20 de Marzo de 2017 07:51

 

Cómo evitar tomar malas decisiones en el trabajo

Por DPA

¿Conviene decir lo que se piensa en una reunión o es mejor callar?, ¿Hay que asumir un nuevo proyecto o es mejor rechazarlo?, La rutina de trabajo implica tomar decisiones y existe siempre el riesgo de tomar una mala. Pero el riesgo se puede minimizar.

En el fondo, la cuestión se asemeja a tomar una decisión en una carrera de caballos: se evalúan distintos escenarios, se calculan probabilidades y se presta un poco de atención a lo que dicen las tripas. Y se apuesta al favorito.

Decisiones como qué café comprar en la oficina pueden quedar libradas al estómago; se trata de decisiones emocionales que se toman tan rápido que uno apenas se da cuenta de que está decidiendo. Este tipo de decisiones se basan en experiencias pasadas y no tienen que ser necesariamente malas. Pero en el caso de decisiones laborales, por ejemplo referentes a inversiones, es mejor prestarle atención al raciocinio. Evaluar motivos y calcular probabilidades lleva a tomar decisiones racionales y justificadas.

La rutina laboral diaria añade ciertas dificultades a este proceso. El tiempo es una de ellas: los empleados suelen tener que tomar decisiones bajo fuertes presiones de tiempo. Pensar en las posibles consecuencias o recabar informaciones de experiencias previas lleva tiempo y no es siempre posible. Por otra parte, el miedo a los riesgos y errores también puede conducir a decisiones fallidas.

A veces, ayuda un simple cambio de perspectiva. Si muchas decisiones se toman en reuiniones, sentado siempre a la misma mesa en el mismo salón de conferencias, puede ser de ayuda romper con estas rutinas y sentarse en otro lugar, o pararse y trasladar la charla a otro espacio.

Este cambio de perspectiva también funciona con uno mismo: si siempre se toman decisiones racionales, se puede aprender a escuchar un poco más al propio estómago. Y es que las buenas decisiones son siempre una combinación de sentimiento, es decir, "corazonada", y raciocinio.

Sin embargo, estas "sensaciones" no deberían ser el criterio unánime en el que basar las decisiones, sobre todo cuando se trata de ingresar en nuevos terrenos como una innovación en el trabajo, por ejemplo. Para esto pueden ser de ayuda técnicas como las listas de pros y contras. También puede servir un sistema de "knock out": se enfrentan todas las opciones y queda la mejor. También se puede confeccionar una lista a lo Benjamin Franklin: sólo hay que anotar los motivos positivos para cada decisión. Luego se le otorgan puntos a cada ventaja y se calcula el promedio de cada alternativa.

Tener un buen interlocutor de confianza es otra clave. Puede ser la pareja, un amigo cercano o un coach. La idea no es que éste asesore, sino que detecte errores lógicos en la formulación que permitan tomar luego una decisión propia. Esto permite pensar en profundidad acerca de qué decisión se tomará.

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