04 de Setiembre de 2016

 

Pokepoema

Por Montserrat Álvarez

Corría el año dieciocho de Tenmon

cuando Francisco Javier llegó al Japón.

Los marineros de la nave portuguesa

apostaban a las cartas su cerveza

para disfrutar mejor los ratos de ocio

sin pensar que podría ser negocio.

Después de que en Japón desembarcaron,

los japoneses sus naipes adoptaron.

Los nobles llevaban jugando ahí mil años

despreocupados de deudas y de daños,

aunque a los pobres les era muy ingrato

pagar por tal placer nada barato.

Muchos tenían que guisar al gato

si se endeudaban bajo el shogunato.

Apostar se convirtió en algo ilegal

al cortar con el mundo occidental.

Para seguir jugando, los lugareños

de los naipes cambiaron los diseños.

Renovaron la tapa de la caja

y cada figurita de la baraja

e inventaron así la Unsun Naruta,

cuyos dibujos son de la gran fruta:

dragones, armaduras y guerreros

que podés contemplar días enteros,

adoptados, como la mandarina,

de la loca y genial cultura china.

Cuando este mazo fue tan popular

que el rollo no paraba de jugar,

como acostumbra con toda diversión,

el gobierno decretó su prohibición.

Y el Mekuri Karuta pegó que daba miedo

desde comienzos del periodo Edo

hasta que lo prohibió una nueva ley

emitida en la era de Kansei.

Por cada nuevo mazo que se prohibía,

el pueblo otra baraja producía

y por cada sanción que se promulgaba

otro tipo de naipes circulaba.

Así burlaron las leyes represoras

los miembros de las clases jugadoras

hasta que al fin el gobierno se cansó

y sus leyes contra el juego relajó,

lo cual dejó de par en par abiertas

a las cartas Hanafuda las puertas.

Pero estas cartas no vienen numeradas

y por eso al apostar son complicadas,

pues, aunque no te impiden toda apuesta,

timbear con ellas a lo grande cuesta,

y quizá fue por este inconveniente

que el Hanafuda no pegó en la gente.

Mas, por larga que sea, toda sequía

tiene que terminar siempre algún día

en que nadie lo espera, pero llueve,

y eso pasó en el siglo diecinueve

cuando un joven artesano en Kioto

puso el juego al alcance de cualquier roto

con algo nimio que sería tremendo:

abrió una tienda que llamó «Nintendo».

Y, desde mil novecientos ochenta y nueve,

ese antiguo boliche el mundo mueve.

Comenzó haciendo cartas Hanafuda

con la técnica antigua y concienzuda

de pintar cuidadosa y manualmente

cada naipe de un modo diferente.

Mas su expansión no la inspiró una musa

sino una mafia, llamada la «Yakuza»,

emperatriz del lucro clandestino

de las apuestas y de los casinos.

Así un encantador vicio folclórico

adquirió relevancia de hecho histórico,

y, como a su modo –trágico– Hirohito,

Fusajiro Yamauchi marcó un hito,

pues si un mundo acabó con el primero,

el imperio del segundo es el mundo entero.

Aunque al clásico amante de las consolas

es mejor no romperle las pokebolas,

ya no existe frontera nacional

que limite la realidad virtual

y la pantalla también es ilimitada

al moverte en la realidad aumentada:

¡que el boliche esté en Kioto no calienta,

si tienes joystick desde los setenta

(y la distancia con Japón no es nada,

si siempre hay cerca una pokeparada)!

Todo esto comenzó, como aquí veis,

a mediados del siglo dieciséis,

y lo que otrora fue un juego de mesa,

nuestra era lo mutó en una mega-empresa.

No sabemos si eso está bien, o mal:

son las dinámicas del capital,

que envasa mandarinas como zumo

según los mecanismos del consumo

y que lleva en la manga bien guardado

el as de la demanda del mercado.

montserrat.alvarez@abc.com.py

 
 

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