de rapiña, de apropiación y de desigualdad caen por tierra. El patriarcado es la base, el cimiento de la pirámide. De todas las formas de opresión y dominación» (3). Posiblemente por haber llegado hasta acá es que los sectores conservadores y fundamentalistas religiosos están reaccionando contra el movimiento y contra las feministas, en muchos casos, ya de forma agresiva y violenta, como no se había experimentado antes, o tal vez sí, solo que nuestras memorias no han llegado aún a recordarlo.

Son justamente estas memorias las que pueden contribuir a enfrentar los grandes desafíos de los feminismos en este contexto. Las memorias que están vivas, no la acumulación de datos de fechas y hechos históricos ni el reconocimiento a las que estuvieron antes como si fueran parte de un pasado inerte al que se debe rendir homenaje y pleitesía, sino las que son el presente porque tienen que ver con el sentido que le damos al pasado en función de un horizonte de futuro, con lo que proyectamos, porque son la historia que aún debemos seguir escribiendo (4). Pensarnos en base a lo que hicimos para no repetir los errores y horrores, aprender de ellos, recordar los logros, las luchas, la valentía, hacerlas parte de nuestras identidades hoy, en el diálogo intergeneracional con quienes pueden aportar la sabiduría de la experiencia.

Uno de esos desafíos, que ha sido tema de discusiones recurrentes días previos al #8M en la mayoría de los países –en cada uno con sus particularidades locales históricas– es la participación de los hombres en las manifestaciones. En las redes (Twitter, Facebook) las feministas expresaban su deseo de que no participasen de la marcha ni de la manifestación, alegando que la marcha es de las mujeres; en Asunción, las voceras que organizaban la manifestación expresaron que los hombres podían ir pero que el protagonismo es de las mujeres; y no muy lejos, en Buenos Aires, una corriente denominada Feminismo Radical (Radfem) (5) incluso propuso que tampoco participaran personas trans, travestis, trangéneros, alegando también que es una marcha de mujeres.

El argumento, con bases biológicas, sería una respuesta hasta ahora discursiva (aunque también se vienen realizando escraches desde organizaciones feministas a hombres acusados de violencia de género) a las múltiples formas de violencia de género cuyas sobrevivientes son las mujeres cis (6) y personas cuyas identidades sexuales transgreden la norma binaria sobre la diferencia sexual, violencia que se materializa en los feminicidios, travesticidios, acosos y abusos sexuales, recrudecidos y multiplicados en los últimos años, siendo hombres cis los principales victimarios de estas formas de violencia. La rabia derivada de la indignación contribuye a esta respuesta, que también fue parte de experiencias probadas y superadas por el movimiento; son conocidos los espacios culturales de organizaciones feministas que prohibieron la entrada a hombres (7).

Los discursos que desde el feminismo se basan en la biología para cuestionar el sistema de dominación desconocen el camino recorrido por años de los feminismos en este debate. Desconocen también los aportes del movimiento LGBTI, de teóricxs, activistas trans que han deconstruido entre teoría y acción (y lo siguen haciendo) este paradigma, en base al cual se ha excluido y negado derechos a la mitad de la población y a todas las personas definidas por fuera de la norma sexual biológica. Tampoco reconocen el aporte fundamental de los feminismos negros, decoloniales e indígenas, cuyas críticas del feminismo hegemónico blanco y europeo han logrado ampliar los horizontes y multiplicar los feminismos. ¿Saben que la base del argumento racista es la biología?

Tal vez se necesite aún una mejor compresión –y posiblemente más entre las nuevas generaciones de feministas– de lo que se ha debatido y construido sobre la propuesta de transformación del sistema patriarcal como matriz de dominación que no está unida a los cuerpos biológicos. Es decir, los hombres no se convierten en victimarios por ser hombres desde una definición biológica, sino que es esta compleja matriz, y el lugar de privilegio que ocupan en ella, lo que los configura como los principales victimarios. Segato afirma que es una falla del pensamiento feminista creer que la violencia de género es un problema de los hombres y las mujeres, y lo plantea como un síntoma de la historia y las vicisitudes por las que pasa la sociedad, específicamente relacionado con la precariedad de la vida en el sistema capitalista: «la vida se ha vuelto inmensamente precaria, y el hombre, que, por su mandato de masculinidad, tiene la obligación de ser fuerte, de ser el potente, no puede más y tiene muchas dificultades para poder serlo» (8); desmontar el mandato de masculinidad es para ella la única forma de cambiar la historia.

Desafíos, pero también preguntas quedan después de este #8M. La irrupción (fuera del programa establecido) en el acto de la Plaza de la Democracia en Asunción de un grupo de mujeres indígenas de la comunidad Tacuara’i –comunidad que acampa en la Plaza de Armas, frente al Congreso Nacional, desde hace ya varios meses– reclamando visibilidad para ellas y su realidad, dejó pendientes cuestionamientos históricos para el movimiento feminista latinoamericano y local.

¿Cómo harán los feminismos para incluir las múltiples diversidades que hoy se identifican y son parte de la fuerza del movimiento para crear con y entre ellas políticas (y prácticas) transformadoras y emancipatorias? ¿Cómo superar las dificultades que existen para procesar las diferencias cuando confrontarlas implica conflictos, que por lo general se resuelven ignorándolas o excluyéndolas? ¿Con que otras formas trascender las prácticas de las organizaciones sociales y políticas más conservadoras que incluyen sus diferencias desde la doble moral permitiéndoles confluir en propuestas políticas más fuertes –que seguirán manteniendo el sistema de poder con la misma matriz racista, clasista y heteronormativa– que empobrecen cada día al Paraguay?

Los feminismos han construido el movimiento enfrentándose a sus diferencias; sus memorias las llevan inscriptas, han pensado y criticado sus prácticas políticas, creado otras, cuestionado esa matriz que domina nuestras vidas. No seguir subsumiendo las diferencias en las bases biológicas del «ser mujer», tomando además distancia del slogan romántico y superficial que propone una sororidad vacía de complejidad, de historicidad, para seguir construyendo memorias feministas e inventando así políticas transformadoras, puede ser un camino.

Notas

(1) Elizabeth Jelin: «Fechas en la memoria social. Las conmemoraciones en perspectiva comparada», Íconos. Revista de Ciencias Sociales, n°18, Flacso-Ecuador, enero 2004, pp.141-151. En: file:///C:/Users/User/Downloads/Dialnet-FechasEnLaMemoriaSocial-4823161.pdf (2) Instagram y Twitter: @paromujerespy / e-mail: paromujeresparaguay@gmail.com (3) Julieta Greco: «La antropóloga que incomoda. Rita Segato en la UNSAM», Revista Anfibia. En: https://revistaanfibia.com/cronica/la-antropologa-que-incomoda/ (4) Elizabeth Jelin, Ibídem.

(5) Manifiesto FRIA: Respuesta a las difamaciones al Feminismo Radical o Rad-fem, en: https://friargentina.wordpress.com/2018/02/26/manifiesto-fria-difamaciones-feminismo-radical-radfem/ (6) «El prefijo “cis”, también proveniente del latín, significa “del lado de”. Si usted es una persona cuya identidad de género está alineada con el sexo que le asignaron al nacer, usted es una persona “cisgénero”. El término se empezó a usar en círculos académicos estadounidenses en la década de los noventa y en los últimos años se ha extendido pues tiene la ventaja de despatologizar la diferencia». Juliana Martínez: ¿Cis qué? En: https://sentiido.com/cis-que/ (7) En Asunción, La Serafina, espacio cultural feminista creado hace 15 años por Aireana, grupo por los derechos de las lesbianas, prohibió en sus inicios la entrada a hombres luego del acoso que ejercían hacia las lesbianas que acudían; hoy es un espacio abierto a todas las personas en su diversidad; en otros países también existen experiencias en una corriente que se denominaba «feminismo separatista».

(8) Rita Segato: «Una falla del pensamiento feminista es creer que la violencia de género es un problema de hombres y de mujeres», El Ciudadano, setiembre 2017. En: https://www.elciudadano.cl/entrevistas/rita-segato-una-falla-del-pensamiento-feminista-es-creer-que-la-violencia-de-genero-es-un-problema-de-hombres-y-mujeres/09/02/#ixzz5hyw4VV7V

verovillalbamorales@gmail.com

 
 

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