21 de Marzo de 2017 09:30

 

Cuando la gente mayor rechaza los cambios

Por DPA

Con los años, hacer compras puede convertirse en una tarea titánica. Un andador podría ser una gran solución. Daría estabilidad y ofrecería la posibilidad de cargar cosas. Pero... los mayores lo rechazan. "No lo necesito", responden. ¿Por qué?

 

Al hacerse mayor, a muchas personas les cuesta adaptarse o incluso aceptar los cambios. Quisieran que todo siguiera siendo como era. Es más, incluso quienes solían tener un espíritu emprendedor y aventurero se muestran reacios a descubrir cosas nuevas cuando se hacen mayores. ¿Por qué? ¿Y qué se puede hacer para recuperar esa predisposición al cambio?

Es un tema crucial, porque se da en todos los aspectos de la vida y les pasa a todos. Si hay que cambiar muebles de lugar, ellos lo único que ven es estrés.

Por supuesto, su bienestar depende de la situación general, de cómo están físicamente, si sienten dolores o no, si tienen cargas emocionales muy fuertes como por ejemplo la pérdida de su pareja, o si están estresados por su situación económica o familiar. Esas razones a veces vuelven a la persona más inflexible.

Sin embargo, la característica fundamental se da en todos. Y la culpa no es de los cambios a nivel cerebral, según explica el neurólogo Gerald Hüther. El cerebro, nos cuenta este especialista, puede seguir aprendiendo siempre. "Hacer experiencias nuevas y descubrir cosas genera alegría", asegura Húther, porque el cerebro activa el centro de recompensas y secreta sustancias como la serotonina, la dopamina o la noradernalina. Son hormonas de la felicidad que se ven reforzadas por las nuevas experiencias. "Hacen que el cerebro aprenda y se habitúe a los cambios", explica. Conclusión: las funciones cerebrales no necesariamente decaen. Salvo que uno se lo permita...

Pero entonces, ¿por qué la gente mayor pierde la alegría del descubrimiento?

Lo principal es que los allegados y familiares no ejerzan demasiada presión. "Las ganas de asumir desafíos nuevos deben surgir de la persona, de su propia voluntad", alerta Hüther. Por supuesto, hay modos de estimular esas ganas, como por ejemplo ir juntos al cine o proponer excursiones familiares que abran ese apetito. Lo que sí debería evitarse es criticar la situación, porque eso tira a cualquiera abajo.

Algunos ancianos o mayores dicen que para ellos "ya no vale la pena" hacer algo nuevo. Por lo general, tienen una imagen negativa de la vejez. Allí lo que ayuda es hacerles ver que pueden cambiar su vida positivamente. Por ejemplo, si el departamento se adapta a su situación de motricidad, tal vez la persona vea que puede volver a hacer muchas cosas sola, sin tener que recurrir a la ayuda de otros.

Si se instala algún artefacto nuevo, la diferencia radical la hará su paciencia al enseñarle el funcionamiento: no debe ponerse ansioso, conserve la paciencia, póngase en el lugar del otro, explíquele el mecanismo las veces que sea necesario y luego pídale que lo haga él. Alíentelo a probar todas las veces que quiera.

Además, sea que uno explica algo sobre un microondas o sobre un andador, lo fundamental es no pasar por alto las inseguridades y los miedos de la persona mayor.

"Para muchos, el andador, de sólo verlo, es un síntoma de discapacidad", explican los expertos. Por eso muchos lo rechazan aunque sea sumamente útil. En ese momento, lo único que puede ayudar es hablar y hacer algunas pruebas, ver si con la práctica se pueden ir tachando prejuicios.

Acompañar en esos primeros pasos a los mayores es crucial. No importa si se trata de ir a un café donde se hacen encuentros de jubilados o si es una clase de baile. Si uno los acompaña en esa transición, ellos tal vez puedan ir dejando de lado sus miedos y entablar un buen vínculo con la nueva actividad.

Lo mismo vale si uno quiere que tengan una ayuda doméstica. La gente mayor siempre la rechaza, pero si uno la invita a hacer una "prueba" como para que todos se conozcan, puede que quien necesite ayuda se dé cuenta de que no estaría nada mal. Es más, a veces entienden que esa presencia les enriquece el día, porque les cuenta historias de su vida, de la calle, de su propia familia o de otros barrios mientras, además, da una mano en los quehaceres.

Si uno ayuda a sus mayores a entrar en esos mundos nuevos, muchas veces ellos terminan diciendo: "Sí, la verdad, fue una buena idea".

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