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11 de Marzo de 2018

 

Teresa Lamas Carísimo, de la historia oral a la escrita

Por Beatriz González de Bosio

En 1921, sus familiares recopilaron algunos de los cuentos que había escrito Teresa Lamas Carísimo (Asunción, 1887-1976) y se los regalaron el día de su cumpleaños en un volumen, Tradiciones del hogar (Asunción, Talleres Nacionales de H. Kraus, 1921), el primer libro escrito por una mujer que fue publicado en Paraguay, y de cuyo aporte al conocimiento de nuestro pasado histórico habla el siguiente artículo.

Teresa Lamas Carísimo recopiló episodios de la memoria familiar y rescató pasajes, así, de la historia paraguaya que de otro modo quizás se hubieran perdido, pues en este país la historia profesional se inició en 1897 con las recopilaciones y publicaciones de Blas Garay en el Archivo de Indias.

El libro de Lamas Carísimo Tradiciones del hogar (1921) compiló aventuras y desventuras de sus antepasados, narraciones profundamente vinculadas a la historia nacional. Así nos enteramos de que la colonia española tuvo en Asunción su centro no solo político, sino social y económico. Las estructuras sociales de Buenos Aires y Montevideo son posteriores por lo menos en dos siglos. Hernandarias, hermano de Hernando de Trejo y Sanabria, el fundador de la Universidad de Córdoba del Tucumán, y el primer criollo gobernador, era considerado paraguayo y tenía primacía sobre toda la región.

Los relatos de Lamas Carísimo acerca de las peripecias de sus familiares y antepasados son una rica fuente de detalles precisos y de datos que a veces se escapaban a los historiadores. En «Francia tiempopeguare», se describe sin resentimientos ni odios la tremenda opresión sufrida bajo el dictador Francia y su «fiel de fechos», Policarpo Patiño. Don José Carísimo, como muchos, recibe la inoportuna visita de Patiño, acompañado por un grupo de oficiales armados y con una orden de arresto, justo a la hora de la cena. Dice Teresa Lamas: «Era el señor Carísimo un hombre grueso y los grillos no pudieron cerrarse sobre sus robustos tobillos; pero el jefe de los sicarios era incapaz de pararse ante esta pequeñez». La esposa, doña Josefa de Haedo, «se prosternaba al día siguiente a las plantas del dictador para suplicarle, no el perdón de su esposo, no la libertad del ser amado, padre de sus hijos, sino algo menos; para suplicarle, temblorosa de llanto y de dolor, que mandase cambiar los grillos que incrustados en carne viva, torturaban al infeliz prisionero».

Según la tradición, el déspota, movido a piedad ante la pena y la belleza de la infortunada, le concedió la gracia, «si vos misma, señora, mandáis hacer otros para reemplazarlos». La familia se había quedado sin posesiones, pero doña Josefa recordó que al pie de un naranjo del huerto tenía escondido el medallón que su marido le había regalado la noche de bodas. Corrió allí, y «con sus blancas manos de matrona desenterró ella misma la alhaja». Con la rica joya recorrió varios herreros para fundir grillos nuevos. Todos los vecinos le negaban el saludo por temor a represalias, hasta que un extranjero vizcaíno satisfizo su petición y realizó con el forjador «el trueque del áureo medallón por una tosca barra de hierro destinado, por gracia diabólica del tirano, a aprisionar a su propio amadísimo esposo». Esta narración da una idea quizás más acabada del alcance de la represión del gobierno francista que cualquier erudito tratado de historia formal.

En «El Retrato», la autora, sin saberlo, a través de unos episodios aparentemente menores, familiares, pero vividos en carne propia, documentó la historia de la «Guerra Grande». Se descubre en ese relato, entre otras cosas, que el sistema de reclutamiento estaba dividido por estamento social. En «Un sueño marcial», al dueño de la estancia, Pedro Mártir Plácido Carísimo Jovellanos, se le permite venir a Asunción y preparar sus maletas para marchar al campo de entrenamiento de la Plaza San Francisco antes de embarcarse hacia Cerro León. Peones y ciudadanos rurales, por el contrario, son de inmediato enganchados y enviados a Cerro León.

Cabe pensar que este ascendiente formó parte del famoso Batallón 40, donde López situó a la juventud más destacada, y que se batió descalzo en Estero Bellaco. Quienes no murieron en Estero Bellaco murieron en Tuyutí aquel aciago mayo de 1866, algo que llevó al Conde de Eu a comentar años después, en un brindis frente a Mitre: «El ejército paraguayo había sido destruido por usted, general, el 24 de mayo». En todo momento Teresa Lamas abraza la causa nacional, pese a las desavenencias de su familia con el gobierno, dado el contexto de guerra.

La historia social emerge en «La Merced de la Virgen», que comienza con una invitación de Madame Lynch que llena de preocupación a los esposos Recalde. La pareja del Mariscal los ha invitado a una fiesta de disfraces en la que presente a toda la sociedad asunceña. Es un triunfo de Elisa imponer la obligación de asistir a los miembros de muchas familias que no veían con buenos ojos su situación marital. Las amenazas no eran sutiles; incluso, para dar más realce al sarao, había puesto a disposición de las señoritas de la sociedad su propia modista y muchas de sus telas importadas de Europa. Iba a ser la fiesta más lucida del Club Nacional. Los Recalde entienden bien el mensaje recibido de terceros –«Supongo que no faltarán ustedes… ¡Elisa se enfadaría tanto!»–, y se aclara además, en algún pasaje, que «la invitación tiene más ribetes de intimación que de cortesía». Faltar al sarao sería considerado gravísimo.

«Antes de recogerse esa noche, reuniose la familia en torno del lecho de la abuelita enferma para rezar el santo rosario. Meses hacía, efectivamente, que la anciana yacía postrada. No estaba precisamente enferma de enfermedad determinada». Luego del rosario, le cuentan lo que ocurre a la abuela, que exclama: «¡Jesús José y María! ¿Y pensáis ir, hija mía?» «No, no pensamos, no queremos ir», responde su hija, «pero tengo miedo de esa mujer, mamá, su odio puede sernos fatal».

La víspera de la fiesta, la anciana le dice: «Alégrate, hija, yo tengo mis días contados». Le ha pedido la gracia al cielo «de enviarme la muerte hoy mismo o mañana antes de la noche. Así se lo estoy pidiendo a la Virgen desde que me contaste eso, y ya adivino que mañana tendréis que velarme en vez de ir a ese baile». La abuela muere, en efecto, dando así a la familia una excusa de peso para no ir al sarao. Y el cuento se cierra así: «Al caer la tarde se extinguió aquella vida, se extinguió dulcemente mientras en sus labios finos se dibujaba una sonrisa de triunfo que por momentos parecía animada de una secreta picardía». Es este episodio parte de nuestra rica historia social rara vez abordada. 

Teresa Lamas tuvo un gran protagonismo durante la Guerra del Chaco (1932-1935) como presidenta de la Cruz Roja Paraguaya, madrina de guerra y referente de las comunicaciones radiales en la retaguardia, en especial por su alocución al pueblo desde los balcones del Palacio de López el día de la firma del armisticio. Su voz siempre traía esperanza al tiempo de alentar la pronta conclusión de la contienda. Cuatro de sus hijos vistieron el verde olivo y marcharon al frente de operaciones, tema abordado en el relato «El dolor de mi alegría», cuando recibe en el puerto al vapor Cuyabá, que trae a sus hijos, sobrevivientes todos, de la guerra: «Cerca de mí, una mujer envuelta en luto esperaba también… pero, ¡ay!, no al hijo vivo que se echara en sus brazos, sino su cadáver recogido en un campo de batalla. La vi, comprendí toda su enorme tragedia, sentí su corazón en el mío como si ambos fuesen uno solo y hubo en mí un letal desfallecimiento… invadiome un gran arrepentimiento de mi felicidad, una dolorosa vergüenza de mi alegría. Frente al dolor callado de esa mujer, mi dicha me pareció un delito».

Teresa Lamas puso en sus relatos una profunda sensibilidad de mujer en sucesivos estados de nieta, hija, madre, hermana y prójima de otras en similar situación. La historia no fue siempre idílica, y la literatura supo recoger en palabras aquello que los archivos pasaron a veces por alto.

beagbosio@gmail.com

 
 

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