Las capacidades reales del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) indican sin embargo que una focalización sobre la agricultura familiar campesina podría generar resultados auspiciosos, asumiendo que el resto de los subsectores requieren de una menor inversión y acompañamiento del Estado, debido, principalmente, al dinamismo que han obtenido por la participación de los agentes privados. Uno de los ejes de trabajo del MAG debería ser la ruptura del círculo infernal: baja producción-pobreza-baja producción.
El sector agropecuario tiene una relevancia mayor en el desempeño socioeconómico de la población, que se explica por la cantidad de personas que viven en zonas rurales y se dedican a actividades agropecuarias, principalmente, a cultivos. El nuevo esquema de cálculo de participación de la agricultura y del sector primario en la economía, elaborado por el Banco Central del Paraguay (BCP), muestra una fuerte disminución, incluso cuando el sector primario se ha mantenido dinámico y expansivo. Esta situación se explica por el crecimiento significativo que ha tenido el rubro manufacturero, donde la construcción y las binacionales hicieron que el sector agropecuario y forestal pierda peso relativo.
Empero, al observar el ingreso de divisas por exportaciones de productos se aprecia el rol que tiene el sector primario en la vida social y económica. Las exportaciones de cereales, la soja en grano y sus productos derivados permiten un ingreso de al menos US$ 4.130 millones anualmente, a lo que se agregan alrededor de US$ 1.200 millones por venta de carne.
Los mitos en torno a la ruralidad paraguaya
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Antes de presentar algunas propuestas de políticas públicas para el sector agropecuario y forestal conviene revisar los preconceptos e ideas instaladas en torno a los sistemas productivos agrícolas. Por lo general, se suele considerar que la pobreza campesina es el resultado directo del éxito de la agricultura tecnificada. Este mito tiene la “virtud” de eximir de responsabilidad a los agricultores familiares, ya que estos aparecen como víctimas de los agricultores tecnificados, particularmente de la soja. Pero la evidencia histórica muestra las difíciles condiciones de vida y de producción campesina desde las primeras décadas del siglo XX (ver trabajos de D. Rivarola y J. Kleinpenning), así como las muy bajas habilidades productivas, asociadas a técnicas agrícolas arcaicas.
Además, se plantea con insistencia la responsabilidad de la agricultura tecnificada en la generación de empleo rural y en que sus ingresos permeen hacia la agricultura familiar campesina. Estas ideas se encuentran muy arraigadas, inclusive en parte de la cooperación internacional, como por ejemplo en las Notas de Políticas del Banco Mundial, que hasta desconoce las tasas impositivas del sector agropecuario, puesto que indica que el Iragro tributa solo una tasa del 5%, cuando en la práctica es del 10%.
Otro mito recurrente es la falta de apoyo por parte del Estado a la agricultura familiar campesina, justificando de esta forma la situación de baja productividad, escaso acceso al crédito y a infraestructuras productivas.
Sin embargo, la serie ininterrumpida de proyectos de desarrollo rural, tanto estatales como de la cooperación internacional y de las organizaciones no gubernamentales, demuestran una preocupación sostenida en los últimos 30 años, que se tradujo en una serie de capacitaciones técnicas, infraestructura, maquinarias y préstamos destinados a agricultores familiares de diferentes regiones del país, y por valores monetarios muy significativos.
En efecto, si se observan solo los montos de la categoría Transferencias (rubro 800) administrados por el MAG, se concluye que el sector agrícola ha recibido casi US$ 1.050 millones en los últimos 14 años, sin contar con los proyectos de desarrollo rural financiados por la cooperación internacional.
Los diferentes comités de productores e incluso asociaciones campesinas reconocidas, recibieron en promedio US$ 74 millones por año, solo en concepto de transferencias, consistentes en la entrega de dinero, bajo la promesa de utilizar dichos recursos en proyectos productivos.
Otro mito que intenta explicar las causas de la pobreza campesina es la baja calidad de los suelos, es decir, que estos no son suficientemente fértiles para incrementar la producción y por ende, los ingresos. Sin embargo, las actividades agrícolas exitosas demuestran que las características y diferencias de fertilidad de los suelos no son determinantes. Así, zonas con tierras relativamente menos fértiles que otras, pueden producir alimentos de forma rentable, pero exigen los mismos cuidados de siembra directa, rotación de cultivos, corrección de acidez, control de erosión y manejo integrado de plagas que los suelos de mejor calidad. Casi todos los suelos y regiones del país, incluidas las condiciones climáticas de temperatura, sol y precipitaciones, son ampliamente favorables para la producción agrícola, incluso el Chaco, otrora considerado como “desierto”.
Breves lineamientos para las políticas públicas agropecuarias
El sector agropecuario dispone de condiciones para generar un círculo virtuoso que lleve a niveles crecientes de producción, por ende, al aumento de los ingresos de los productores, lo que decantaría en la reducción de la pobreza.
El mayor desafío consiste en establecer puentes entre los esquemas que han demostrado ser eficientes y rentables, a la escala que fuese, permitiendo que los agricultores familiares campesinos, que aún no han podido vincularse a cadenas de valor, lo hagan de forma segura y estable.
Finalmente, algunos lineamientos que podrían generar políticas públicas más eficientes para la agricultura familiar campesina serían: Trascender los mitos sobre la ruralidad y enfrentar los modernos desafíos en base a criterios técnicos y a las nuevas premisas socioeconómicas.
Así también obviar el regalo de dinero a comités y organizaciones de producción como incentivo a la producción, ya que estas transferencias no son destinadas a proyectos agrícolas y favorecen las antiguas prácticas de recolección por sobre las de producción.
Generar alternativas creativas para resolver las tres grandes limitantes al desarrollo rural: el desconocimiento o falta de implementación de buenas prácticas agrícolas; la descapitalización de los productores y la fuerte tendencia al trabajo individual sobre la asociatividad.
Facilitar la inclusión a cadenas productivas ya establecidas, como por ejemplo la de la mandioca-almidón, la articulación a los supermercados, la integración a la cadena láctea.
Favorecer la integración a vecinos que implementen tecnologías productivas más eficientes y rentables. Las experiencias de agricultores familiares e inclusive indígenas que siembran soja y maíz en superficies de 10 a 15 hectáreas en Caaguazú, San Pedro y Alto Paraná, son sumamente auspiciosas
Realizar el Censo Agropecuario que permitirá realizar un análisis actualizado de las diferentes tipologías de productores, de tecnologías y de cultivos, además de ser la mejor radiografía de la sociedad rural.
* El nuevo esquema de cálculo de participación de la agricultura y del sector primario en la economía, elaborado por el Banco Central del Paraguay (BCP), muestra una fuerte disminución, incluso cuando el sector primario se ha mantenido dinámico y expansivo.
* Las exportaciones de cereales, la soja en grano y sus productos derivados permiten un ingreso al Paraguay de al menos US$ 4.130 millones anualmente, a lo que se agregan alrededor de US$ 1.200 millones por venta de carne.
* Un lineamiento de política pública agropecuaria es obviar el regalo de dinero a comités y organizaciones de producción como incentivo a la producción, ya que estas transferencias no son destinadas a proyectos agrícolas y favorecen las antiguas prácticas de recolección por sobre las de producción.