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12 de Noviembre de 2006

 

Mestizaje e identidad en el Paraguay

Una de las características centrales de la identidad del Paraguay es sin lugar a dudas el mestizaje. Ningún historiador, sociólogo, antropólogo o ensayista deja de reconocer este toque de distinción. Un mestizaje, también, en el amplio sentido de la palabra, no solo racial, sino lingüístico, cultural y social.

El mestizaje es una realidad de doble filo, porque a primera vista nos presenta una situación de intercambio en igualdad de condiciones, hasta de reciprocidad. Sin embargo, no fue esto lo que ocurrió en la historia colonial de la región paraguaya.

No hace falta insistir en que los famosos “mancebos de la tierra” no fueron el fruto de relaciones de reciprocidad y amor, sino fundamentalmente de una relación sexual forzada. La mujer indígena no sólo fue explotada sexualmente sino también económicamente. Mestizaje racial y económico violento.

Si bien es cierto que Paraguay es la única región que adopta la lengua de los dominados para la comunicación coloquial, esto no se hizo sino después de “dominar/reducir” a la misma lengua. Al punto que hoy nos referimos “al guaraní”, y no a la lengua de los carios, o de los guairenses, o de los paranaenses, o de cualquier otro de los pueblos guaraníes que existían a la llegada de los europeos. Todo se agrupó en una sola lengua, “el guaraní”.

Por otro lado, si bien muchos se vanaglorian de este mestizaje encontrando en él una predestinación cósmica, es importante no olvidarse de que ninguno de los mestizos querían reconocerse como tales sino como “españoles” y después de 1811 como “paraguayos”. De hecho, la categoría de mestizo no aparecía en los censos que se desarrollaron en la región del Paraguay con la excepción del que se realizó en 1799, en donde figuraba que el 1,2% de la población era mestizo.

En otras palabras, para los antiguos habitantes de estos territorios no era ningún mérito ni beneficio el ser tomado por mestizo. Todo lo contrario, tanto los propios mestizos, como los indígenas y como los negros, en cuanto tenían la oportunidad pasaban a engrosar la categoría de español.

Veamos algunos casos, pero previamente recordemos que los últimos españoles llegaron al Paraguay a fines del 1500. Es decir que para el siglo XVIII ya era casi imposible encontrar un español racialmente puro; en menor o mayor medida, todos tenían sangre indígena en sus venas (y en muchos casos, negra también). En 1761, el obispo Manuel Antonio de la Torre confeccionó un censo de la provincia. Lo mismo hizo el gobernador Melo de Portugal en 1782. En estos veinte años podemos comprobar los cambios que se dieron a nivel poblacional en la Provincia del Paraguay. Para comprender mejor estos cambios, hay que recordar que los jesuitas fueron expulsados del territorio español en 1767. Veamos los datos en la imagen del final.

Como podemos apreciar claramente, la población total creció un 14,8 % mientras que la población no indígena lo hizo en un 111%. Parecería temerario afirmar que la población de las misiones jesuíticas pasó a incorporarse automáticamente a los centros no indígenas siendo considerados no como indígenas sino como mestizos, ergo con el estatus de español, pero los datos no nos dejan con muchas otras alternativas. Sea como fuere, el número de los considerados españoles aumentó, el de indígenas disminuyó y la categoría de mestizo seguía sin existir en los censos.

Además, no deja de ser significativo el bando proclamado por Melo de Portugal el 5 de octubre de 1779, en el que ordena que se recojan a todos los indios misioneros y que los remitan a sus establecimientos sin permitir que persona alguna los abriguen en sus casas y estancias a menos que estén casados con esclavos (Archivo Nacional de Asunción, Sección Historia, 436-1, foja 48) No es nuestra intención analizar las razones por las cuales los guaraníes dejaron las misiones jesuíticas, pero el abuso con el que fueron tratados después de la expulsión de los jesuitas puede ser sindicada como la más importante.

A partir de estos datos censales queda más claro que el Paraguay, después de la expulsión de los jesuitas, experimentó, más que un proceso de mestizaje, un proceso de indigenización. Pero una vez más, nadie se reconocía como tal, sino con el estatus de “español”.

Lo mismo se dio con la población afrodescendiente. Ellos también sentían la discriminación por no ser “españoles” y hacían lo que estuviese a su alcance para dejar de ser mulatos (para una sociedad racialmente mestiza y aún indígena, no le era tan difícil a un mulato pasar desapercibido).

Ante una diferencia racial no tan notoria, el vestirse a la manera de español podría ser uno de los atajos para pasar a serlo. De hecho, los miembros del Cabildo de Asunción se percataron de esta artimaña. Después de poner el grito al cielo porque los negros, negras, mulatos y mulatas visten sedas y en sus vestuarios galones de plata y oro y los mulatos usan espuelas y cabezadas de plata y que por esta causa no hay excepción de los españoles y señores en los actos públicos, acordaron el 3 de marzo de 1757 que sólo se les permita a los dichos negros, negras, mulatos y mulatas que vistan ropa de lana de castilla decentemente sin cintas y galones de plata y oro, ni que se les permita usen espuelas ni cabezadas de plata, sobre lo cual dicho señor gobernador dijo que mandaría por bando para su observancia. (ANA, SH, 125-1, f. 273).

Una segunda estrategia era la de no utilizar la parroquia que estaba destinada a los negros y naturales, la de San Blas, sino bautizarse y casarse en las iglesias de españoles. Pero una vez más, el mismo cabildo asunceno le pide a las autoridades eclesiásticas que no permitan estas situaciones. Una tercera salida para dejar de ser considerado mulato era mudarse de la milicia de pardos a la milicia de españoles como bien queda claro en la queja siguiente del 10 de septiembre de 1796: El Capitán Comandante Mayor y demás oficiales de las cuatro compañías de pardos en la debida forma y como más permitido sea, exponen lo siguiente: y es que hallándose exhaustas de individuos dichas compañías, así por la extracción o separación de estos soldados, los que olvidando su calidad se hallan interpolados entre las milicias españolas (ANA, SH 166-6).

Lo llamativo no es sólo que lo pardos quieran dejar de serlo incorporándose a las compañías de españoles sino que estos últimos los acepten sin mayor reparo. Sin lugar a dudas, las milicias era un camino ampliamente transitado para comenzar a mudar de estatus. Como queda claramente de manifiesto en estos últimos párrafos, el mestizaje conllevó para un alto porcentaje de la población el negarse cultural e identitariamente. Tanto el indígena de las misiones como el afrodescendiente tuvieron que dejar de ser lo que eran para no ser discriminados.

Es por eso que, si en el censo mandado a hacer por Carlos Antonio López en 1846 la población parda representa sólo el 7,5% y la indígena el irrisorio porcentaje del 0,5%, esto no significa que los indígenas y los pardos hayan desaparecido, sino que hay que buscarlos en el resto de la sociedad que se considera, a en esta época, paraguaya. Un botón nos puede servir de muestra. El español Ildefonso Bermejo comentando la elección presidencial de 1857 se detiene en los representantes y señala que no vi ningún negro pero sí noté que había gran número de mulatos.

Recapitulando podemos señalar que dos cosas nos quedan claras. Por un lado, el mestizaje sin lugar a dudas forma parte de la identidad del Paraguay, pero no un mestizaje idílico entre españoles e indígenas, sino un mestizaje que se dio, a partir del siglo XVII, entre los ya mestizos con los indígenas y con los afrodescendientes. Por otro lado, es tiempo de reflexionar, a nivel de identidad también, todo lo que trajo aparejado dicho mestizaje: violencia, discriminación y negación cultural. Detrás de ese ser “español” y, a partir de 1811, “paraguayo” se esconden un sinnúmero de frustraciones, silencios y ocultamientos. Prepararnos para el bicentenario implicará replantearnos la identidad del Paraguay, y por otro comenzar a ponerle rostros, voces y anhelos a toda esa población marginada y olvidad también de nuestra historia oficial.


Ignacio Telesca

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