Esta pionera en política, madre de dos hijas, no podía dejar pasar la ocasión de decirles a la cara lo que piensa: que su misoginia y prejuicios no echarán raíces nunca más en Afganistán.
“No es que tuviera ganas de hacerlo, pero lo hice por las mujeres de Afganistán”, explica a la AFP en su domicilio de Kabul.
“Me sentí poderosa. La sala estaba llena de gente, todos hombres (...) Para mí era importante ser visible y que mi mensaje para ellos fuese claro”, añade.
Sólo dos mujeres fueron invitadas a participar en esta reunión informal a comienzos de febrero entre talibanes y miembros de la oposición afgana en un hotel de Moscú.
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Estas negociaciones no incluían a Estados Unidos, país con el que los talibanes negocian desde hace meses.
Washington quiere poner fin a más de 17 años de guerra en Afganistán, pero muchos afganos temen que una retirada precipitada o un acuerdo a la ligera con los insurgentes desemboque en la vuelta al poder de su régimen represivo o en una guerra civil.
Muchas mujeres temen la vuelta de la opresión de los años 1990, cuando los talibanes les prohibían el acceso a la educación y al trabajo, y las obligaban a vestir el burka, un velo integral.
La reunión de Moscú dio lugar a una escena inimaginable años atrás. Los mulás escucharon en silencio cómo Koofi defendía el derecho de sus hijas a vivir en un Afganistán moderno.
Las afganas están “hoy en día mucho más conectadas”. No permitirán que “las trasladen a su época”, recuerda haberles dicho.
Uno de los pasajeros del vuelo con destino a Moscú en el que viajaba Koofi era el jefe del departamento talibán del vicio y la virtud, la temida policía moral de los insurgentes que recorría las calles en camiones y azotaba a las mujeres sospechosas de indecencia.
“Recuerdo lo peligroso que era (...) El ruido de la camioneta Hilux todavía resuena en mis oídos”, cuenta esta mujer actualmente viuda.
“Me he esforzado por ser cordial, abierta y distendida (...) Sólo fui algo burlona, quise decir ’quizá no les guste mi manera de ser, pero soy como soy’”, relata.
A algunos no les gustó ver a Koofi en las negociaciones de Moscú. Ella cuenta que tuvo que imponerse para que la admitieran en los grupos de trabajo.
Nada nuevo para esta diputada, acostumbrada a tener que luchar en un país considerado como uno de los más peligrosos del mundo para las mujeres y los políticos.
Fawzia Koofi fue un bebé no deseado por ser niña. Su madre, una de las siete esposas de un hogar, la abandonó bajo el sol.
Se quedó llorando, con la piel quemada, casi un día entero hasta que su madre cambió de opinión.
Más tarde, su madre la apoyó y fue la primera chica de la familia en ir al colegio. Su educación se interrumpió por la llegada al poder de los talibanes en 1996, cuando estudiaba en la facultad de Medicina.
Después de la intervención estadounidense en 2001 para expulsar a los talibanes del poder, trabajó para UNICEF y en 2005 entró en política, convirtiéndose en la primera mujer vicepresidenta del parlamento.
Con el tiempo, se acostumbró a pelear con los parlamentarios que intentan restringir los derechos de las mujeres y no se ofende por su impopularidad.
“Mi combate no es muy agradable (...) No es algo que guste a la gente, sobre todo a los políticos afganos. Lo veo como una señal positiva”, afirma.
En Moscú, no intentó hacer cambiar de parecer a los talibanes que se opusieron categóricamente a que una mujer pueda convertirse un día en presidenta de Afganistán.
“¿Por qué habría de suplicarles para obtener lo que merezco? -recalca- Es un derecho garantizado por nuestra Constitución”, apostilla.
