19 de Enero de 2016 11:36

 

“Los 8 más Odiados”: los colores de la violencia

Por Kike Sosa

Quentin Tarantino quita toda pretensión de belleza o incluso propósito a la violencia en su brutal y excelente nuevo “western”.

La glorificación de la violencia siempre ha sido una de las principales acusaciones de los detractores de Quentin Tarantino, un director cuyos filmes, desde el primero hasta el último, siempre han estado cargados de una importante cantidad de líquido vital brutalmente extraído de cuerpos humanos; esta violencia toma en varias de sus películas la forma de una épica venganza que uno puede imaginar al director plasmando como “justa”, si uno se deja llevar por la impresionante y exagerada coreografía de la masacre japonesa en Kill Bill, o la música triunfal que pone el epílogo a todo el derramamiento de sangre en Django Sin Cadenas.

Pero eso es solo si uno mira las cosas de forma superficial, y Tarantino definitivamente no es un director cuyo trabajo se aprecie bien mirándolo de esa manera. Aún con todo su estilo, los “héroes” de Tarantino suelen ser víctimas de violencia que se ven reducidos (o seducidos) a usar esa misma violencia contra sus victimarios (Django, Shosanna Dreyfus, las chicas de A Prueba de Muerte) o villanos cuyos actos parecen menos terribles simplemente en contraste con los de sus enemigos que son mucho peores, como es el caso con la Novia de Kill Bill. Precisamente en la segunda parte de Kill Bill, Tarantino pone en boca de Budd, uno de los blancos de la venganza de la Novia, las palabras que definen mejor la ambigüedad moral no solo de ella sino de muchos de los personajes de Tarantino. “Esa mujer merece su venganza, y nosotros merecemos morir. Pero, a fin de cuentas, ella también”.

Lo que el lenguaje cinematográfico prestado de géneros clásicos por Tarantino vende como heroísmo no es más que villanía empleada contra villanos. En Los 8 más Odiados, sin embargo, Tarantino deja de lado la sutileza, como resignado a que la gente no entienda indirectas, y pone la violencia en pantalla con toda su fealdad y su veneno, sin edulcorantes.

Nuestra historia trascurre poco después del final de la Guerra Civil estadounidense, en la nevada Wyoming, en la que un veterano de aquella guerra convertido en cazarrecompensas, el combatiente de color Marquis Warren (Samuel L. Jackson) se interpone en el camino de un carruaje que lleva a otro cazarrecompensas, John Ruth (Kurt Russell) y a su más reciente captura, una peligrosa forajida llamada Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), que como él se dirigen a la ciudad de Red Rock, donde Ruth planea entregar a Daisy al verdugo y cobrar su recompensa.

Sin embargo, una tormenta de nieve les pisa los talones, así que tras recoger a un exsoldado confederado llamado Chris Mannix (Walton Goggins), quien dice ser el nuevo alguacil de Red Rock, el grupo acaba refugiándose en una mercería donde también están resguardados otros curiosos personajes, incluyendo un viejo general confederado, el verdugo de Red Rock, un inmigrante mexicano y otros.

A pocos sorprenderá saber que la cantidad de violencia y sangre en el filme es tremenda, aunque los momentos de acción en sí son breves explosiones de sangre y fuego en vez de los prolongados tiroteos de Django. Esta vez, Tarantino nos pinta la carnicería como algo feo, sin los elementos de estilismo que hacen de ese soberbio tiroteo en Django algo tan sangriento como espectacular. En Los 8, las balaceras no vienen con acrobacias o elegancia geométirca, usos cuasi-humorísticos de cuerpos como escudos o efectos de sonido exagerados; aquí las balas vuelan y los cuerpos revientan de forma súbita y rápida, o el sufrimiento se prolonga con gritos de agonía como banda sonora.

Pero como suele ser el caso con Tarantino, el factor que hace que su nueva película trascienda no está en las imágenes de la pantalla – por muy impactantes que sean por su violencia y su ocasionalmente retorcida belleza – sino en las palabras, en los diálogos que enuncian sus personajes y en las personas que esas palabras van armando como un rompecabezas complejo a medida que los minutos pasan. Todos los refugiados en la mercería tienen un secreto, algunos más de uno, todos mienten o sospechan que alguien les está mintiendo, y la forma en que estas mentiras y misterios van revelándose es atrapante.

Como en Django, Tarantino vuelve a tocar cuestiones raciales, pero lo hace de una forma mucho menos gráfica y más reflexiva, explorando el racismo menos como hecho y más como concepto, entrelazándolo con su eterna fascinación con la venganza de una forma mucho más perturbadora que la fantasía de retribución de Django; la violencia racial en Los 8 es hablada y recordada, no mostrada, y la venganza por esa violencia cala mucho más hondo, es mucho más personal y ensañada. Los actos monstruosos convierten a sus víctimas en monstruos, y ambos se devuelven la crueldad como en un juego de ping pong. Es un proceso fascinante a la vez que perturbador.

Así, las imágenes en pantalla e incluso el misterio central del filme – que nunca deja de ser cautivante, y se las arregla para levantar interrogantes incluso luego de que los giros son revelados – pasan quizá no a un segundo plano, pero comparten protagonismo a partes iguales con la caracterización de estos personajes.

Hay mucho que alabar de Los 8 más Odiados más allá del guión de Tarantino. La fotografía de Robert Richardson hace un gran trabajo de pintar un panorama hostil en el mundo exterior oscurecido por las tormentas de nieve – esa es la única comparación directa con La Cosa de Otro Mundo que me parece verdaderamente válida –, haciendo que un pequeño edificio lleno de tipos que no inspiran confianza parezca el lugar más acogedor del planeta; y la banda sonora de Ennio Morricone demuestra que el talento y el poder de contar una historia musicalmente son cosas que no envejecen.

Los 8 más Odiados es una experiencia de primera, de esas que no solo estimulan, horrorizan y sorprenden cuando uno está frente a la pantalla, sino que flotan en la cabeza por días, invitando a que uno piense en lo que vio. Sus casi tres horas de duración pasan volando.

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LOS 8 MÁS ODIADOS (The Hateful Eight)

Dirigida por Quentin Tarantino

Escrita por Quentin Tarantino

Producida por Richard N. Gladstein, Shannon McIntosh y Stacey Sher

Edición por Fred Raskin

Dirección de fotografía por Robert Richardson

Banda sonora compuesta por Ennio Morricone

Elenco: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Walton Goggins, Demián Bichir, Tim Roth, Michael Madsen, Bruce Dern, Channing Tatum, James Parks, Zoë Bell y Dana Gourrier

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