05 de Noviembre de 2017

 

Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre…

Por Montserrat Álvarez

Hoy, domingo 5 de noviembre, es el Día de Guy Fawkes –de quien todos hablarán cuando el próximo mes se estrene Gunpowder, la miniserie producida por BBC One con guión del novelista irlandés Ronan Bennet, por cierto–. Cuando Alan Moore le puso al protagonista de su novela gráfica V de Vendetta la máscara de este conspirador del siglo XVII, creó un símbolo para nuestros tiempos. «Remember, remember, the Fifth of November…»

Hoy es el Día de Guy Fawkes, y dentro de unas horas, la Bonfire Night evocará el intento de volar el Parlamento inglés en 1605. Pero cuando la máscara del conspirador capturado con las manos en la pólvora apareció en el cómic V de Vendetta, Alan Moore creó un símbolo universal. Una imagen poderosa que la adaptación cinematográfica producida en el 2006 por los hermanos Wachowski y dirigida por James McTeigue difundió masivamente, que fue adoptada por Anonymous, que cruza diversas expresiones artísticas y movimientos sociales contemporáneos y que tiene en la cultura global del siglo XXI un sentido nuevo, a la vez que coherente, al modo que Moore supo ver, con su origen histórico.

Moore disfrazó a su héroe con capa, sombrero y careta de fino bigote y barba en punta que remiten al tiempo de Guy Fawkes, un personaje característico de la historia moderna, un conspirador, alguien que se enfrenta a la justicia legal para hacer justicia, según lo que cree realmente justo, sea legal o no. Los implicados en la Conspiración de la Pólvora se rebelaron contra las persecuciones de las cuales la elite protestante que gobernaba Inglaterra en ese momento hacían objeto a los católicos. De Robert Catesby fue la idea de volar el Parlamento contra un gobierno y un rey –Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia– que no reconocían el derecho de cualquiera a creer lo que desee.

Por eso es ridícula toda esa masa de gente que suele ofender a otros por sus creencias y, sin recordar –o sin entender– el espíritu del Gunpowder Plot, repite cansinamente «remember, remember…» cada año. Ningún ateo inteligente y culto –y, claro, ningún agnóstico– ofende a nadie por su fe. Eso es propio de cientificistas ignorantes y seudointelectuales de tercera fila que sin embargo, e incluso en ámbitos académicos, el sistema actual promueve porque imponer tales ideas conviene a sus propios, y siniestros, intereses. La paradoja es mayor al haber sido adoptada la máscara de Guy Fawkes por movimientos precisamente contrarios a este sistema. Pero todo esto tendría que ser en rigor materia de otro artículo. Lo será.

Encabezados por Robert Catesby, los miembros de la Conspiración de la Pólvora eran John Grant, Thomas Wintour, Robert Winter, Thomas Bates, Thomas Percy, Robert Keyes, John Wright, Christopher Wright, Ambrose Rookwood, Everard Digby, Francis Tresham y Guy Fawkes. Fawkes nació en Stonegate, Yorkshire. Su padre, para poder trabajar, había tenido que adherirse a la Iglesia anglicana, y su madre era recusante –no iba a servicios religiosos anglicanos–. Las penas para los recusantes eran multas, cárcel y ejecución –de hecho, el director del colegio de Guy pasó en la cárcel veinte años antes de renunciar al catolicismo–. En los Tercios de Flandes, donde peleó del lado español, Fawkes cambió su nombre de pila por el de Guido. Como Guido firmó las declaraciones, conservadas hasta hoy, que tuvo que suscribir antes y después de la tortura en la Torre de Londres.

Pero el plan esa noche de 1605 era hacer volar, con varios toneles de pólvora que se encontraban en un sótano de la sede de la Cámara de los Lores, a todos los que, comenzando por el rey y su real familia, aprobaban la persecución contra los católicos. Guy fue el elegido para encender la pólvora aquel 5 de noviembre. Detenido antes de lograrlo, y sentenciado con los demás conspiradores por alta traición, terminó ahorcado, y, en efigie, vuelve a morir cada año quemado en hogueras en todo el Reino Unido. Por eso el día de hoy alegres bandadas de niños corretean pidiendo, viejo juego de palabras, «a penny for the guy!» en las calles de Londres y otras ciudades. Moore eligió a este personaje impopular en su país, que, como la Armada Invencible y las historias de los Estuardo, ha alimentado por largo tiempo el anticatolicismo inglés, para, con el dibujo de David Lloyd, crear a su solitario que nada a contracorriente.

Repartidos sus despojos por el reino como escarmiento y advertencia, Guy Fawkes tenía ya madera de emblema de la resistencia al poder. Bastaba un toque de ficción –que no solo, ni siempre, engaña– para revelarla, y el toque lo dio Alan Moore. Novela gráfica escrita en los años ochenta y situada en los noventa del pasado siglo, V de Vendetta no podría ser más actual: siguen hoy como siempre las injusticias impunes, sigue el miedo dominando todo, siguen las mayorías cómplices y cobardes lavándose las manos e incapaces de actuar, sigue siendo V, con sus ojos abiertos, excepción en un mundo de miles de millones que no quieren abrir los suyos. Ver en una viñeta del cómic de Moore, retrato de una sociedad aplastada bajo el yugo del control, aparecer en las telepantallas a un enmascarado de sonrisa socarrona que comienza, amable, cortés, insidioso: 

«Good evening, London. I thought it time we have a little talk…» 

…plantea un futuro lleno de posibilidades. Permite soñar, considerar, creer, que quizás la voluntad de uno solo, la esperanza y la fuerza de un solo individuo capaz simplemente de pensar por su cuenta, todavía lo puede cambiar todo.

montserrat.alvarez@abc.com.py

 
 

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