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31 de Marzo de 2019

 

Medimos mal la pobreza

Por Luis Fernando Sanabria (*)

La Dirección Nacional de Estadística, Encuestas y Censos (DGEEC) acaba de publicar los resultados de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) 2018. Sobre la base de encuestas aplicadas en todo el país a 6.000 hogares (24.000 personas), el gobierno nos da la “buena noticia” de que la pobreza total bajó 2% y que 129.000 personas salieron de la pobreza el año pasado. También nos da la desafortunada noticia de que la pobreza extrema subió 0,4% y que tenemos 33.000 nuevos pobres extremos en Paraguay.

Lo que estas cifras nos informan es la cantidad de paraguayos por debajo de la “Línea de Pobreza Extrema” y por debajo de la “Línea de Pobreza Total”. Estas líneas representan la cantidad de dinero que una persona y una familia necesitan ganar en un mes para comprar todos los bienes y servicios requeridos para vivir dignamente. La línea de pobreza extrema es el monto que necesita ganar una familia cada mes para pagar la “Canasta básica de alimentos” y la línea de pobreza total es el monto que necesita ganar una familia cada mes para pagar la “Canasta básica de consumo”.

Según las cifras actualizadas emitidas por la DGEEC, cada integrante de la familia debe generar G. 686.000 por mes para no ser pobre. Por ejemplo, si una familia de cuatro miembros genera mensualmente G. 2.744.000 (poco más del sueldo mínimo) eso le debe alcanzar para adquirir los alimentos que provean a sus integrantes todas las calorías y nutrientes requeridos y además para pagar vivienda, vestido, educación, entre otros.

¿Se puede tener acceso a todo esto, con ingresos por debajo de tres millones de guaraníes? A primera vista, para el ciudadano común que no comprende –ni tiene porqué comprender- los complicados cálculos estadísticos, esto parece una hazaña imposible. Pero entrar en una discusión sobre cuánto dinero se necesita para no ser pobre sería no solamente un tema de nunca acabar, sino que además poco útil, porque la pobreza no se trata solamente de dinero. Y, comparativa y paradójicamente, este es el menor de los problemas.

Esta medición monetaria de la pobreza merece, sin embargo, un análisis más de fondo. ¿Es correcto utilizar el dinero para representar todo lo que necesita una familia para no ser pobre? Es decir, si una familia gana suficiente dinero, ¿eso permite asegurar que ya tiene cubiertas todas sus necesidades en cuanto a ingresos, empleo, educación, cultura, vivienda, infraestructura, salud, medio ambiente, entre otros y que tiene una vida “no pobre”?

El prestigioso economista australiano Martín Ravallion, al referirse a los índices de pobreza multidimensional, señala que la discusión debe ser sobre si son útiles o no. Pone el ejemplo de que si uno fuera al médico y el mismo le dijera que en adelante va a tomar todos sus análisis (sangre, orina, radiografías, electrocardiogramas, etc.) y va a sacar un promedio de los mismos para saber si está sano o no, ¡uno posiblemente cambiaría de médico! O que si saliera un nuevo auto que en vez de tener velocímetro, medidor de temperatura, medidor de RPM e indicador de nivel de aceite y combustible solo tuviera un único indicador que represente todos los anteriores, dicho auto tendría pocos compradores.

Lo mismo sucede con la pobreza. No podemos asignar a un solo indicador, sea el dinero o sea un índice, la “responsabilidad” de decirnos si una familia es pobre o no. Es indiscutible que el uso que hace cada familia del dinero que gana varía muchísimo. Esto nos dice que aunque una familia supere el monto de la línea de pobreza, puede seguir sin tener acceso a una vida digna a la cual todos tenemos derecho.

Cada familia utiliza sus recursos de manera distinta, tiene diferentes motivaciones y sufre variadas carencias, por lo cual las múltiples necesidades bajo el indicador único de dinero equivale a mezclar naranjas con manzanas. Además, las familias tienen numerosas maneras de obtener una vida digna, más allá del dinero. ¿No conocemos acaso varias familias pobres que tienen baños modernos? ¿O no hay familias que carecen de cocinas elevadas y ventiladas, pero sin embargo poseen antenas satelitales, motocicletas y teléfonos inteligentes, señal de que no es un problema de dinero?

Por ejemplo, la misma DGEEC que nos dice que solo el 24,2% de la población paraguaya es pobre, nos señala que, sin embargo, hay un déficit de viviendas del 55%. Si hacemos una diferencia simple, quiere decir que hay un 30% de la población que se considera “no pobre”, pero que cuya vivienda no llena los requisitos básicos.

Si desglosamos la pobreza en sus múltiples aspectos, en vez de agregarlos en un indicador (dinero) o en un índice, no solamente podremos tener una mejor comprensión del problema: además tendremos la posibilidad de involucrar a las familias afectadas en la solución de los mismos. ¿Qué puede hacer una familia con el resultado de un índice? ¿Qué significa para una familia ser 6,78 de 10 en un índice?

Faltan conceptos entendibles y prácticos

Necesitamos trabajar con conceptos entendibles y prácticos para las familias y fragmentando la pobreza en pequeños componentes para que las mismas puedan adquirir conciencia de su condición y buscar soluciones a los aspectos en los que necesita mejorar su calidad de vida. Por ejemplo, el Ministerio de Urbanismo, Vivienda y Hábitat (MUVH) ofrece distintas unidades familiares cuyos costos son millonarios para el Estado. Sin embargo, las familias de la comunidad de Cerrito, Chaco, más que unidades completas necesitan mejorar la seguridad de la vivienda, construir cocinas elevadas y ventiladas, y dormitorios separados para niños, adolescentes, y adultos. Cada familia tiene su necesidad específica.

El costo promedio para resolver el déficit habitacional de las 1.000 familias de Cerrito es de US$ 2.000 por familia. Esta información desagregada, por tipo de pobreza y por familia, permite enfocar mejor el problema y sobre todo facilita un uso más eficiente de los escasos y mal utilizados fondos estatales.

“Las actuales políticas sociales están desorientadas porque se enfocan de manera dispersa y descoordinada en los individuos y no en las familias”. Una de las razones de esta desorientación es que no tienen información apropiada, basada en la familia, para entregar bienes y servicios de forma coordinada.

En plena Cuarta Revolución Industrial donde la tendencia es la automatización y el intercambio de datos, y predominan los sistemas ciber físicos, el Internet de las cosas y la computación en la nube, es muy fácil tener información desagregada por familia y por indicadores. De hecho, la Fundación Paraguaya ha desarrollado la metodología del Semáforo de Eliminación de Pobreza que permite a cada familia medir – a través de una plataforma digital- su propia pobreza en 50 aspectos y hacer su propio plan para superar cada indicador. Esta tecnología ya está siendo utilizada en 23 países, incluyendo EE.UU. y el Reino Unido y el Gobierno de Ecuador está próximo a adoptarlo.

Solamente si definimos apropiadamente el problema de la pobreza y contamos con suficiente información sobre el mismo entonces podremos encaminarnos hacia un Paraguay sin pobreza y con un ambiente digno para cada familia.

Definir

Solo si definimos apropiadamente el problema de la pobreza y contamos con suficiente información se podrá encaminar al país a un ambiente más digno para cada familia.

Políticas

Las actuales políticas sociales están desorientadas porque se enfocan de manera dispersa y descoordinada en los individuos y no en las familias.

(*) Gerente general, Fundación Paraguaya.

 
 

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