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11 de Diciembre de 2018 00:02

 

“Estoy lista para trabajar por mi pueblo”

Por Lourdes Peralta, ABC Color

Francisca Villalba Pereira (27), indígena maskoy, está a punto de presentar su tesis de licenciatura de trabajo social (Facso-UNA), y es oficialmente la primera de su comunidad en lograr culminar esta carrera.

“Nací en Filadelfia, Boquerón, pero me crié en Puerto Casado porque mis padres se mudaron ahí”, inicia Francisca. Decidió seguir la carrera de trabajo social pensando en su familia, su comunidad y toda la sociedad vulnerable, “hay una carencia en el acompañamiento a los sujetos de derechos para con sus derechos y obligaciones”, sostiene.

Tuvo el apoyo de la beca de Bicentenario-Itaipú 2012, pero muchas veces no alcanzó el promedio requerido, “debía hacer gestiones con los encargados de la beca; me hacían esperar 6 ó 7 meses para poder seguir con el beneficio, y en ocasiones no me pagaban todos los meses que correspondían. Gracias a Dios, hubo personas que me dieron la mano para seguir estudiando, sin ellas no hubiera culminado la carrera”. Tras 6 años, Francisca llegó a la meta, la primera de otras que se ha puesto en la vida; apresta su tesis de licenciatura, el tema: la vida de las mujeres indígenas maskoy de la comunidad de Riacho Mosquito, en Puerto Casado, Alto Paraguay.

–¿Fue estudiar trabajo social lo que esperabas?

–No era la carrera que quería hacer, pero con el tiempo me fui adentrando y me gustó. Desde entonces nunca pensé en dejar, ahora estoy muy orgullosa de haberla elegido.

–¿Qué fue lo que más te costó y qué no?

–Lo más difícil fue la distancia que tenía que hacer desde mi casa a la facultad (Areguá-San Lorenzo), me llevaba dos horas, dos colectivos de lunes a viernes. Muchas veces tenía justito para el pasaje. Además, tuve una cirugía importante en plena época de examen. Lo que me gustó fue poder hacer pasantía en instituciones con los sujetos de algún derecho negado o postergado. Por ejemplo, en la Secretaría de la Niñez y Adolescencia.

–¿Te interesan los niños?

–Quiero enfocarme en niños e indígenas de nuestro país.

–Sos la primera egresada indígena en esta carrera.

–Creo que sí, también la primera que se gradúa en la familia maskoy y la etnia angaité. Eso me produce una gran felicidad a nivel personal y más con mi familia, porque son ellos los que me apoyaron y me dieron la fuerza, además de otras familias de mi comunidad que también comparten conmigo la alegría por este logro.

–¿Cómo te integraste al grupo de estudio?

–Eso no fue tan difícil. Hice la secundaria en colegio no indígena; hablo poco, aunque no soy tímida. Antes de llegar a la facultad, en mi comunidad, en Puerto Casado, ayudé en la iglesia, fui coordinadora de niños y estuve en grupos salesianos de la parroquia San Ramón Nonato. En la facultad, los compañeros siempre me apoyaron, pero no tuve la oportunidad de transmitir mi cultura en ese espacio académico.

–¿Nunca sentiste discriminación, o, al contrario, algún tipo de consideración especial por ser indígena?

–No fui discriminada y se me trató a como a todos los demás. Cuando necesité tuve la ayuda de algunos buenos profesores que siempre me apoyaron para seguir estudiando.

–Comenzaste en un instituto y egresaste de una facultad (Facultad de Ciencias Sociales -Facso- compuesta hasta el momento por Ciencias Sociales y Trabajo Social)

–Así es, por fin ya es facultad. Es el resultado de mucha lucha de profesores y estudiantes. Ojalá que ahora se ofrezcan mejores condiciones para esta carrera que hace tanta falta en nuestro país. A los trabajadores sociales aún no se nos da nuestro lugar, con la ley de trabajo social por fin lo vamos a conseguir, como se dice, vamos a estar felices “cada chancho en su estaca”.

LA CASITA DE KARANDA’Y

Padre Livio Farina, más conocido como Pueblito, en Puerto Casado, es la comunidad de Francisca. Ella no habla angaité, sí castellano y guaraní, “debido a la expulsión de mi gente de sus territorios tradicionales por la empresa taninera Carlos Casado, fuimos perdiendo nuestro idioma al tomar contacto con los no indígenas”, lamenta.

La casa añorada de Francisca, allá en su Chaco, “es solo una pieza grande de karanda'y”. Esperanzada en Dios, después de defender su tesis piensa retornar. Tiene 5 hermanos varones y una hermanita. Su mamá tiene 50 años y su papá 58. “Mi familia, a pesar de vivir en la pobreza extrema, siempre me apoyó para que yo pudiera estudiar”, agradece.

Su hermano mayor es docente y coordinador de educación indígena en Puerto Casado. Francisca resalta que en su situación donde nada sobra y todo cuesta enorme sacrificio, “si uno quiere ser alguien en la vida tiene que dejar la familia”. Su mamá trabaja de empleada doméstica y su papá algunas veces, si consigue changa, también sale a trabajar, “antes iba mucho al monte a traer miel o a cazar, también hace pantallas y canastos de karanda’y a veces para salvar la situación (económica). La tierra donde vivimos es de la Secta Moon y ellos prohíben que la gente entre al monte a recolectar o cazar”.

Un día en la vida de Francisca comienza a las 7:00 tomando tereré si hace calor. Después desayuna, limpia la casa donde vive y ahora principalmente se aboca a su tesis hasta la hora del almuerzo. “Ya terminé la facultad el año pasado, solo voy para reunirme con mi tutora o hacer alguna gestión”.

–Después del título, llega la hora de ganarse el pan, ¿qué planes laborales tenés?

–Estoy buscando trabajo en el Chaco, pero hasta ahora no conseguí. Llevé mi currículum al intendente de Loma Plata, pero nunca me respondió. A veces las instituciones prefieren trabajar con los profesionales no indígenas, muchas de esas personas viajan desde Asunción al Chaco y vuelven cada fin de semana. Otra realidad es que a los indígenas siempre se les paga menos por su trabajo, aún no entiendo cuál es la razón.

–Tuviste la oportunidad de integrarte a una cultura diferente a la tuya, ¿qué cambió en vos?

–Creo que no tengo nada que corregir, me siento bien conmigo misma. Mis padres siempre nos dicen a los hijos que aunque tengamos profesión nunca debemos negar de dónde venimos ni lo que somos. Hoy me levanto cada día agradecida a Dios; le pido al Padre Bueno que me dé fuerzas, si ayer pude, ¿por qué hoy no voy a poder.

EL DESAFÍO DE LA PROPIA COMUNIDAD

–¿Cuáles son los problemas más acuciantes que percibís en tu comunidad?

–El gran problema que tenemos es que no se respeta el territorio indígena, entran a echar quebrachos para postes, palosanto, alquilan sus tierras a ganaderos, sojeros, cooperativas menonitas. Y en este negocio están involucrados líderes indígenas -a quienes se extorsiona con moneditas- y autoridades que deberían garantizar la protección humana y ambiental. En Puerto Casado tenemos cien años de explotación del quebracho y como herencia un pueblo sin tierra propia, empobrecido, somos indígenas con culturas fragmentadas. Treinta y dos mil personas murieron en el Chaco y hoy está en manos de extranjeros que lucran con la venta de tierras, destruyen el monte para criar ganado.

–Y llegás ahora con una profesión para activar

–Espero poder apoyar a mi gente para fortalecer nuestra cultura y no permitir más el atropello a nuestra dignidad, además de exigir al Estado que reivindique derechos largamente postergados, como el acceso a la salud, el desarrollo sostenible, la educación acorde a la cultura maskoy.

-¿Cómo está el nivel de escolaridad?

–Muchos más jóvenes que antes terminan su tercer año de la media, pero son muy pocos los que acceden a un estudio superior, porque les falta ayuda económica, ya que sí o sí hay que salir hacia Concepción o Asunción.

–¿Confiás más en los profesionales indígenas que en otros para trabajar por y en la comunidad?

–Yo confío en ambos, pero de diferente manera. Para mí sería mejor que fuera gente de la comunidad indígena porque se entenderían mejor. Con esto no niego que cada quién tiene su conocimiento y forma de hacer las cosas, por eso la diversidad enriquece a la cultura.

–¿Qué pedís en nombre de tu pueblo?

–Que el Estado Paraguayo garantice nuestros derechos y que los gobiernos tengan políticas sociales para atender a ese 2% de la población paraguaya que vivimos en la pobreza extrema. Que las mujeres indígenas sigan siendo protectoras de sus culturas y sean reconocidas. Que las universidades promuevan el acceso a jóvenes indígenas a las carreras superiores ofreciendo becas sin tantas restricciones, estudios con currículo diferenciado, para que no se conviertan en centros de trasplante cultural de indígenas. Y, por último, estoy lista para trabajar.

Francisca muestra otra de las tantas caras ignoradas de la sociedad paraguaya. Aún así su juventud y convicción la sostienen de pie. Quiere seguir estudiando, le gustaría cumplir el sueño, beca mediante, de hacer un posgrado de antropología. Separando lo académico, su roce con la cultura universitaria le deja enseñanzas que resume así: “Aprendí que debemos ser solidarios, sacrificarnos por lo que creemos y tendremos recompensa, reclamar organizadamente nuestros derechos. Y también siempre saber agradecer, por eso les digo ¡tache! (significa ¡gracias!, en angaité) por esta oportunidad que me dan de poder transmitirles a todos mis logros, alegría y esperanza.

 
 

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